Hotel Kafka - Escuela de Ideas

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viernes, julio 11, 2008

El resquemor, por María de Miguel Gallo.

El piracucú fue el detonante. Entramos en la tienda de souvenirs porque mamá se había prendado de un collar de escamas que parecía de Bora-Bora; fue entonces cuando papá descubrió aquel insólito animal que pendía del techo luciendo, en vez de vísceras, una bombilla en su interior. Todos miramos hacia arriba y nos pasmamos ante aquel prodigio del Amazonas convertido en lamparita de salón. Papá se empeñó en comprar el pez, una suerte de pesca de altura, mientras mamá mascullaba algo de mala espina, depescado inflado sobre el canapé del living, con lo coquetas que resultaban las tulipas Vichy. Pero papá, cuando se pone, se pone. Así que regresamos en silencio con la sensación de haber hecho algo raro; mamá llevando la sombrilla y los capazos, y papá paseando al piracucú en una bolsa de Souvenirs Leticia.
Al llegar a casa, mamá nos mandó a la ducha mientras ella preparaba la colada y unos camarones para cenar. Papá sacó la caja de herramientas y apoyó el piracucú sobre la consola del recibidor. Al salir del baño, Berta y yo lo contemplamos con una mezcla de angustia y espanto; lo imaginamos batiendo veinte mil leguas contracorriente con aquellas aletas ridículas para un cuerpo de cachalote. Entonces papá bajó de la escalera, lo agarró y lo ajustó al cable: El pez, que bailaba con cara de empacho sobre nuestras cabezas, adquiría al encenderse un aire a monstruo abisal recién salidito del fango.
Mamá entró con la bandeja de la cena. Al alzar la vista suspiró: impulsado por la corriente de la terraza, el piracucú surcaba nuestro espacio doméstico con una expresión más muerta que viva. Nadie dijo nada. Los minutos siguientes fueron de calma chicha; cada cual enfilaba su plato sin hablar, como si el pez acechase desde lo alto con una espada de luz entre las entrañas. Hasta tragar saliva resultaba difícil con aquélla sombra oscilando sobre la mesa. De pronto Berta, con los ojos fijos en una cabeza de camarón, se echó a llorar. Fue entonces cuando mamá, presa del coraje, arrugó la servilleta, se levantó e inspiró. En pocos segundos se había hinchado de manera descomunal, reventando las costuras del pareo según lanzaba el Bora-Bora en dirección al piracucú. Con el primer latigazo fundió la bombilla, con el segundo lo arrancó del techo y con el tercero papá se aseguró que los camarones estaban en su punto.



María de Miguel Gallo es alumna del taller impartido por profesores de Hotel Kafka sobre literatura iberoamericana en el Museo Nacional de Antropología.

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martes, julio 01, 2008

LA NOCHE, por Francisco J. Fdez García

La celda no tiene más de seis metros cuadrados. La mujer, sentada sobre la cama situada en el fondo, en el lado derecho, es rubia con el pelo corto y sucio. Sonríe en todo momento mientras repasa unas fotografías en color bastante manoseadas, que ha ido despegando y pegando intermitentemente de la pared. Se levanta de la cama y se gira sobre si misma mientras pasa una a una las fotos de atrás hacía adelante, primero una, luego la otra, y se vuelve a sentar. Su sonrisa se va acrecentando con el rítmico pasar de las fotos, primero la otra, luego la una.


La mujer, cada dos o tres fotos, acerca y gira su muñeca izquierda para hacer más visible el reloj negro y pequeño que se aloja en ella. Sonríe, mira las fotos, mira el reloj y vuelve a sonreír una vez más. Cuando los dígitos de su reloj indican las cinco y cincuenta minutos de la tarde, se gira con gran rapidez y de rodillas sobre la cama, pega una a una las fotografías en la pared, primero una, luego todas las demás. Lo hace depositando un beso largo y pausado en cada una de ellas. Todas las fotos muestran a una niña morena. En unas aparece sola, en otras con la mujer de la celda, en otras con un pequeño perro de pelo corto y marrón, otras con un hombre con bigote, moreno y alto. En otras, aparecen todos juntos y abrazados. En otras el perro no está.


En el lado izquierdo de la celda y frente a la cama hay un pequeño lavabo y un váter sucio y mate. Encima del lavabo dos trozos de madera hacen las funciones de estantería, donde se apilan multitud de botes gastados de champú, colonia, gel, laca en un bote dorado y alargado, unos cuantos bastoncillos para los oídos de colores chillones y cuatro o cinco gomas elásticas para anudarse el pelo. No hay espejos. Más próximo a la puerta de la celda y también en el lado izquierdo, frente a la cama, un armario y una pequeña mesa estrecha junto a la pared, conforman el resto del mobiliario de los seis metros cuadrados. El armario tiene las puertas cerradas pero un pequeño trozo de tela violeta aparece entre las dos puertas. Encima del armario una manta enrollada y tres cajas de zapatos se elevan hasta el techo. Entre la mesa y el lavabo un trozo de pared blanca sustenta un calendario grande, con los números grandes y negros, con una foto grande sobre el propio calendario, donde se ve un paisaje montañoso con cumbres grandes llenas de nieve y laderas verdes y extensas. Los picos y las laderas verdes se reflejan en un lago que se muestra en primer plano. Minutos antes de besar las fotos, de despegarlas y pegarlas una a una de la pared, la mujer rubia con el pelo corto y sucio ha puesto una raya de rotulador negro sobre el día 23 de abril, miércoles, que a su vez se encontraba marcado con un circulo de rotulador negro, con varios círculos superpuestos de rotulador negro. Mientras lo hacía, su cuerpo daba pequeños saltitos a la vez que una sonrisa iba demudando su rostro.


Una vez que la mujer a pegado todas las fotografías en la pared. Se abrocha la camisa roja que hasta ese momento llevaba desabrochada sobre un sujetador negro, y se acerca a la puerta de la celda. En ese momento un hombre alto y con barriga se sitúa por fuera de la celda, delante de la puerta. El carcelero lleva un uniforme azul marino, sencillo. Gira una llave y abre la puerta. Tras unas palabras breves del hombre, la mujer sale de la celda y se sitúa delante de él.


Después de unos minutos recorriendo diversos pasillos y salas de las instalaciones llegan a una sala pequeña de unos 15 metros cuadrados, donde una mujer vestida con el mismo uniforme que el carcelero, le hace pasar a otra sala contigua. Esta sala, mucho más grande que la anterior, tiene una de las cuatro paredes que la conforman totalmente acristalada. Esta cristalera, a su vez, está divida con pequeñas separaciones de madera formando cabinas con un pequeño mostrador pegado al cristal. En cada una de estas cabinas se encuentra una mujer, excepto en una, que está libre para ella. Las mujeres, con unos pequeños teléfonos colocados sobre los diferentes mostradores, hablan, alguna llora, ninguna ríe. Al otro lado del cristal, al otro lado de cada una de esas cabinas, otras personas gesticulan y hablan con las mujeres de este lado, también con unos pequeños teléfonos, algunas ríen, pero ninguna llora.


