Hotel Kafka - Escuela de Ideas

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martes, julio 29, 2008

Amargos , por Mónica Alonso

La primera vez que vi un mate fue en la mano de mis abuelos, en sus visitas semanales a nuestra casa de Buenos Aires, no sé si en la calle Salta o Alberti, donde vivimos después. Mi abuela paterna, inmigrante gallega y mi abuelo materno, zamorano, se habían aferrado a su acento español pero habían adoptado enseguida la costumbre del país y tomaban mate, cada uno a su estilo, cada uno con un ritual diferente.

Ella lo tomaba dulce, por eso de niña esos fueron mis primeros mates, una vez a la semana llegaba mi abuela, tenía un mate pequeño metálico, con un asa, era azul, como esmaltado, y traía una bandeja con la azucarera y la pava. Ella era la que cebaba y mientras charlábamos y nos contaba historias de su aldea lejana pasaba el mate y después del estruendoso ruido de chupar la bombilla, la risa, se acababa y le tocaba al otro.

Cuando fuimos mayores nos pasamos al amargo, mi hermano era el encargado de prepararlo, primero lo llenaba de yerba, luego le daba la vuelta sobre su mano, lo sacudía y ponía la bombilla en el mate de calabaza curado, haciendo de esta tarea un arte.

Pero más allá de la forma, del color, de la yerba o el modo de prepararlo, el mate era la ronda, en la que de uno en uno se iba pasando mientras uno cebaba, como el que reparte las cartas en una mesa, y con cada carta hay una charla, un trocito de intimidad que se iba hilvanando, y al final de cada tarde de rondas se había tejido una amistad. El mate es mi amiga Clara, las tardes de invierno, la risa de sus hijos, las vacaciones en Bariloche. El mate es Roxana, sus amores y el tomar pavas enteras para engañar el estómago y ayudar a la dieta.

Ayer sonó el teléfono y oí la voz entrecortada de mi madre, lo estaba esperando, no vengas, me dijo, estás muy lejos. Me senté en la cocina y sin pensarlo me puse a preparar un mate, calenté el agua sin dejarla hervir, lo fui cebando con cuidado y por un momento todos volvieron a mi ronda, y hasta mi abuela se sentó a mi lado a compartir estos amargos tan amargos.


Mónica Alonso ha realizado el curso impartido por los profesores de Hotel Kafka en el Museo Nacional de Antropología sobre literatura iberoamericana.

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lunes, julio 21, 2008

Ofrendas, por Mar Celada

De todos modos ya habían superado un montón de salas y esta era la última. Entre el huipil bordado en oro y la cabeza jibarizada algo brillaba. Recordó los cristales verdes de la playa, limados por las olas de su infancia. Era un cuchillo ceremonial. El ambiente estaba muy cargado. Maya, inca o azteca. La visita guiada al museo antropológico estaba programada entre las actividades del colegio para el segundo trimestre. Vidas ofrecidas a Popol Vuh, Hunab Tú o Xipe Totec. Su mirada resbalaba en los objetos. Dioses que se alimentan de personas como las personas se alimentan de trigo. Era un cuchillo cálido, curvo, amigo. Le dolía la cabeza.
Procurando que no se le desmandaran los adolescentes. Los primeros puentes colgantes hechos de cuerdas. Que pasara el tiempo. Escaleras que llevan al ara del sacrifico con conducciones laterales para que corriera la sangre. Intentado que los más pequeños no babearan demasiado las vitrinas. Estaba sudando. Y si había que ir al museo, se iba. Corazones arrancados, todavía palpitantes que se ofrecen al dios. Hacía calor. Ahora les había dado por llamarlo Mesoamérica ¡menuda chorrada! Por favor, que se pasara pronto el tiempo. La luz indirecta iluminaba la hoja afilada, con reflejos ambiguos. Itchab, la diosa del suicidio.
Se acercó para separar a dos de 5º que se peleaban por la PSP. Canibalismo, eso sí, solo para las clases altas. Fiestas con sacrificios humanos para equilibrar las fuerzas de la naturaleza. Se la quitó. Calendarios, oráculos, oro?Era su obligación quitársela. Purificación con punzones que se clavan en el cuerpo. ¿No decían que no dejaban fumar? ¿por qué había esa bruma densa, irrespirable?
Estaba sudando en aquel sitio cerrado. Frutos de árbol del coco. En ese momento los alumnos se portaban relativamente bien. Ofrendas a los dioses dejadas al aire libre, no en los templos.
La nota que apareció en el tablón de anuncios decía ?Nuestra compañera Mª Teresa falleció ayer, víctima de un infarto mientras acompañaba a los alumnos de este colegio a una actividad extraescolar. El próximo miércoles tendrá lugar en el salón de actos un concierto en su memoria?
¿La transportaron al cielo dos enormes serpientes?



