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martes, enero 16, 2007

Un zumo:

La fuente nos enseña que las palabras que no se dicen son las únicas que fluyen en su motivo con la transparencia de lo que él mana. Es una frase de An. A veces dice estas cosas cuando, en la plaza, tomamos algo --¿Para qué más?-- y añade --Todo lo que necesito para la vida es una fuente que eche agua todo el rato.? Me mira. Le digo que está guapísima y, sin embargo, sigue construyendo las mismas preguntas, a veces imágenes, y me las dice, sabiendo como sé que lo suyo no es que necesite un cómplice, sino que uno le va sirviendo de espejo, y en eso se quedará hasta que se rompa.



Deberíamos dedicarnos a inventar palabras todo el tiempo, así --dice-- todo sería más... Espera que uno le diga la palabra que viene a continuación, que rompa el hechizo y punto, pero uno no es más que de nuevo aquel espejo suyo, uno de tantos que espera no ser roto y nada más, en el que poder verse tranquila mientras bebemos cualquier cosa. Acuerda que el silencio se agradece pero insiste: Deberíamos hablar de cosas más normales ¿He dicho normales? No sé, me refiero a como por ejemplo ¿Cómo te ha ido el día? ¿Qué tal los niños? O ¿Viste el partido de ayer? --Le digo que el sol está bien y, de nuevo, lo guapa que es y, añado, más que la fuente esa que dices; pero ella insiste en que quedan preguntas, palabras, razones... Como corresponde a su condición, dice los cantares que uno espera escuchar de las hadas que se inventa; fabrica el rato, es ejemplar y desaparece al pedirle la cuenta al camarero. Se debe lo de siempre. Después de coger lo que sobra y de dar las gracias, uno vuelve a la casa, el trabajo de funcionario o las horas extras --Quisiéramos ser gusanos de verdad-- hubiera dicho An, de no haberse marchado a por los niños --pero somos esos de papel charol que hacíamos en el cole y, luego, explicábamos en casa que eran de seda.

Carlos Ulrich, Casablanca 1977, diplomado en Sociología por la UNED. Es alumno del master en escritura creativa del Hotel Kafka.

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sábado, diciembre 16, 2006

La fotografía

A pesar de los años que llevaba en la empresa, no valoraban su trabajo. La mujer que había amado en todas las orillas de su cuerpo era ahora una señora que dormía a su derecha. Las tardes de cerveza con sus amigos eran cada vez más breves e infrecuentes.

Estaba pensando en todo esto, al ritmo de las sacudidas del metro, cuando vio la revista que alguien había dejado en el asiento de al lado. La hojeó sin demasiada atención hasta que se encontró con la fotografía. Mostraba en primer plano un niño esquimal, vestido con el anorak y las habituales prendas de abrigo. Pero lo sorprendente era que detrás de él no estaban los hielos del Ártico, sino la arena reluciente y las aguas diáfanas de una playa del Caribe. Toda la gente de alrededor, en ropa de baño, lo miraba fijamente. Sus ojos achinados, casi lo único que dejaba al descubierto la enorme capucha, revelaban una mezcla de miedo y desconcierto

Levantó la vista de la fotografía y un fogonazo golpeó su cabeza. Entonces, huyó corriendo de aquellas personas extrañas y tropezó en la arena y sintió el terrible calor del sol multiplicado a través de las gruesas ropas que lo cubrían.


Madrid, 3.XII.06

Autor: Jesús Cano. Madrid 1986. Actualmente estudia 3º de Filología en la UCM y el curso de microrrelato en Hotel Kafka.

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