Hotel Kafka - Escuela de Ideas

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martes, abril 22, 2008

Plantas de interior , por Rebeca Álvarez Casal

Apenas había luz hasta que la encendieron en la escalera y se coló por la ranura de la puerta. Alguien subía y sus pasos se confundían con el tono del teléfono, que Óscar apretaba contra su oreja esperando respuesta.

-¿Diga? -preguntaron al otro lado de la línea.
-¿Nadia? -Óscar se enderezó en el sofá, le temblaba la voz- ¿Nadia?
-Sí, soy yo -respondió la voz, firme y femenina.
-Hola, llamaba? -hacía dibujitos geométricos, casi a ciegas, en un periódico que había sobre sus rodillas- yo llamo?
-¿A qué te dedicas?
-Profesor -respondió, aflojándose el último botón de la camisa, gris, mientras las pisadas de la escalera pasaban de largo ante su puerta- soy profesor, en un instituto.
-¿Te gusta?
-Tengo otros proyectos, pero la enseñanza siempre me ha interesado.
-Te entiendo perfectamente. Cuéntame algo más, ¿vives solo?
-Sí, desde hace unos meses. Y, bueno, también soy universitario.
- Pensé que lo eran todos los profesores de instituto ¿Qué estudiaste?
-Físicas -la mano en la que sostenía el teléfono le sudaba y se lo cambió de oreja para secársela en el pantalón.- Doy clase de matemáticas.
-¡Debes ser inteligentísimo!, ¿te apetece quedar el jueves?
-Bueno, no sé? -dejó el periódico en el sofá cruzando las piernas.
-No te preocupes, cielo, perdona si he sido un poco brusca. Estaba saturada ¿sabes? Pero me has caído bien, tienes? ¿cómo diría yo? Pareces un hombre agradable.
-Gracias. Tú también pareces agradable -y añadió, riendo- ahora.
-¿Ves?, tienes sentido del humor -rió ella también- tenemos que conocernos. En tu casa sería perfecto.
-No sé. -La luz de la escalera se apagó, ya había anochecido.
-No te preocupes, por teléfono parezco un poco seca, no es la mejor manera de conocerse.
-Tienes razón, te invito a cenar.
-Es un detalle precioso, pero va a tener que ser un poco más tarde. Si no te importa, claro -casi se veía una sonrisa a través del teléfono- dame tu dirección.- Óscar se la dictó- Bueno, cielo, pues te veo el jueves. A las doce. Un beso.

-Un beso -respondió, pero Nadia ya había colgado.

Siguió sentado mucho rato con el periódico otra vez en las rodillas, casi a oscuras, hasta que la luz del descansillo volvió a filtrarse. Unas pisadas se acercaban. Echaba de menos los cajones a medio cerrar desbordando ropa de colores, los libros abiertos bocabajo en cualquier sitio. Llegar del trabajo y encontrarse la cama hecha le entristecía. Escuchó el ruido de una llave en el apartamento de al lado, seguido de un portazo. En un momento la oscuridad fue total.

El jueves por la noche, tan puntuales que no tuvo tiempo de esperarlos, unos enérgicos tacones se detuvieron ante su puerta. Al abrir notó los latidos de su propio corazón, en la oscuridad del rellano se encontraba una mujer espectacular, que no parecía necesitar, en absoluto, recurrir a un anuncio. Todo en ella denotaba una sobria elegancia, el peinado, el traje negro resaltando un cuerpo esbelto, el fular carmín, como los labios, en los que se encontraba la sonrisa más encantadora que le hubiesen dirigido jamás. La invitó a pasar cerrando tras ella. Se besaron, a medio camino entre las mejillas y la boca. Entonces sintió sobre su rostro el frío que Nadia traía consigo.

Una hora después, mientras recuperaban el aliento, Óscar se preguntó en qué momento habían llegado a la alfombra. Miró a su alrededor para asegurarse de que seguía siendo el mismo. Sí, todo seguía igual, las simétricas mesillas de noche, la verticalidad de los libros? Todo salvo las sábanas enredadas a sus cuerpos y la tenue luz roja que los envolvía.