La mujer rubia con el pelo corto y sucio atraviesa la sala para ocupar la única cabina libre. Mira hacia el otro lado del cristal, y sin despegar sus ojos de los del hombre que tiene enfrente, descuelga rápidamente el pequeño teléfono que encuentra en su mostrador. Es el hombre que aparecía con la niña y con ella en alguna de las fotografías de la pared. El hombre es alto y permanece sentado con una mano sujetando el teléfono junto al oído izquierdo y la otra moviéndose intermitentemente del pequeño mostrador a su cara, a su pierna, de nuevo a su cara, se toca los párpados, y vuelve a dejarla sobre el mostrador, así una y otra vez mientras habla con ella. El hombre lleva una falda negra ceñida por debajo de la rodilla, unas medias negras muy tupidas y unos zapatos negros con un poco de tacón. En la parte superior, los cuellos de pico de una camisa negra sobresalen por encima de una jersey ajustado del mismo color. Lleva el pelo más largo que la mujer, suelto sobre los hombros, ya no lleva bigote pero su rostro deja entrever una barba de dos o tres días. Lleva poco maquillaje pero sus labios destacan pintados de un rojo muy suave. Ella se mueve constantemente en la silla mientras no para de decirle cosas a través del teléfono. El hombre, más frío y con el rostro bastante serio calla. Al cabo de un minuto la mujer deja de hablar y de los ojos del hombre comienzan a brotar dos lágrimas que recorren su rostro sin afeitar. Tras esas dos primeras lágrimas vienen otras que continúan recorriendo su rostro, esta vez dejando una estela negra de rimel sobre sus pómulos. Entre lágrimas y sin variar el gesto, él comienza a hablar. Entonces ella fija su mirada en él y su rostro cambia por completo. Ya no hay rastro de aquella sonrisa que la había acompañado en las últimas horas, en los últimos días. El gesto se congestiona y la cara se vuelve roja, mientras él, al otro lado del cristal, no deja de hablar pausadamente, mientras sus ojos continúan produciendo lágrimas. El hombre se calla y la mujer se pone de pie dejando caer el teléfono al suelo. Comienza a andar hacía atrás, hacia la pared opuesta a la cristalera, mientras se tira del pelo y el resto de mujeres se vuelven para mirarla. En ningún momento ha apartado su mirada de la del hombre. Entonces cae al suelo y comienza revolverse sin parar de gritar entre llantos. Dos mujeres uniformadas entran en la sala. No pueden levantarla y entra una tercera. A los pocos segundos entra una cuarta y finalmente se la llevan a su celda.


Tras cerrar la puerta. Las mujeres se alejan por el pasillo. Mientras, ella, que parece más calmada, se levanta del suelo donde con malos modos la han dejado después de arrastrarla. Clava su mirada en la pared de las fotografías y se acerca a ellas lentamente. Se sube a la cama, y de rodillas en ella, comienza a despegarlas una a una. Primero con cuidado y despacio, luego rápidamente y a tirones. Su cara se surca de lágrimas. Sentada en la cama va eliminando su figura de cada una de ellas. Lo hace con sus propias manos, cercenando su propia imagen y salvando la de ellos, especialmente la de la niña. El perro ya no le importa. Cuando ha terminado se pone de pie y deja el puñado de fotos de la niña sobre la almohada, hasta ese momento las ha tenido depositadas con fuerza sobre su vientre. En la mano derecha lleva todos los recortes y trozos donde sólo aparece ella. Sigue llorando. Se acerca a la ventana que se encuentra al final de la celda, entre la cama y el lavabo. Antes de apoyar el conjunto de recortes y trozos de fotografías sobre dos trozos de madera que hacen las funciones de estantería, se deshace lentamente de los botes gastados de champú, colonia, gel, laca en un bote dorado y alargado, unos cuantos bastoncillos para los oídos de colores chillones y cuatro o cinco gomas elásticas para anudarse el pelo. Y así, lentamente coge cada uno de esos trozos y los comienza a rajar sin mirarlos, con la mirada perdida a través de las rejas de la ventana. Primero uno, luego el otro. Lo hace lenta, pausadamente, sin movimientos bruscos. Primero el otro, luego el uno. Los pedazos, cada vez más minúsculos, los va dejando caer a través de la ventana, extendiendo el brazo y dejando que la fuerza del viento los separe de su mano. Cuando ha terminado, de sus ojos ya no brotan lágrimas. A través de la ventana, fija la mirada en el cielo, se agarra a los barrotes, y puede ver como en ese momento, ha llegado la noche.


Francisco J. Fdez es alumno del taller de escritura creativa en Hotel Kafka.

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sábado, junio 14, 2008

DIALOGOS -EL CARNICERO-; por Lola Vega

Arnet se moría por un puro...Levantó el auricular del teléfono y marcó el número apuntado sobre el papelillo que colgaba en la parte baja del corcho .Hacía una eternidad que no sentía un deseo tan fuerte de un cigarro. Al estirar el cable casi chocó con el cadáver de Anna.
-¿Eres tú? Aquí Arnet.
-Hola- dijo la voz al otro lado de la línea.
Se hizo el silencio.
-Espero que dadas las circunstancias todo vaya bien ?dijo a continuación.
-Bueno, si, apuntó lentamente Arnet mientras retiraba una figurilla.
Nuevo silencio
-Llamo porque el encargo está hecho, dijo Arnet apretando el botón del altavoz antes de dejar el auricular y llevarse la mano al bolsillo de la camisa.
-Esta bien -dijo de nuevo la voz - y se puso a toser. Tendrás mañana tu recompensa. Pasado salgo para Dinamarca .
-De acuerdo. Eso espero-. Arnet colgó el teléfono y se levantó pesadamente del sofá. Allí estaba el cadáver de Anna a la que había ahogado sin dificultad debido a su fortaleza. .Cerró la puerta tras sí mientas se quitaba los guantes de goma. .En la calle todo seguía igual. Las mareas humanas iban y venían con rumbo. Paró en un estanco y compró el puro. Le temblaban algo las manos al recoger el cambio. También le temblaron hacía una semana escasa cuando Marek le pidió que matara a Anna si quería una buena suma de dinero, un dinero que el necesitaba urgentemente para salir de Budapest y dejar definitivamente a su mujer, a su ciudad a su familia. No quería saber el motivo de la muerte de Anna, aunque intuía que Marek tenía a otra y Anna le iba a causar muchos problemas.