Mar Celada ha realizado el taller impartido por profesores de Hotel Kafka en el Museo Nacional de Antropología sobre literatura iberoamericana.

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viernes, julio 11, 2008

El resquemor, por María de Miguel Gallo.

El piracucú fue el detonante. Entramos en la tienda de souvenirs porque mamá se había prendado de un collar de escamas que parecía de Bora-Bora; fue entonces cuando papá descubrió aquel insólito animal que pendía del techo luciendo, en vez de vísceras, una bombilla en su interior. Todos miramos hacia arriba y nos pasmamos ante aquel prodigio del Amazonas convertido en lamparita de salón. Papá se empeñó en comprar el pez, una suerte de pesca de altura, mientras mamá mascullaba algo de mala espina, depescado inflado sobre el canapé del living, con lo coquetas que resultaban las tulipas Vichy. Pero papá, cuando se pone, se pone. Así que regresamos en silencio con la sensación de haber hecho algo raro; mamá llevando la sombrilla y los capazos, y papá paseando al piracucú en una bolsa de Souvenirs Leticia.
Al llegar a casa, mamá nos mandó a la ducha mientras ella preparaba la colada y unos camarones para cenar. Papá sacó la caja de herramientas y apoyó el piracucú sobre la consola del recibidor. Al salir del baño, Berta y yo lo contemplamos con una mezcla de angustia y espanto; lo imaginamos batiendo veinte mil leguas contracorriente con aquellas aletas ridículas para un cuerpo de cachalote. Entonces papá bajó de la escalera, lo agarró y lo ajustó al cable: El pez, que bailaba con cara de empacho sobre nuestras cabezas, adquiría al encenderse un aire a monstruo abisal recién salidito del fango.
Mamá entró con la bandeja de la cena. Al alzar la vista suspiró: impulsado por la corriente de la terraza, el piracucú surcaba nuestro espacio doméstico con una expresión más muerta que viva. Nadie dijo nada. Los minutos siguientes fueron de calma chicha; cada cual enfilaba su plato sin hablar, como si el pez acechase desde lo alto con una espada de luz entre las entrañas. Hasta tragar saliva resultaba difícil con aquélla sombra oscilando sobre la mesa. De pronto Berta, con los ojos fijos en una cabeza de camarón, se echó a llorar. Fue entonces cuando mamá, presa del coraje, arrugó la servilleta, se levantó e inspiró. En pocos segundos se había hinchado de manera descomunal, reventando las costuras del pareo según lanzaba el Bora-Bora en dirección al piracucú. Con el primer latigazo fundió la bombilla, con el segundo lo arrancó del techo y con el tercero papá se aseguró que los camarones estaban en su punto.



María de Miguel Gallo es alumna del taller impartido por profesores de Hotel Kafka sobre literatura iberoamericana en el Museo Nacional de Antropología.

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martes, julio 01, 2008

LA NOCHE, por Francisco J. Fdez García

La celda no tiene más de seis metros cuadrados. La mujer, sentada sobre la cama situada en el fondo, en el lado derecho, es rubia con el pelo corto y sucio. Sonríe en todo momento mientras repasa unas fotografías en color bastante manoseadas, que ha ido despegando y pegando intermitentemente de la pared. Se levanta de la cama y se gira sobre si misma mientras pasa una a una las fotos de atrás hacía adelante, primero una, luego la otra, y se vuelve a sentar. Su sonrisa se va acrecentando con el rítmico pasar de las fotos, primero la otra, luego la una.