-¡Brutal! -articuló Nadia, incorporándose un poco- ha sido brutal.
-Un gran comienzo.
-Sí: un comienzo. -Y añadió, mirándolo, mientras un sugerente mechón caía, como al azar, hasta sus clavículas- porque pienso volver a verte. Y muy a menudo.

Óscar mismo no daba crédito. Mientras Nadia iba a por un cigarrillo intentó entender cómo había ocurrido. La conversación fluyó mientras escogían música; el vino que tenía preparado fue sustituido por champán; luego, como si de una coreografía se tratase, ella puso el pañuelo que traía al cuello sobre la lámpara, empezando ese jueguecito de que era una de sus alumnas. Se había dejado parte de la ropa, asegurando que era más excitante. Y vaya si lo había sido.

-¿Tienes un cenicero?
-No, usa mi copa, está vacía. Oye, por curiosidad, ¿en qué trabajas?
-¿Qué importancia tiene?
-Me resulta extraño no saber nada de ti.
-No pienso discutir con un hombre al que hace una hora que conozco.
-Al que piensas ver muy a menudo.
-Y para colmo es ya una hora y media -suspiró- ¡Está bien!, me rindo, pero trae el vino, ya me cansé de las burbujas.

Nadia descorchó la botella, brindaron por nada en concreto y entablaron una conversación sobre tipos de uva, a la que siguió el cine, y en la que no faltó la inevitable política. Óscar echaba de menos ese momento de las relaciones en que todo es contado por primera vez.

Quedaba mucho para el amanecer cuando encadenaron el vino con el desayuno, que él insistió en llevar a la cama, Nadia le había dicho que tenía el tiempo justo de pasar por su casa a cambiarse antes del trabajo. Hasta el domingo, fue su despedida tras besarlo en los labios. Escuchó alejarse sus tacones hasta desaparecer en el portal. Se apoyó en la puerta entornada, sonriendo, hasta que la luz de la escalera se apagó.

Al despertar, bien abrigado bajo el edredón, observó las sábanas en el suelo, las copas vacías con colillas en el fondo. En su memoria apuntó comprar un cenicero antes del domingo. El pañuelo, olvidado sobre la lámpara, era casi negro con la luminosidad del mediodía, le llegaba su olor a perfume y tabaco. Se levantó de buen humor y abrió la ventana, dejando entrar un aire frío y limpio.

Al cabo de unos meses sus encuentros podían resumirse en una escena, la de Óscar abrazado a Nadia despeinada sobre la cama deshecha, en el único rincón desordenado del apartamento; y las despedidas, hasta el jueves o hasta el domingo, como pedía el anuncio y sin faltar ni un día. Aún así la casa estaba, en cierta manera, habitada por ella. Un cepillo de dientes, algo de ropa. A Óscar le gustaba, los días que dormía solo, ver junto a su cama dos pares de zapatillas; ir a comprar naranjas para el desayuno; ocuparse con mimo la orquídea que ella le regaló por navidades. Tenía que tratarla con mucho cuidado, vigilando la temperatura y las corrientes de aire, la iluminación y que el agua no se estancase en su recipiente de vidrio, sin agujeros, para evitar que las raíces se pudriesen.

-¿Tú crees que aguantará? -le había preguntado.- No le dará el sol.
-No lo necesita, cielo. Es de interior.

Siempre cocinaba él, mientras ella ponía la mesa. Sabía que no soportaba ver sangre en la carne y que comía sin sal. También había dado con el punto exacto del café. Quedaban pronto, a media tarde, los días eran cortos y ya era de noche cuando los tacones, siempre puntuales, se detenían ante su puerta. Y cuando se alejaban no había amanecido. Se turnaban para lavar los platos y para elegir el vino, que bebían en enormes copas de borgoña.