Conocía a Marek y Anna desde hacía años. Habían estudiado juntos en el instituto y se habían tratado poco. No obstante no los apreciaba especialmente pero la carnicería no era un lugar adecuado para él , que lo que quería era conocer mundo. Ninguno de los tres había llegado a mucho. Los dos hombres se levantaban pronto, Arnet abría su carnicería y Marek se subía a su camión. Arnet era fuerte como un toro y Marek también. Anna , era la guapa del instituto. Los dos querían conocer mundo. El camionero hacía frecuentes viajes por toda Europa, Arnet necesitaba dinero para volar solo , e iniciar una nueva vida para dejar definitivamente la carnicería, su casa y su mujer ,una mujer adinerada a la que había arruinado ya .
??Menos mal que no había tenido que utilizar el cuchillo para matar a Anna, pensó mientras decapitaba una buena parte del puro , prefirió ahogarla para no volver a recordar su trabajo diario?...
Siempre salía con las manos ensangrentadas a pesar de los guantes y cuando colocaba las cabezas y las piernas de vacuno en la nevera, se quitaba los guantes muy despacio y examinaba cada partícula de sus manos, las olía y después la pasaba por el grifo, secándolas como un sacerdote de una ceremonia religiosa.

Palpó los bolsillos de su chaqueta y tiró al Danubio sus guantes de goma durante la travesía en barco de Buda a Pest .Después llegó a su propia casa bajando una cuesta . El cielo amenazaba lluvia. Lenuska estaba en el piso de arriba.
-¿Eres tú Arnet?-dijo a mujer mientras colgaba una cortina
- Si, ya he llegado. Dijo él.
-Vete a la cocina .Tomaré una cerveza contigo mientras te cuento algo- dijo bajando las escaleras. Iba con un trajecillo obscuro y un delantal sobre la piel arrugada. Tendría unos cincuenta años y resaltaba un cierto color morado alrededor de unos ojos nerviosos que lo abarcaban todo.

Marek la siguió, con su puro medio apagado, evitando los muebles.

-Ha llamado la policía hace diez minutos ?añadió Lenuska después mientras se quitaba el delantal.
Ambos se sentaron.
-¿Que querían ?dijo Arnet mirando fijamente a Lenus .Notó que le volvía a temblar la mano...Lenus lo vió. ..La cocina era grande. Se oía el claxon de los coches.

-Es horrible dijo Lenus, Han encontrado a Anna, la mujer de tu amigo el camionero, casi- muerta en su casa.

-¡que dices!-Arnet se levantó de la silla-No disimuló su asombro.

Arnet ¡siéntate!-ordenó la mujer.

-pero es que tendré que llamar a Marek!-exclamó.

Arnet volvió a encender el puro con la llama del gas de la cocina mientras obedecía a su mujer . En su cabeza repasó la imagen de Anna. No se movía. ¿Acaso no estaba muerta? La había tomado el pulso en la aorta. Juraría que estaba muerta.
Se aclaró la garganta.
-Yo?.

Ella seguía allí, con las tazas y los platillos en sus cortas manos y las palmas hacia arriba, frente a sí.

-Marek hundió la cabeza entre las manos.

-Han estado aquí también y! han preguntado en la carnicería.?!

-Arnet, levantó la cabeza y dejó la cerveza .Entonces notó como la sangre de todo su cuerpo caía en los pies. Aplastó el puro contra la mesa. Lenus chilló.

-¡no vuelvas a hacerlo! Dijo mientras limpiaba la mesa con el delantal.

¿Qué han dicho?-señaló al mismo tiempo que pensaba ?¿Qué importa lo que hayan dicho? ¿O que importa si lo sabían, si él había ido a matarla?.?
Arnet se alteraba por momentos.-Lenus volvió la cara hacia el techo y cerró los ojos.

¿Qué han dicho qué ?-le susurró tan desesperadamente como si la respuesta fuera a liberarle.
Ella frunció el ceño, bajo la vista hacia sus manos temblonas y le señaló con el dedo índice. ¡La han intentado ahogar! Y haciendo una pausa lo dijo de una vez:

-Anna te ha nombrado antes de desmayarse.-

¿Qué dices?-yo no tenía nada contra ella.
- Claro, no tenías nada contra ella porque estabas liado con ella. Lenus tenía la cara roja.

-Mujer- Marek suspiró ¡eso son tonterías.! Yo no me veo con nadie. Vengo todos los días a casa después de la carnicería-Arnet quería ser convincente e incluso esbozó una sonrisa mientras respiraba el aire contenido.

- Ellos ya no eran felices .Y esta mañana me he encontrado al barquero que asegura que algunos días tu has estado en Buda, donde ella vivía.

Arnet se levantó de un solo impulso.

- ¿Desde cuando haces caso de lo que dice el barquero? Son tonterías.

-¡Si hubiéramos tenido hijos! el tono era monocorde.

Arnet se volvió a sentar y abrazó a Lenus. En este momento se sentía inmensamente solo, culpable y desgraciado.

Anna no podía haberle visto- pensó un momento- porque cuando ella abrió la puerta la dio un puñetazo rápido y luego la ahogo, o eso pensó entonces ..
Adiós a su viaje por el mundo, a su cambio de vida. A sus aventuras .. Hola al juicio, al asombro de los vecinos, a la mirada de Anna. El peso de su culpa se elevó bruscamente.

- ¿Dónde vas ahora Arnet? Lenus le agarraba del brazo soltando una carcajada nerviosa. Tienes que ir a la policía .Le cogió sus manos heladas.

- Ahora voy,- mintió - mientras le daba un beso en la frente. La puerta rozó el suelo al abrirse. Hizo dos intentos para cerrar desde fuera. Unos pasos se alejaron despacio.
A los dos minutos, Lenus escuchó un fuerte golpe en la carretera. Y entonces le vió.

Allí estaba Arnet en el centro de un charco de sangre y de un grupo de gente que chillaba y le miraba con dolor.

-Se puso delante de mi coche ?aseguraba el conductor, mientras hincaba su rodilla en tierra.

Lenus apretó la boca y se dio la vuelta. Allí estaba la casa, con la puerta que casa de dejar abierta , por un instante pensó en salir corriendo . A lo lejos se distinguía el nombre de la carnicería LENUS. La vendería y se iría a Francia con su hermana y sus sobrinos. ?Alguien le decía que lo sentía pero le escuchaba como si hablara a otro. Instantes después , Lenus volvió a la casa y cerró la puerta. Después subió pesadamente las escaleras para poner la cortina, mientras el teléfono del dormitorio sonaba sin cesar.