La mujer, cada dos o tres fotos, acerca y gira su muñeca izquierda para hacer más visible el reloj negro y pequeño que se aloja en ella. Sonríe, mira las fotos, mira el reloj y vuelve a sonreír una vez más. Cuando los dígitos de su reloj indican las cinco y cincuenta minutos de la tarde, se gira con gran rapidez y de rodillas sobre la cama, pega una a una las fotografías en la pared, primero una, luego todas las demás. Lo hace depositando un beso largo y pausado en cada una de ellas. Todas las fotos muestran a una niña morena. En unas aparece sola, en otras con la mujer de la celda, en otras con un pequeño perro de pelo corto y marrón, otras con un hombre con bigote, moreno y alto. En otras, aparecen todos juntos y abrazados. En otras el perro no está.


En el lado izquierdo de la celda y frente a la cama hay un pequeño lavabo y un váter sucio y mate. Encima del lavabo dos trozos de madera hacen las funciones de estantería, donde se apilan multitud de botes gastados de champú, colonia, gel, laca en un bote dorado y alargado, unos cuantos bastoncillos para los oídos de colores chillones y cuatro o cinco gomas elásticas para anudarse el pelo. No hay espejos. Más próximo a la puerta de la celda y también en el lado izquierdo, frente a la cama, un armario y una pequeña mesa estrecha junto a la pared, conforman el resto del mobiliario de los seis metros cuadrados. El armario tiene las puertas cerradas pero un pequeño trozo de tela violeta aparece entre las dos puertas. Encima del armario una manta enrollada y tres cajas de zapatos se elevan hasta el techo. Entre la mesa y el lavabo un trozo de pared blanca sustenta un calendario grande, con los números grandes y negros, con una foto grande sobre el propio calendario, donde se ve un paisaje montañoso con cumbres grandes llenas de nieve y laderas verdes y extensas. Los picos y las laderas verdes se reflejan en un lago que se muestra en primer plano. Minutos antes de besar las fotos, de despegarlas y pegarlas una a una de la pared, la mujer rubia con el pelo corto y sucio ha puesto una raya de rotulador negro sobre el día 23 de abril, miércoles, que a su vez se encontraba marcado con un circulo de rotulador negro, con varios círculos superpuestos de rotulador negro. Mientras lo hacía, su cuerpo daba pequeños saltitos a la vez que una sonrisa iba demudando su rostro.


Una vez que la mujer a pegado todas las fotografías en la pared. Se abrocha la camisa roja que hasta ese momento llevaba desabrochada sobre un sujetador negro, y se acerca a la puerta de la celda. En ese momento un hombre alto y con barriga se sitúa por fuera de la celda, delante de la puerta. El carcelero lleva un uniforme azul marino, sencillo. Gira una llave y abre la puerta. Tras unas palabras breves del hombre, la mujer sale de la celda y se sitúa delante de él.


Después de unos minutos recorriendo diversos pasillos y salas de las instalaciones llegan a una sala pequeña de unos 15 metros cuadrados, donde una mujer vestida con el mismo uniforme que el carcelero, le hace pasar a otra sala contigua. Esta sala, mucho más grande que la anterior, tiene una de las cuatro paredes que la conforman totalmente acristalada. Esta cristalera, a su vez, está divida con pequeñas separaciones de madera formando cabinas con un pequeño mostrador pegado al cristal. En cada una de estas cabinas se encuentra una mujer, excepto en una, que está libre para ella. Las mujeres, con unos pequeños teléfonos colocados sobre los diferentes mostradores, hablan, alguna llora, ninguna ríe. Al otro lado del cristal, al otro lado de cada una de esas cabinas, otras personas gesticulan y hablan con las mujeres de este lado, también con unos pequeños teléfonos, algunas ríen, pero ninguna llora.