-Así cuando se termine podrás hacerlas añicos, como en las películas -bromeó Nadia cuando las trajo.
-¿Por qué se iba a terminar?
-Las cosas se terminan, ¿no?
-Ah, no todas -la había abrazado hasta inmovilizarla- no te pienso dejar escapar tan fácilmente.
Una vez puesta la mesa, Nadia siempre llenaba las dos copas en la cocina, mientras él terminaba de preparar la cena.
-Muy buena elección, cariño -comentaba, cuando no había escogido ella el vino. Se apoyaba en la nevera, hablándole, y solía apagar la campana extractora, el ruido tapaba su voz. A él le molestaba que el comedor oliese a comida después, pero tardó meses en pedirle que cerrara la puerta.
-Para que no huela mal mientras cenamos -se excusó, sin dejar de mirar el contenido de la sartén.
-Nos vamos a ahumar ?había protestado ella al cerrarla.

Entonces descubrió, en la parte interior de la puerta, un calendario hecho con una foto en la que Óscar sostenía en brazos a una niña muy pequeña. Los dos sonreían con las cabezas muy juntas.

-¿Quién es?
-Mi sobrinita. ¿A que es estupenda?
-Sí, es mona. ¿Dónde está mi cenicero?
-En tu mesita de noche -abrió la ventana, dejando salir una densa humareda al exterior, mientras entraba un aire helado.- Los solomillos ya están listos.
Óscar llevó la cena a la mesa, olía bien. Nadia había cogido el cenicero y aprovechado para ponerse las zapatillas. El agresivo taconeo fue sustituido por un susurro.
-Me gustas más sin tacones.
-A mí también me gustas más cuando me quito los tacones -se puso de puntillas para darle un beso.- Pon música -le dijo, mientras ella encendía unas velas para, acto seguido, apagar la lámpara.

Durante la cena cambiaron el mundo y charlaron sobre discos, siempre tan de acuerdo, y sobre la orquídea. Por una vez no coincidían del todo, por más que le gustase, a él le daba un poco de pena tener seres vivos encerrados en casa. Pronto zanjaron el tema con un es preciosa. Óscar intentó, cuando Nadia no lo miraba, encontrar alguna arruga alrededor de sus ojos, desde que había sabido su edad siempre buscaba, por curiosidad, algún indicio.

Continuaron la conversación de la cena en la cocina, cerraron la ventana, pero ya hacía el mismo frío que en la calle. Óscar miraba a esa mujer, elegantemente vestida y en zapatillas, que se había puesto sus guantes de fregar. Charlaba animadamente, sonriendo, siempre en su papel. Incluso mientras quitaba la grasa de una sartén. La veía enjuagar el estropajo y mover los labios, sin escucharla. Tenía pensado invitarla a cenar a algún sitio elegante por su cumpleaños. Pero en vez de hablar sólo fue capaz, antes de que se quitara los guantes de látex, de ceñirse al guión besándole el cuello.

Al terminar a Nadia se le habían congelado los pies en la cocina y él se los calentaba en el sofá, enterrados bajo una manta. La observaba de reojo, con la luz en blanco y negro de la televisión, en la que un histriónico Jack Lemmon, en pleno delirio alcohólico, destrozaba un invernadero. Pese al maquillaje se percibían unas leves ojeras, o tal vez fuera algo de cansancio. Y esa boca tan roja, que dejaba su marca sobre la copa vacía.

-¿Te gusta la comida francesa? -le preguntó, acabándose el vino de un trago.
-Sí. -Nadia seguía mirando la pantalla.
-Aquí al lado hay un restaurante.
-¿Ah, sí? -absorta en la imagen de la protagonista despidiéndose, y renunciando así a su marido y a su hija, unas inesperadas lágrimas le mostraron a Óscar, cuando no los buscaba, unos diminutos pliegues en torno a los ojos- ¡Qué cobarde!
-¿Te apetece cenar allí la semana que viene? -le propuso, mientras alineaba con un pie las zapatillas.

Nadia estuvo a punto de soltar la copa al enderezarse de golpe. Estiró la mano para dejarla sobre la mesa de cristal, junto a la orquídea, ya sin flores. Los dos repararon en las retorcidas raíces apretadas contra el recipiente, que en algunos puntos incluso asomaban al exterior.