Lola Vega es alumna del taller de Escritura creativa 2 en Hotel Kafka.

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martes, junio 03, 2008

Cementerio, por Fernando Callejo

Gracias al cielo, llegó a su fin aquella larga noche en vela. Fui a ver a mis hijas, todavía dormidas. Les desperté y les dije que el entierro no se prolongaría mucho, y volvería lo antes posible. Encomendé a las dos mayores, cuidar de las pequeñas. Les besé, besé a cada una y entre lágrimas salí. El sacerdote había llegado y nos encaminaríamos al cementerio. Era hora de partir de mi hogar, de aquella casa solariega en la que vivieron mis padres y mis abuelos, una casa presidida por el escudo de mis antepasados. Con un leve soplido, apagaron la llama de los cirios colocados a ambos lados de la cabeza y de los pies. Mi hermano y otros tres cerraron el ataúd de pino seco con la cruz tallada y lo subieron sobre sus hombros. Al salir, volví la cabeza y miré con dolor la fachada de aquella enorme casona en la que habíamos vivido toda nuestra vida.

Abría nuestro paso el féretro. A continuación el sacerdote, y tras él, yo con mi madre. Siguiéndonos, la comitiva de familiares, amigos y vecinos. Mi madre me agarraba y yo me aferraba a ella. Pero, ¿cuánto tiempo viviría mi madre, ahora que me quedaba sola?. Comenzamos a andar. Noté el duro empedrado formado por piedras unidas con argamasa. Hoy sentí que se clavaban en mis pies, el mismo suelo por el que corría de chica. Subimos la calle mayor. Pasamos frente al colegio, en el que transcurrieron los felices años de mi infancia. Nos dirigimos con pasos breves a la plaza y pasamos frente al pórtico de la Iglesia, la Iglesia en la que me casé con él. Recordé aquella ilusión y aquellos primeros años. Y el bautizo de nuestras hijas: Luisa, Paloma, Belén e Isabel. Nunca tuvimos un niño y cuánto lo buscamos. Ahora no habrá ningún hombre en casa. Nos detuvimos y el Párroco rezó un responso, suplicando a Dios que acogiera su alma. Tomamos la avenida de José Zárate y nos enfilamos hacia la salida del pueblo. Cruzamos el puente con el agua que corría bajo nuestros pies sin detenerse. A la derecha vi la casa de salud. Recordé por un momento, toda aquella interminable y demoledora enfermedad, una enfermedad que se había tragado todo. Los continuos traslados a la capital, los mejores tratamientos, los cambios de médicos. Una lucha sin tregua, una guadaña que no dejaba nada en pie. Al final, fue inútil. Seguimos caminando, y sólo el soplo de aire de la mañana me aliviaba para no desfallecer. Todas las casas blancas bajas, en hilera, seguían ahí, como siempre. Pero todo había cambiado, nada volvería a ser como era. Llegamos al asilo de las monjitas de la caridad. Allí, varios ancianos esperaban nuestro paso, y vi en sus caras y en sus cuerpos el implacable paso del tiempo y cómo, con respeto, se santiguaban.

Nos detuvimos frente a la carretera. En un momento en que cesó el tráfico cruzamos, y continuamos por el estrecho arcén del carril derecho, ya sobre el asfalto. No había llantos, sólo un silencio amargo. Aquella enfermedad sin fin, las continuas recaídas, hasta que la metástasis impuso su ley. El trágico desenlace final se convirtió en un alivio, una inevitable salida para un desproporcionado sufrimiento que se había prolongado sin sentido. Dejamos a un lado la carretera y subimos por el empinado camino final, donde vislumbramos acercándose la larga pared blanca del cementerio, con su capilla, sus cipreses, sus lápidas de piedra, que delimitaban su recinto cerrado. Atravesamos la alta puerta de hierro forjado que nos esperaba abierta de par en par. Dentro, nos dirigimos a la sepultura de mi familia, escarbada en la tierra. Dos de los empleados del cementerio cogieron la caja por delante, y otros dos por detrás. La manejaron con facilidad. Poco más que los huesos quedaban allí. Su cara irreconocible y demacrada vino a mi mente. Un semblante sin color, ajado por el dolor y la pena. Una última oración se pronunció, un último adiós. Bajaron la caja hasta el fondo, para encontrarse con mis abuelos, mi padre y mi hermana Inés. Salimos de allí, y al otro lado de la verja, recibí los interminables pésames. En el último momento, el llanto me venció, ¿qué sería de mí y de mis hijas?

Regresé a casa, sabiendo que ya no podría mantener aquel caserón, que tendría que desprenderme de él para seguir viviendo.


Fernando Callejo es alumno de taller en escritura 2 en Hotel Kafka

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domingo, mayo 25, 2008

LA CITA, por Erika Fernández

César se decidió, pasados tres días, a ir a buscarla a la oficina. Por fin habían quedado en verse y ella no se había presentado, y tampoco le cogía el teléfono, aunque había dejado pasar un día entero antes de llamarla por primera vez. Luego empezó a insistir con más frecuencia, herido un poco en el orgullo, de sentirse plantado y sin explicación.

12 de Enero
Buah, acabo de salir de una relación larga y no quiero compromisos. Pues que se olvide de un polvo fácil y sin compromisos. Luego no ha parado de tontear, sabe que me gusta, eso fijo, pero no pienso caer en lo de ahora no quiero comprometerme. Joder, ni que yo estuviera pensando en boda. Un café, un cine, no se, vamos que no le voy a poner una correa. El caso es que le gusto, eso me lo ha dejado claro, y a mí se me notaba a leguas que me muero por él, hace ya mucho que se lo dejé ver. Y ahora, con esa maldita frase, me tiene que no se que hacer. ¿Se supone que me está dejando claro que no va a ir más allá de un polvo? Porque no es que yo esté pensando tampoco en una relación, pero tampoco en una sola noche. Mierda, por qué narices habrá tenido que decir eso, ¿por qué no habrá dejado que pase sin más?

Tan pronto como salió del portal, César empezó a arrepentirse. Sintió el deseo de volver a subir a su piso de nuevo y como mucho, probar otra vez a llamarla. Tal vez debería dejar pasar esta semana. Quien sabe, puede que le hubiese surgido algo importante y hubiese tenido que marcharse todo el fin de semana fuera, y claro, tratándose de algo importante, lo último en lo que pensaría sería en llamarle a él para darle explicaciones. Total, si sólo habían quedado para cenar el viernes. ¿Qué pensaría si hoy lunes se presentaba en su trabajo, pudiéndola poner en un compromiso incluso, pidiéndole explicaciones por el plantón?

