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domingo, mayo 18, 2008

Discontinuidades, por Víctor Maojo


El azar le había llevado hacia el volumen de cuentos de Julio Cortázar que reposaba, inadvertido, en la librería. Sentado en su mecedora de roble, releía ensimismado un relato breve, Continuidad de los parques, ya por tercera o cuarta vez. Las primeras frases introductorias, banalmente necesarias. Con calculada lentitud, el tono casual se transformaba hacia un nudo intrincado, mostrando sutilmente los personajes. Los relatos previos del libro y su propio engranaje predecían, desde el inicio, un desenlace abominablemente inesperado, al menos en una primera lectura. Dio un sorbo al café y dejó la taza en una mesilla, al lado de la mecedora. Se concentró en la lectura, en el otro hombre que, como él, leía un libro. Pudo imaginar, inmerso en el relato, el movimiento de las hojas en el bosque, los jóvenes amantes que se abrazan en el interior de la cabaña furtiva, ocultos por el autor de visiones culpables. Él acaricia fugazmente el mango del puñal que guarda bajo su camisa. Ella llora y le pide, en su mano liberadora, el fin de un matrimonio imposible. Le entrega su llave y un plano de la casa. La noche se abate, la cabaña se hunde en la penumbra, deseando la luz de una luna que se niega a mostrar aún.


El joven sale decidido, sin mirar atrás, por el camino de la colina que lleva hacia la casa, cuyas sombras se unen al bosque en la creciente oscuridad. Todo está planeado, nadie puede interrumpirle. Abre la puerta y, con exasperante lentitud, encuentra la escalera, perfectamente distinguible en el dibujo. Los peldaños tiemblan ligeramente, la luz se adivina en el piso superior. Por el pasillo avanza hacia la habitación iluminada, con el puñal preparado. La puerta abierta, un hombre en una mecedora de roble leyendo un libro de cuentos, el café todavía caliente en la mesilla, el hombre que se gira y apunta al intruso con la pistola amartillada, la bala lista a buscar su objetivo.


Víctor Maojo realiza el curso de micro-relato en Hotel Kafka

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miércoles, julio 18, 2007

Azul casi negro, por Mario Toledano


Por fin es de noche, abro la ventana de mi habitación, a oscuras me dispongo a poner el ojo en la mirilla del telescopio para sumergirme en ese mar centellante que es el universo.
La emoción es tener delante el pasado y el futuro, el infinito y el vacío, la materia y la antimateria; todos estos ensayos de conocimiento que siempre han cautivado a la raza humana.
Comienzo navegando por mantos pedregosos caminando en órbitas, la sinfonía de estrellas que forman constelaciones sabiendo que unas nacen y otras mueren; intento buscar la explosión de quásares, enanas blancas, agujeros negros y demás fenómenos que los astrónomos han descubierto en los últimos años.


Sin embargo me topo con los sueños de niños queriendo ser astronautas, seres mitológicos en movimiento, poetas queriendo inspirarse, científicos con afán de conquistar la sabiduría, filósofos confundidos en su búsqueda por el infinito, marineros perdidos queriéndose orientar y principitos viajando entre planetas buscando salvar flores.

Alejo el ojo de la mirilla sabiendo que Morfeo va a tener demasiado material para esta noche.

Mario Toledano (México 1980) ha realizado el Taller de escritura creativa I en Hotel Kafka

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