-Deberías cambiarla a una maceta, así está horrible -comentó Nadia, tapándose y volviendo la vista hacia la película.- Creo que sé cuál dices, es muy elegante, con candelabros.
-¿Pero te apetece? -insistió él.
-No sé -Los dos miraron la pantalla, donde el protagonista veía alejarse a su mujer desde la ventana.- Es complicar las cosas.
-A otras cosas nunca me dices que no?
-¿Cómo me presentarías a tus amigos?
-¿Cuál es el problema? -a Óscar empezaba a agobiarle su trozo de manta y lo dejó sobre sus muslos- Además, sólo hablo de cenar por ahí.

Nadia miraba con atención los créditos. Él no se había planteado cómo convencerla, así que decidió improvisar, desapareciendo bajo la manta que la ocultaba casi por completo. Le besó los pies, al fin calientes.

-Queda mucho invierno? -fue subiendo por sus rodillas, escarbando hasta encontrar la falda- ?no nos queda agua y cada vez tenemos menos espacio? -casi a oscuras y un poco asfixiado llegó al tanga, que le quitó muy despacio con los dientes- ahora no vas a poder resistirte y vas a tener que afirmar.

-¡Tramposo!
-¿Entonces la respuesta es sí?

Al cabo de un rato Nadia, irradiando calor, se destapó. Óscar, con la cabeza entre sus piernas, sintió un alivio enorme. En el menú del DVD los protagonistas sonreían, todavía en sus días de vino y rosas. Apagó con el mando, justo antes de que ella empezase a gemir.

El domingo un camarero lo acompañó a su mesa, Nadia le esperaba retocándose el maquillaje frente a un espejito. Ya había pedido el vino y, cuando lo vio quitándose el abrigo, llenó su copa para brindar, con la sonrisa de la primera noche en los labios.

__Delicioso __dijo él al probarlo, mirando la etiqueta mientras les traían las cartas. Paseó la vista a su alrededor, el aforo estaba casi completo. Todo eran parejas y sus conversaciones se percibían como un susurro, mezcladas con la música, a un volumen agradable. El aire estaba limpio, apenas había más humo que el de las velas que alumbraban el local. Le recordaron a sus cenas en casa. Cuando abrían la puerta de la calle las llamas temblaban y les llegaba un poco de fresco. Entraron dos ancianos cogidos del brazo, recordó que no había comprado naranjas, tenía pensado ir dando un paseo después de la cena. Le gustó el escenario.

-Ya transplanté la orquídea, -recordó- no sé qué hacer con el recipiente, es tan bonito que me da pena tirarlo.
-Puedes poner un par de pececitos -comentó Nadia mirando el menú.- Muy pequeños, eso sí.

Mientras pensaban qué pedir un aire frío les hizo volver la vista hacia la puerta, entró una pareja muy joven, el hombre empujando una silla en la que una niña parloteaba contenta.

-Debería haber pedido una mesa más íntima- comentó Nadia en voz baja, al ver que los sentaban a su lado.
-¿Tú crees?
-Lo digo por el ruido, cariño.-Respondió ella, bajando la vista hacia los entrantes-¿Te apetece una ensalada? No tengo mucha hambre, podemos compartir un entrecot -Llamó al camarero, que se dirigía a su mesa con el pan.- Nos va a traer la ensalada de la casa y un?

-La señora tomará un entrecot, -la interrumpió Óscar- muy hecho y sin sal. Y yo tomaré un tartar. Y también una botella de agua -añadió, juntando las dos cartas para tendérselas al hombre.- Gracias.

Empezaron la cena en silencio, observando a la gente que los rodeaba. No había entrado nadie más y la luz de las velas aumentaba la sensación de privacidad de las conversaciones.

-Hay mucha gente -comentó ella.
-Se está a gusto.
-Creo que no hemos acertado con la ensalada.- Nadia se retocó el pelo mientras masticaba.