07 de Marzo
Hace un día asqueroso. No me apetece nada salir, todavía un cine. Pero hace un par de semanas que no veo a César y el mono me puede. Me jode que tenga un bar de copas, con la música siempre alta y teniendo que estar a todo menos a una conversación tranquila conmigo.
Parecemos críos. Miradas, indirectas, y yo que me pongo tonta con cualquier gesto suyo. No se a qué jugamos desde hace tanto tiempo.

La decisión de presentarse en su trabajo y dejarle ver realmente lo interesado que estaba en ella, ya no era tanto por orgullo sino más bien por miedo a perderla. Se quedó en el rellano debatiéndose entre abrir la puerta o darse la vuelta y entrar otra vez en el ascensor. Empezaba a temer que el hacerse tanto el desinteresado, como técnica para atraerla más aún, había sido un error. Lo mismo hacía el imbécil presentándose allí, se reiría de él. Se imaginaba como un bobo observando como ella comentaría a sus compañeras algo y luego todas reirían seguro. Aunque, por otro lado, una cita es lo que es, es decir, habían quedado para verse, y querer saber por qué le había dado plantón no significaba estar enamorado de ella, ¿lo estaba? Para abajo otra vez. Miró por si algún vecino le veía hacer el gilipollas de esa manera.

25 de Mayo.
En la oficina una mierda, la casa está echa un asco pero estoy demasiado vaga para ponerme de maruja. El sábado cumplo los 30 y creo que voy a sufrir una gran crisis neurótica o existencial, lo que sea, pero una crisis fijo. Iremos al bar de César a tomar algo, mira, sería un buen día para que me confesase su amor desesperado. Pero no, claro, si es que el pobre todavía no puede pensar en compromisos, por eso de las relaciones del pasado. Debería empezar a dejar de pensar en él, ¿eso se puede hacer premeditadamente? Lo mismo me apunto a un gimnasio o me compro un perro.
Me temo que estoy enamorada de él hasta los huesos.

César caminaba despacio. Ella hacía tiempo que ya le había demostrado lo que sentía, y él disfrutaba haciéndose de rogar, que estupidez. Y lo mismo mientras él se hacía el duro y cada vez se encaprichaba más, ella sólo tonteaba. O puede que ella se hubiese acabado cansando de esperar o hubiese terminado creyendo que realmente a él no le importaba tanto como realmente le importaba. Después de tanto tiempo de "cortejo" ella le había dejado tirado. Y esa actitud de no llamarle ni contestar a sus llamadas realmente le hería.

31 de Mayo.
Estás preciosa. Eso me ha dicho. Ala, ni hola. Serán los 30, no si al final me han sentado bien. Y de regalo me invita a cenar el viernes. Y yo que creía que nunca me volvería a sentir como cuando Luismi el de la Derbi me pidió rollo. Creo que se me ha notado demasiado lo nerviosa que me he puesto, pero ha debido gustarle porque se ha reído y me ha besado. Y ese beso no lo supera ni Luismi.

06 de Junio.
Con los nervios me he dejado la bolsa del gimnasio en la oficina y ya hasta el lunes no podré ir a recogerla. Ahora a ver cómo mato el tiempo hasta las nueve, y lo peor, tendré que conducir con los tacones, con lo que me cuesta. Ya he preparado el disfraz de conquista, el vestido negro y los taconazos nuevos. De escándalo. Por supuesto tanga negro y sujetador a juego, por si esta noche no duermo en casa. Voy a darme un baño relajante.

Se sentía inseguro como un niño. A cada paso que daba se planteaba si debía dar la vuelta. Pasó junto a un puesto de flores y sintió el deseo romántico de comprar una para ella, dudó si sería cursi el gesto. Qué demonios, pensó, tengo treinta y dos años. Paró en el puesto y compró una única flor que le pareció bonita, y no tan ostentoso y anticuado como un ramo. Aligeró el paso, ya estaba cerca. Entró en el edificio y subió las escaleras hasta el segundo piso, se acercó al mostrador de recepción y echó una ojeada por encima de la chica que sentada tras un ordenador le decía: "Dígame". No la vio, se apoyó en el mostrador echándose un poco adelante para ver el final de un pasillo que salía justo detrás del mostrador de recepción. La chica volvió a hablarle: "¿Le puedo ayudar en algo?"


_Sí. Bueno, buscaba a Sara Vallejo. _Contestó aún inclinado en el mostrador y sin mirar a la chica.
_¿Sara? ¿Sara Vallejo, señor? _ La chica le miró extrañada y Cesar de repente la miró de frente y se quedó turbado. Por un momento dudó si se había equivocado de oficina.
_¿No trabaja ella aquí?
_¿Es usted un amigo o familiar?
_Sí, bueno, un amigo, un amigo, sí. _Volvió a mirar por encima de ella. _Trabaja aquí, ¿no?
_Sí. Es decir, trabajaba. _Ella hizo un gesto de fastidio ante la actitud maleducada de él, que empezaba a irritarle _Pero el viernes sufrió un accidente con el coche...

César clavó la mirada en la chica, retrocedió un paso, y siguió mirando a la chica, esperando, con terror, a que terminase de hablar. Ella clavó la mirada en la flor que él llevaba en la mano y al momento lamentó haber sido tan brusca.


Erika Fernández realiza el máster en escritura creativa en Hotel Kafka

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domingo, mayo 18, 2008

Discontinuidades, por Víctor Maojo


El azar le había llevado hacia el volumen de cuentos de Julio Cortázar que reposaba, inadvertido, en la librería. Sentado en su mecedora de roble, releía ensimismado un relato breve, Continuidad de los parques, ya por tercera o cuarta vez. Las primeras frases introductorias, banalmente necesarias. Con calculada lentitud, el tono casual se transformaba hacia un nudo intrincado, mostrando sutilmente los personajes. Los relatos previos del libro y su propio engranaje predecían, desde el inicio, un desenlace abominablemente inesperado, al menos en una primera lectura. Dio un sorbo al café y dejó la taza en una mesilla, al lado de la mecedora. Se concentró en la lectura, en el otro hombre que, como él, leía un libro. Pudo imaginar, inmerso en el relato, el movimiento de las hojas en el bosque, los jóvenes amantes que se abrazan en el interior de la cabaña furtiva, ocultos por el autor de visiones culpables. Él acaricia fugazmente el mango del puñal que guarda bajo su camisa. Ella llora y le pide, en su mano liberadora, el fin de un matrimonio imposible. Le entrega su llave y un plano de la casa. La noche se abate, la cabaña se hunde en la penumbra, deseando la luz de una luna que se niega a mostrar aún.