La mujer rubia con el pelo corto y sucio atraviesa la sala para ocupar la única cabina libre. Mira hacia el otro lado del cristal, y sin despegar sus ojos de los del hombre que tiene enfrente, descuelga rápidamente el pequeño teléfono que encuentra en su mostrador. Es el hombre que aparecía con la niña y con ella en alguna de las fotografías de la pared. El hombre es alto y permanece sentado con una mano sujetando el teléfono junto al oído izquierdo y la otra moviéndose intermitentemente del pequeño mostrador a su cara, a su pierna, de nuevo a su cara, se toca los párpados, y vuelve a dejarla sobre el mostrador, así una y otra vez mientras habla con ella. El hombre lleva una falda negra ceñida por debajo de la rodilla, unas medias negras muy tupidas y unos zapatos negros con un poco de tacón. En la parte superior, los cuellos de pico de una camisa negra sobresalen por encima de una jersey ajustado del mismo color. Lleva el pelo más largo que la mujer, suelto sobre los hombros, ya no lleva bigote pero su rostro deja entrever una barba de dos o tres días. Lleva poco maquillaje pero sus labios destacan pintados de un rojo muy suave. Ella se mueve constantemente en la silla mientras no para de decirle cosas a través del teléfono. El hombre, más frío y con el rostro bastante serio calla. Al cabo de un minuto la mujer deja de hablar y de los ojos del hombre comienzan a brotar dos lágrimas que recorren su rostro sin afeitar. Tras esas dos primeras lágrimas vienen otras que continúan recorriendo su rostro, esta vez dejando una estela negra de rimel sobre sus pómulos. Entre lágrimas y sin variar el gesto, él comienza a hablar. Entonces ella fija su mirada en él y su rostro cambia por completo. Ya no hay rastro de aquella sonrisa que la había acompañado en las últimas horas, en los últimos días. El gesto se congestiona y la cara se vuelve roja, mientras él, al otro lado del cristal, no deja de hablar pausadamente, mientras sus ojos continúan produciendo lágrimas. El hombre se calla y la mujer se pone de pie dejando caer el teléfono al suelo. Comienza a andar hacía atrás, hacia la pared opuesta a la cristalera, mientras se tira del pelo y el resto de mujeres se vuelven para mirarla. En ningún momento ha apartado su mirada de la del hombre. Entonces cae al suelo y comienza revolverse sin parar de gritar entre llantos. Dos mujeres uniformadas entran en la sala. No pueden levantarla y entra una tercera. A los pocos segundos entra una cuarta y finalmente se la llevan a su celda.


Tras cerrar la puerta. Las mujeres se alejan por el pasillo. Mientras, ella, que parece más calmada, se levanta del suelo donde con malos modos la han dejado después de arrastrarla. Clava su mirada en la pared de las fotografías y se acerca a ellas lentamente. Se sube a la cama, y de rodillas en ella, comienza a despegarlas una a una. Primero con cuidado y despacio, luego rápidamente y a tirones. Su cara se surca de lágrimas. Sentada en la cama va eliminando su figura de cada una de ellas. Lo hace con sus propias manos, cercenando su propia imagen y salvando la de ellos, especialmente la de la niña. El perro ya no le importa. Cuando ha terminado se pone de pie y deja el puñado de fotos de la niña sobre la almohada, hasta ese momento las ha tenido depositadas con fuerza sobre su vientre. En la mano derecha lleva todos los recortes y trozos donde sólo aparece ella. Sigue llorando. Se acerca a la ventana que se encuentra al final de la celda, entre la cama y el lavabo. Antes de apoyar el conjunto de recortes y trozos de fotografías sobre dos trozos de madera que hacen las funciones de estantería, se deshace lentamente de los botes gastados de champú, colonia, gel, laca en un bote dorado y alargado, unos cuantos bastoncillos para los oídos de colores chillones y cuatro o cinco gomas elásticas para anudarse el pelo. Y así, lentamente coge cada uno de esos trozos y los comienza a rajar sin mirarlos, con la mirada perdida a través de las rejas de la ventana. Primero uno, luego el otro. Lo hace lenta, pausadamente, sin movimientos bruscos. Primero el otro, luego el uno. Los pedazos, cada vez más minúsculos, los va dejando caer a través de la ventana, extendiendo el brazo y dejando que la fuerza del viento los separe de su mano. Cuando ha terminado, de sus ojos ya no brotan lágrimas. A través de la ventana, fija la mirada en el cielo, se agarra a los barrotes, y puede ver como en ese momento, ha llegado la noche.


Francisco J. Fdez es alumno del taller de escritura creativa en Hotel Kafka.

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