Óscar se fijó en sus labios, demasiado rojos, y en una mancha del mismo color que tenía en el pómulo.

-No, la verdad es que no hemos acertado -respondió mientras echaba sal y pimienta a su plato.

Nadia, al llevarse a la boca un trozo de entrecot, arrugó la nariz con asco, estaba medio crudo. Mientras esperaban que se lo trajesen más hecho la niña se acercó a Óscar.

-Qué simpática eres ?la niña le sonrió, apoyando la cabeza sobre su muslo. Pudo sentir el calor de su mejilla a través de la tela.
-¡Qué rica! ?Nadia, que se encendía un cigarrillo, intentó acariciarle la cabeza, pero el fuego del mechero la asustó.
-Te has manchado de pintalabios ?Óscar había dudado si decírselo, vio congelarse su sonrisa mientras se levantaba camino del baño, dejando el cigarro recién encendido en el cenicero. Lo observó consumirse lentamente, dejando una larga ceniza horizontal suspendida en el vacío. La esperó un rato, pero como tardaba siguió comiendo. La puerta del restaurante se abrió varias veces, la gente se iba. Algunas velas se habían consumido. Trajeron la carne más hecha cuando ella volvía, con el maquillaje retocado por segunda vez.

-Estoy horrible -dijo, mirando su plato- ya no me apetece.

Él había terminado y pidió la carta de postres. Al cogerla rozó su copa con el codo, el sonido del cristal al hacerse añicos resonó por encima del murmullo. Nadia pidió perdón al camarero que recogía los vidrios, mientras Óscar seguía en silencio. La observaba desde el otro lado de la mesa, como hacía siempre cuando ella no se daba cuenta. Pero esta vez, al levantar la vista de los postres, Nadia encontró su mirada. Subió la carta, que sujetaba con ambas manos, hasta quedar oculta tras ella.

-No me apetece nada más -dijo, comprobando su peinado.
-Pediré la cuenta.

Antes de salir Óscar había echado un último vistazo a la niña, dormía con la boca entreabierta y las mejillas encendidas.

En la calle, junto a la entrada, los focos blancos deslumbraban un poco. Nadia lo miraba expectante, tiritando, se encovaba cada vez más, apretando el abrigo contra su cuerpo. La luz caía vertical, acentuando el exceso de colorete, mientras él se colocaba la bufanda esquivando su mirada. Al ponerse los guantes reparó en sus tobillos, tan frágiles, cubiertos por unas medias excesivamente finas para esa época del año. Cayó en la cuenta de que estaba demasiado flaca.

-Me ha sentado mal la cena, me voy a casa -por primera vez lo miraba sin sonreír, intentaba sujetar el pelo que el viento había soltado y se le metía en los ojos.- Hasta el jueves. -Se dio la vuelta sin esperar el beso de despedida, alejándose de prisa. El fular rojo se agitaba en su espalda. Óscar se despidió tan bajito que ella no pudo oírle, sus tacones resonaban en la acera y producían eco. La miró parar un taxi y subirse en él, sin volverse ni una sola vez. Por un momento pensó en llamarla antes de que desapareciese. Levantó la mano, pero no llegó a hacerlo.

Estuvo paseando un rato sin rumbo, encerrarse en casa tan pronto no era lo que había planeado para esa noche. Decidió ir a comprar naranjas para el desayuno. Estaban nada más entrar en la tienda, pero no se agachó a cogerlas, el plástico les daba un color excesivo. Camino de la salida compró el periódico. Subía las escaleras con él bajo el brazo, escuchando el sonido de sus propias pisadas, cuando la luz se le apagó en el último tramo.


Rebeca Álvarez Casal realiza el máster en Escritura creativa en Hotel Kafka

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viernes, abril 11, 2008

El rinoceronte (versión del cuento de J. J. Arreola) por Lola Gallego

No podría decir que los diez años que duró mi matrimonio con mi primera esposa fueron del todo infelices, pero su carácter testarudo y su poca capacidad para acatar los consejos inteligentes que le daba, siempre cargados de lógica y razón, me sacaba de quicio. Sí, la señora del juez McBride, era sin lugar a dudas una mujer obstinada.
Tenía unas ridículas ideas románticas sobre el amor, que no conseguí que desechara. No quería comprender que eso eran cuentos para entretener a las criadas y que una mujer de su posición debía estar satisfecha de haber conseguido la máxima ambición de toda mujer : la protección de un hombre respetable.