El joven sale decidido, sin mirar atrás, por el camino de la colina que lleva hacia la casa, cuyas sombras se unen al bosque en la creciente oscuridad. Todo está planeado, nadie puede interrumpirle. Abre la puerta y, con exasperante lentitud, encuentra la escalera, perfectamente distinguible en el dibujo. Los peldaños tiemblan ligeramente, la luz se adivina en el piso superior. Por el pasillo avanza hacia la habitación iluminada, con el puñal preparado. La puerta abierta, un hombre en una mecedora de roble leyendo un libro de cuentos, el café todavía caliente en la mesilla, el hombre que se gira y apunta al intruso con la pistola amartillada, la bala lista a buscar su objetivo.


Víctor Maojo realiza el curso de micro-relato en Hotel Kafka

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martes, abril 22, 2008

Plantas de interior , por Rebeca Álvarez Casal

Apenas había luz hasta que la encendieron en la escalera y se coló por la ranura de la puerta. Alguien subía y sus pasos se confundían con el tono del teléfono, que Óscar apretaba contra su oreja esperando respuesta.

-¿Diga? -preguntaron al otro lado de la línea.
-¿Nadia? -Óscar se enderezó en el sofá, le temblaba la voz- ¿Nadia?
-Sí, soy yo -respondió la voz, firme y femenina.
-Hola, llamaba? -hacía dibujitos geométricos, casi a ciegas, en un periódico que había sobre sus rodillas- yo llamo?
-¿A qué te dedicas?
-Profesor -respondió, aflojándose el último botón de la camisa, gris, mientras las pisadas de la escalera pasaban de largo ante su puerta- soy profesor, en un instituto.
-¿Te gusta?
-Tengo otros proyectos, pero la enseñanza siempre me ha interesado.
-Te entiendo perfectamente. Cuéntame algo más, ¿vives solo?
-Sí, desde hace unos meses. Y, bueno, también soy universitario.
- Pensé que lo eran todos los profesores de instituto ¿Qué estudiaste?
-Físicas -la mano en la que sostenía el teléfono le sudaba y se lo cambió de oreja para secársela en el pantalón.- Doy clase de matemáticas.
-¡Debes ser inteligentísimo!, ¿te apetece quedar el jueves?
-Bueno, no sé? -dejó el periódico en el sofá cruzando las piernas.
-No te preocupes, cielo, perdona si he sido un poco brusca. Estaba saturada ¿sabes? Pero me has caído bien, tienes? ¿cómo diría yo? Pareces un hombre agradable.
-Gracias. Tú también pareces agradable -y añadió, riendo- ahora.
-¿Ves?, tienes sentido del humor -rió ella también- tenemos que conocernos. En tu casa sería perfecto.
-No sé. -La luz de la escalera se apagó, ya había anochecido.
-No te preocupes, por teléfono parezco un poco seca, no es la mejor manera de conocerse.
-Tienes razón, te invito a cenar.
-Es un detalle precioso, pero va a tener que ser un poco más tarde. Si no te importa, claro -casi se veía una sonrisa a través del teléfono- dame tu dirección.- Óscar se la dictó- Bueno, cielo, pues te veo el jueves. A las doce. Un beso.

-Un beso -respondió, pero Nadia ya había colgado.

Siguió sentado mucho rato con el periódico otra vez en las rodillas, casi a oscuras, hasta que la luz del descansillo volvió a filtrarse. Unas pisadas se acercaban. Echaba de menos los cajones a medio cerrar desbordando ropa de colores, los libros abiertos bocabajo en cualquier sitio. Llegar del trabajo y encontrarse la cama hecha le entristecía. Escuchó el ruido de una llave en el apartamento de al lado, seguido de un portazo. En un momento la oscuridad fue total.

El jueves por la noche, tan puntuales que no tuvo tiempo de esperarlos, unos enérgicos tacones se detuvieron ante su puerta. Al abrir notó los latidos de su propio corazón, en la oscuridad del rellano se encontraba una mujer espectacular, que no parecía necesitar, en absoluto, recurrir a un anuncio. Todo en ella denotaba una sobria elegancia, el peinado, el traje negro resaltando un cuerpo esbelto, el fular carmín, como los labios, en los que se encontraba la sonrisa más encantadora que le hubiesen dirigido jamás. La invitó a pasar cerrando tras ella. Se besaron, a medio camino entre las mejillas y la boca. Entonces sintió sobre su rostro el frío que Nadia traía consigo.

Una hora después, mientras recuperaban el aliento, Óscar se preguntó en qué momento habían llegado a la alfombra. Miró a su alrededor para asegurarse de que seguía siendo el mismo. Sí, todo seguía igual, las simétricas mesillas de noche, la verticalidad de los libros? Todo salvo las sábanas enredadas a sus cuerpos y la tenue luz roja que los envolvía.

-¡Brutal! -articuló Nadia, incorporándose un poco- ha sido brutal.
-Un gran comienzo.
-Sí: un comienzo. -Y añadió, mirándolo, mientras un sugerente mechón caía, como al azar, hasta sus clavículas- porque pienso volver a verte. Y muy a menudo.

Óscar mismo no daba crédito. Mientras Nadia iba a por un cigarrillo intentó entender cómo había ocurrido. La conversación fluyó mientras escogían música; el vino que tenía preparado fue sustituido por champán; luego, como si de una coreografía se tratase, ella puso el pañuelo que traía al cuello sobre la lámpara, empezando ese jueguecito de que era una de sus alumnas. Se había dejado parte de la ropa, asegurando que era más excitante. Y vaya si lo había sido.

-¿Tienes un cenicero?
-No, usa mi copa, está vacía. Oye, por curiosidad, ¿en qué trabajas?
-¿Qué importancia tiene?
-Me resulta extraño no saber nada de ti.
-No pienso discutir con un hombre al que hace una hora que conozco.
-Al que piensas ver muy a menudo.
-Y para colmo es ya una hora y media -suspiró- ¡Está bien!, me rindo, pero trae el vino, ya me cansé de las burbujas.

Nadia descorchó la botella, brindaron por nada en concreto y entablaron una conversación sobre tipos de uva, a la que siguió el cine, y en la que no faltó la inevitable política. Óscar echaba de menos ese momento de las relaciones en que todo es contado por primera vez.

Quedaba mucho para el amanecer cuando encadenaron el vino con el desayuno, que él insistió en llevar a la cama, Nadia le había dicho que tenía el tiempo justo de pasar por su casa a cambiarse antes del trabajo. Hasta el domingo, fue su despedida tras besarlo en los labios. Escuchó alejarse sus tacones hasta desaparecer en el portal. Se apoyó en la puerta entornada, sonriendo, hasta que la luz de la escalera se apagó.