Leonor persistió con una obstinación que llegó a exasperarme. Luchó para que me comportara según esas ideas absurdas y lo único que consiguió fue hacerme llegar al convencimiento de que me quería divorciar. Aunque debo decir en su favor que cumplía con sus deberes conyugales a cualquier hora que yo los solicitase con la mayor sumisión y nunca tuve que oír una negativa a este respecto.


Mi segunda esposa, Pamela, me conquistó con su delicada belleza, fragilidad y por su carácter dulce e idealista. Nunca me replica ni me lleva la contraria. Acata con dulzura y sumisión las cosas que digo y no levanta la voz. Me cuida mucho. Es hija de un pastor y ha hecho que retome el hábito de la asistencia dominical a los oficios religiosos.
Hace poco vi a Elinor en la iglesia, no ha perdido su aspecto robusto y su sonrosado color que tan saludable aspecto le dan. Iba acompañada de su actual esposo, un banquero, según dicen, de aspecto afable y me atrevería a decir que un poco más joven que ella.
Las personas que los visitan, me cuentan algunas cosas de ellos, sobre todo elogian las generosas comidas y tertulias posteriores que ofrecen en su casa.
Sí, realmente, Pamela es encantadora y quiere lo mejor para mí. Ella siempre está pendiente, incluso me apaga los habanos a la mitad, raciona el tabaco de mi pipa y hasta dosifica la cantidad de whisky que diariamente es recomendable que tome. Sí, es encantadora. Su fragilidad hace que se resienta su salud y sufre de migrañas que, a veces, la mantienen postrada todo un día en la cama, tardando a veces hasta dos días en recuperarse del todo por lo que no puede, la pobre, cumplir con sus deberes conyugales. Pero el día que está fuerte los atiende solícita y se podría decir que es una mujer ardiente y apasionada . Esto no constituye un problema ya que, debo reconocer, mis exigencias son cada vez menos frecuentes (según el médico no debe preocuparme, ya que es debido a la dieta vegetariana que seguimos desde mi matrimonio con Pamela y de la considerable pérdida de peso que he sufrido), según el doctor eso podría mermar un poco fuerzas y apetitos maritales.

Las horas de las comidas los dos solos en nuestra angosta y larga mesa del salón principal son tranquilas y apacibles. La cocinera prepara un variado repertorio de ensaladas y quesos suaves y cremosos. Según Pamela más saludables que el patagás o el gorgozola.
Mi color pálido y aspecto enjuto no deben preocuparme, ya que tienen el mismo origen: la nueva dieta. Tiene razón, ya no ingiero esas generosas raciones del rosbif que Elinor preparaba con esa variedad de sabrosas salsas y guarniciones con ciruelas, piñones y manzana, perfectamente condimentadas y acompañado del espeso y cremoso puré de patatas, por no nombrar esos excesivos postres y tartas rellenas de crema ¡un exceso! No cabe duda.
Pamela, en cambio, es comedida, cuando me ofusco o apasiono con alguna predica o idea para exponer absolutamente convencido de que llevo la razón, ella, en vez de replicarme, me escucha y, acercando sus dulces labios a los míos, hace callar y luego dice, ya te has desahogado querido y se mete en su cuarto de labores a tejer calcetines para los niños pobres.
Algunas noches llamo con delicadeza a su puerta que en pocas ocasiones encuentro abierta y entonces no insisto, nunca la poseo por la fuerza o la insistencia porque podría ser contraproducente para su frágil salud y yo lo que quiero ante todo es el bien para ella, así es que me doy media vuelta, vuelvo a mi cama, me siento, saco los pies de mis pantuflas y, después de quitarme la bata, duermo toda la noche apaciblemente.
La lujuria a la que me abandonaba con Elinor era sin duda un exceso.


Lola Gallego realiza el II máster en escritura creativa en Hotel Kafka

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sábado, marzo 08, 2008

VIDAS TERRESTRES, por Carlos Granell



Las lunas del coche cierran herméticamente el interior del vehículo. En el exterior las líneas blancas se disponen simétricas respecto del eje del vial y delimitan la calzada hábil. Además, a un lado y otro de la avenida, las farolas se alzan regularmente sobre el firme. Su luz funcional ilumina el camino mientras que el sol, puesto en occidente, surge en el retrovisor interior.

Con la noche entrada y el vehículo en movimiento, la irradiación de las farolas es intensa y crea un efecto lumínico secuenciado que se repite periódicamente en cada instante. Cada luminaria origina un haz de luz que se difumina en la noche, hasta desaparecer en la zona en la que se comienza a apreciar el haz de la farola subsiguiente. A cada lado de la calzada, la distancia entre cada foco de luz se percibe, desde la posición actual, reduciéndose indefinidamente en una progresión geométrica definida, a medida que la vista alcanza paulatinamente puntos más alejados en el camino venidero. Asimismo, las luminarias equivalentes a un lado y otro del vial se acercan entre sí preservando la simetría respecto del eje del mismo, tanto más cuanto más alejadas se encuentran de la posición actual.

En cada una de los focos, las partículas de polvo orbitan en torno a los bulbos lumínicos creando un microcosmos particular y repetitivo.

En los laterales de la calzada, por detrás de las farolas, la noche es oscura. Cerrada.
A medida que el vehículo avanza, los puntos de luz más próximos desaparecen del campo visual para luego regresar, cada uno por su lado, en el retrovisor exterior que corresponde. En el espejo interior, las luces, alineadas en dos rectas simétricas respecto del eje que el vehículo deja tras de sí, menguan hasta desaparecer. Lo hacen justo en el momento en el que otras, procedentes del camino que quedaba por delante, reemplazan a las ya inexistentes en el reflejo. De frente y más allá de la luna frontal, el efecto lumínico se sigue repitiendo periódicamente según la misma secuencia que antes.

El vehículo avanza y en el instante presente la posición del mismo determina, junto con la del sol, un diámetro de la esfera terráquea. La bruma levanta dos palmos del firme y el aire, saturado de agua, empaña las lunas vehiculares. Ahora, la conducción se desarrolla por la calzada hábil en un entorno de borrosidad luminiscente.

El final de la madrugada trae consigo el rocío y éste devuelve el trasluz en los cristales. Multitud de burbujas de H2O se deslizan caóticamente por las lunas hasta adherirse, unas con otras, según fenómenos de tensión superficial. Con la conducción en curso la bruma escampa y la luna trasera muestra, a través del espejo interior, una mella en el vidrio. La grieta, inapreciable desde cualquier otro punto de vista, permanece incólume en el devenir de los claro-oscuros de las luces, la noche y sus reflejos.


De frente y más allá de la luna frontal, el efecto lumínico se sigue repitiendo periódicamente según la misma secuencia que antes, y las partículas de polvo orbitan en torno a los focos de luz. Las líneas blancas que delimitan la calzada hábil, se disponen simétricas respecto del eje recto de la avenida y fugan en un punto irreal. Allí y ahora el cielo clarea, el sol se alza en el este y alguien, a los mandos de un avión, alinea el astro en su trayectoria. Sobrevuela vidas terrestres.


Carlos Granell realiza el máster en Escritura creativa en Hotel Kafka

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viernes, febrero 22, 2008

Colección de momentos, por Rebeca Álvarez Casal del Rey


Mientras escribo importan los ruidos que escucho desde mi diminuto estudio. Escucho las discusiones de una madre con su hijo, llenas de insultos y desprecio; y en cambio es posible que piensen que se quieren. Incluso es posible que se quieran. Y oigo a la vecina de enfrente subir, despacio, con el perro que unos inquilinos dejaron abandonado hace unos años. Oigo toser al vecino de al lado, y me pregunto si él me oirá llorar cuando veo en el telediario una noticia sobre un niño asesinado; o cuando me acuerdo del nombre de Juan; o cuando me duele el alfiler del esternón, al pensar en un suelo helado que siempre resbala.