Al despertar, bien abrigado bajo el edredón, observó las sábanas en el suelo, las copas vacías con colillas en el fondo. En su memoria apuntó comprar un cenicero antes del domingo. El pañuelo, olvidado sobre la lámpara, era casi negro con la luminosidad del mediodía, le llegaba su olor a perfume y tabaco. Se levantó de buen humor y abrió la ventana, dejando entrar un aire frío y limpio.

Al cabo de unos meses sus encuentros podían resumirse en una escena, la de Óscar abrazado a Nadia despeinada sobre la cama deshecha, en el único rincón desordenado del apartamento; y las despedidas, hasta el jueves o hasta el domingo, como pedía el anuncio y sin faltar ni un día. Aún así la casa estaba, en cierta manera, habitada por ella. Un cepillo de dientes, algo de ropa. A Óscar le gustaba, los días que dormía solo, ver junto a su cama dos pares de zapatillas; ir a comprar naranjas para el desayuno; ocuparse con mimo la orquídea que ella le regaló por navidades. Tenía que tratarla con mucho cuidado, vigilando la temperatura y las corrientes de aire, la iluminación y que el agua no se estancase en su recipiente de vidrio, sin agujeros, para evitar que las raíces se pudriesen.

-¿Tú crees que aguantará? -le había preguntado.- No le dará el sol.
-No lo necesita, cielo. Es de interior.

Siempre cocinaba él, mientras ella ponía la mesa. Sabía que no soportaba ver sangre en la carne y que comía sin sal. También había dado con el punto exacto del café. Quedaban pronto, a media tarde, los días eran cortos y ya era de noche cuando los tacones, siempre puntuales, se detenían ante su puerta. Y cuando se alejaban no había amanecido. Se turnaban para lavar los platos y para elegir el vino, que bebían en enormes copas de borgoña.

-Así cuando se termine podrás hacerlas añicos, como en las películas -bromeó Nadia cuando las trajo.
-¿Por qué se iba a terminar?
-Las cosas se terminan, ¿no?
-Ah, no todas -la había abrazado hasta inmovilizarla- no te pienso dejar escapar tan fácilmente.
Una vez puesta la mesa, Nadia siempre llenaba las dos copas en la cocina, mientras él terminaba de preparar la cena.
-Muy buena elección, cariño -comentaba, cuando no había escogido ella el vino. Se apoyaba en la nevera, hablándole, y solía apagar la campana extractora, el ruido tapaba su voz. A él le molestaba que el comedor oliese a comida después, pero tardó meses en pedirle que cerrara la puerta.
-Para que no huela mal mientras cenamos -se excusó, sin dejar de mirar el contenido de la sartén.
-Nos vamos a ahumar ?había protestado ella al cerrarla.

Entonces descubrió, en la parte interior de la puerta, un calendario hecho con una foto en la que Óscar sostenía en brazos a una niña muy pequeña. Los dos sonreían con las cabezas muy juntas.

-¿Quién es?
-Mi sobrinita. ¿A que es estupenda?
-Sí, es mona. ¿Dónde está mi cenicero?
-En tu mesita de noche -abrió la ventana, dejando salir una densa humareda al exterior, mientras entraba un aire helado.- Los solomillos ya están listos.
Óscar llevó la cena a la mesa, olía bien. Nadia había cogido el cenicero y aprovechado para ponerse las zapatillas. El agresivo taconeo fue sustituido por un susurro.
-Me gustas más sin tacones.
-A mí también me gustas más cuando me quito los tacones -se puso de puntillas para darle un beso.- Pon música -le dijo, mientras ella encendía unas velas para, acto seguido, apagar la lámpara.

Durante la cena cambiaron el mundo y charlaron sobre discos, siempre tan de acuerdo, y sobre la orquídea. Por una vez no coincidían del todo, por más que le gustase, a él le daba un poco de pena tener seres vivos encerrados en casa. Pronto zanjaron el tema con un es preciosa. Óscar intentó, cuando Nadia no lo miraba, encontrar alguna arruga alrededor de sus ojos, desde que había sabido su edad siempre buscaba, por curiosidad, algún indicio.

Continuaron la conversación de la cena en la cocina, cerraron la ventana, pero ya hacía el mismo frío que en la calle. Óscar miraba a esa mujer, elegantemente vestida y en zapatillas, que se había puesto sus guantes de fregar. Charlaba animadamente, sonriendo, siempre en su papel. Incluso mientras quitaba la grasa de una sartén. La veía enjuagar el estropajo y mover los labios, sin escucharla. Tenía pensado invitarla a cenar a algún sitio elegante por su cumpleaños. Pero en vez de hablar sólo fue capaz, antes de que se quitara los guantes de látex, de ceñirse al guión besándole el cuello.

Al terminar a Nadia se le habían congelado los pies en la cocina y él se los calentaba en el sofá, enterrados bajo una manta. La observaba de reojo, con la luz en blanco y negro de la televisión, en la que un histriónico Jack Lemmon, en pleno delirio alcohólico, destrozaba un invernadero. Pese al maquillaje se percibían unas leves ojeras, o tal vez fuera algo de cansancio. Y esa boca tan roja, que dejaba su marca sobre la copa vacía.

-¿Te gusta la comida francesa? -le preguntó, acabándose el vino de un trago.
-Sí. -Nadia seguía mirando la pantalla.
-Aquí al lado hay un restaurante.
-¿Ah, sí? -absorta en la imagen de la protagonista despidiéndose, y renunciando así a su marido y a su hija, unas inesperadas lágrimas le mostraron a Óscar, cuando no los buscaba, unos diminutos pliegues en torno a los ojos- ¡Qué cobarde!
-¿Te apetece cenar allí la semana que viene? -le propuso, mientras alineaba con un pie las zapatillas.

Nadia estuvo a punto de soltar la copa al enderezarse de golpe. Estiró la mano para dejarla sobre la mesa de cristal, junto a la orquídea, ya sin flores. Los dos repararon en las retorcidas raíces apretadas contra el recipiente, que en algunos puntos incluso asomaban al exterior.

-Deberías cambiarla a una maceta, así está horrible -comentó Nadia, tapándose y volviendo la vista hacia la película.- Creo que sé cuál dices, es muy elegante, con candelabros.
-¿Pero te apetece? -insistió él.
-No sé -Los dos miraron la pantalla, donde el protagonista veía alejarse a su mujer desde la ventana.- Es complicar las cosas.
-A otras cosas nunca me dices que no?
-¿Cómo me presentarías a tus amigos?
-¿Cuál es el problema? -a Óscar empezaba a agobiarle su trozo de manta y lo dejó sobre sus muslos- Además, sólo hablo de cenar por ahí.

Nadia miraba con atención los créditos. Él no se había planteado cómo convencerla, así que decidió improvisar, desapareciendo bajo la manta que la ocultaba casi por completo. Le besó los pies, al fin calientes.

-Queda mucho invierno? -fue subiendo por sus rodillas, escarbando hasta encontrar la falda- ?no nos queda agua y cada vez tenemos menos espacio? -casi a oscuras y un poco asfixiado llegó al tanga, que le quitó muy despacio con los dientes- ahora no vas a poder resistirte y vas a tener que afirmar.

-¡Tramposo!
-¿Entonces la respuesta es sí?

Al cabo de un rato Nadia, irradiando calor, se destapó. Óscar, con la cabeza entre sus piernas, sintió un alivio enorme. En el menú del DVD los protagonistas sonreían, todavía en sus días de vino y rosas. Apagó con el mando, justo antes de que ella empezase a gemir.

El domingo un camarero lo acompañó a su mesa, Nadia le esperaba retocándose el maquillaje frente a un espejito. Ya había pedido el vino y, cuando lo vio quitándose el abrigo, llenó su copa para brindar, con la sonrisa de la primera noche en los labios.

__Delicioso __dijo él al probarlo, mirando la etiqueta mientras les traían las cartas. Paseó la vista a su alrededor, el aforo estaba casi completo. Todo eran parejas y sus conversaciones se percibían como un susurro, mezcladas con la música, a un volumen agradable. El aire estaba limpio, apenas había más humo que el de las velas que alumbraban el local. Le recordaron a sus cenas en casa. Cuando abrían la puerta de la calle las llamas temblaban y les llegaba un poco de fresco. Entraron dos ancianos cogidos del brazo, recordó que no había comprado naranjas, tenía pensado ir dando un paseo después de la cena. Le gustó el escenario.

-Ya transplanté la orquídea, -recordó- no sé qué hacer con el recipiente, es tan bonito que me da pena tirarlo.
-Puedes poner un par de pececitos -comentó Nadia mirando el menú.- Muy pequeños, eso sí.

Mientras pensaban qué pedir un aire frío les hizo volver la vista hacia la puerta, entró una pareja muy joven, el hombre empujando una silla en la que una niña parloteaba contenta.

-Debería haber pedido una mesa más íntima- comentó Nadia en voz baja, al ver que los sentaban a su lado.
-¿Tú crees?
-Lo digo por el ruido, cariño.-Respondió ella, bajando la vista hacia los entrantes-¿Te apetece una ensalada? No tengo mucha hambre, podemos compartir un entrecot -Llamó al camarero, que se dirigía a su mesa con el pan.- Nos va a traer la ensalada de la casa y un?

-La señora tomará un entrecot, -la interrumpió Óscar- muy hecho y sin sal. Y yo tomaré un tartar. Y también una botella de agua -añadió, juntando las dos cartas para tendérselas al hombre.- Gracias.

Empezaron la cena en silencio, observando a la gente que los rodeaba. No había entrado nadie más y la luz de las velas aumentaba la sensación de privacidad de las conversaciones.

-Hay mucha gente -comentó ella.
-Se está a gusto.
-Creo que no hemos acertado con la ensalada.- Nadia se retocó el pelo mientras masticaba.

Óscar se fijó en sus labios, demasiado rojos, y en una mancha del mismo color que tenía en el pómulo.

-No, la verdad es que no hemos acertado -respondió mientras echaba sal y pimienta a su plato.

Nadia, al llevarse a la boca un trozo de entrecot, arrugó la nariz con asco, estaba medio crudo. Mientras esperaban que se lo trajesen más hecho la niña se acercó a Óscar.

-Qué simpática eres ?la niña le sonrió, apoyando la cabeza sobre su muslo. Pudo sentir el calor de su mejilla a través de la tela.
-¡Qué rica! ?Nadia, que se encendía un cigarrillo, intentó acariciarle la cabeza, pero el fuego del mechero la asustó.
-Te has manchado de pintalabios ?Óscar había dudado si decírselo, vio congelarse su sonrisa mientras se levantaba camino del baño, dejando el cigarro recién encendido en el cenicero. Lo observó consumirse lentamente, dejando una larga ceniza horizontal suspendida en el vacío. La esperó un rato, pero como tardaba siguió comiendo. La puerta del restaurante se abrió varias veces, la gente se iba. Algunas velas se habían consumido. Trajeron la carne más hecha cuando ella volvía, con el maquillaje retocado por segunda vez.

-Estoy horrible -dijo, mirando su plato- ya no me apetece.

Él había terminado y pidió la carta de postres. Al cogerla rozó su copa con el codo, el sonido del cristal al hacerse añicos resonó por encima del murmullo. Nadia pidió perdón al camarero que recogía los vidrios, mientras Óscar seguía en silencio. La observaba desde el otro lado de la mesa, como hacía siempre cuando ella no se daba cuenta. Pero esta vez, al levantar la vista de los postres, Nadia encontró su mirada. Subió la carta, que sujetaba con ambas manos, hasta quedar oculta tras ella.

-No me apetece nada más -dijo, comprobando su peinado.
-Pediré la cuenta.

Antes de salir Óscar había echado un último vistazo a la niña, dormía con la boca entreabierta y las mejillas encendidas.

En la calle, junto a la entrada, los focos blancos deslumbraban un poco. Nadia lo miraba expectante, tiritando, se encovaba cada vez más, apretando el abrigo contra su cuerpo. La luz caía vertical, acentuando el exceso de colorete, mientras él se colocaba la bufanda esquivando su mirada. Al ponerse los guantes reparó en sus tobillos, tan frágiles, cubiertos por unas medias excesivamente finas para esa época del año. Cayó en la cuenta de que estaba demasiado flaca.

-Me ha sentado mal la cena, me voy a casa -por primera vez lo miraba sin sonreír, intentaba sujetar el pelo que el viento había soltado y se le metía en los ojos.- Hasta el jueves. -Se dio la vuelta sin esperar el beso de despedida, alejándose de prisa. El fular rojo se agitaba en su espalda. Óscar se despidió tan bajito que ella no pudo oírle, sus tacones resonaban en la acera y producían eco. La miró parar un taxi y subirse en él, sin volverse ni una sola vez. Por un momento pensó en llamarla antes de que desapareciese. Levantó la mano, pero no llegó a hacerlo.

Estuvo paseando un rato sin rumbo, encerrarse en casa tan pronto no era lo que había planeado para esa noche. Decidió ir a comprar naranjas para el desayuno. Estaban nada más entrar en la tienda, pero no se agachó a cogerlas, el plástico les daba un color excesivo. Camino de la salida compró el periódico. Subía las escaleras con él bajo el brazo, escuchando el sonido de sus propias pisadas, cuando la luz se le apagó en el último tramo.


Rebeca Álvarez Casal realiza el máster en Escritura creativa en Hotel Kafka

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