Puedo reconstruir mi infancia con un bolígrafo sobre un mapa de España, nunca lo he hecho, pero sería interesante ver cómo todo queda reducido a una línea. Podría dibujarla en papel cebolla y decir: esta es la historia de mi vida. Los recuerdos más antiguos son una colección de imágenes sin apenas movimiento, en las que una mesa se ve en contrapicado. Mi padre era entonces alto como un castillo, y me llevaba de la mano por las calles de Barcelona. Íbamos a la playa en el tren de cercanías, y construíamos fortalezas en la arena, con muros, torres y empalizadas y luego, cuando un maremoto destruía nuestra obra, me llevaba nadando, agarrada a su cuello, hasta el centro del mar, donde las olas eran inmensas montañas. Pero lo más importante fue cuando me regalaron a Menta, un teckel de pelo largo color fuego, a la que bauticé con el nombre de mis chicles preferidos. Y cuando me dijeron que iba a tener un hermano. Recuerdo que para mí, entonces, no había mucha diferencia entre que me regalaran un perro y tener un hermano, las dos eran buenas noticias y las celebraba preparando bizcochos. Y recuerdo el olor de la tarde al caer, cerca del verano.

Luego, en Vigo, importó la lluvia, ir a pescar al muelle, las vistas al Atlántico desde la casa de Baiona. El sonido del faro los días de niebla, avisando a los barcos de las rocas del fondo; es un sonido que se echa de menos tan lejos de la costa.

Después, en Segovia, ya no importaba gran cosa. Las vistas como pintadas al óleo desde el Alcázar, con esa luz naranja al atardecer; Menta esperándome en el balcón, ladrando al verme volver; la nieve, la odiosa nieve y el suelo helado, ir al colegio con mi hermano apoyándonos en los coches para no resbalar; las novelas de Gerald Durrell y mi colección de insectos, clavados con un alfiler sobre su nombre. Entonces el momento más importantes era, siempre, el de abrir el buzón y encontrar cartas escritas por amigos cuyo rostro y acento se me desdibujaban.

Luego estuvo ese viaje, los castillos de Sintra; las casitas blancas rodeadas de naranjos del Algarve, con el mar azul turquesa al fondo; el faro, no recuerdo junto a qué ciudad. Estábamos en Lisboa, tendría unos once años, la tarde en que mi madre abrió el maletero y Menta seguía durmiendo. Oí una voz, muy lejos, a mi lado: está muerta. Y yo la seguía mirando, sin entender porqué no venía a lamerme la cara moviendo la cola. Entonces ya no importaron ni los castillos, ni los naranjos, ni el océano. Invadida por la sensación de que las montañas no eran lugares sólidos, de que la vida era una broma macabra, que me quitaba el suelo bajo los pies en cuanto me asentaba en un sitio. Y la sensación de que siempre, siempre, había rocas en el fondo. Un hombre alto como una montaña me llevaba de la mano por las calles, antes de que una ola, se le viniese encima, y él se derrumbase como nuestros castillos. Entonces naufragué, y ya sólo importó el alfiler clavado a mi esternón. El alfiler, que aún hoy, me clava al minúsculo espacio que habito y me rodea de palabras.

Ahora importa el túnel de Sábato y su oscuridad, y la imposibilidad de ver un perro muerto en el telediario sin llorar. Ahora importa que en lugar de un túnel paralelo nos separa un océano, y que todo empezó con la frase más tonta, en un momento que entonces no tuvo importancia ?y vos, ¿cómo te llamás??, preguntó Juan, y en ese acento ya estaba la posibilidad del Atlántico, la posibilidad de llorar todas las despedidas de mi vida en el aeropuerto. Ahora todo es un crucigrama de mails, cartas y llamadas, en el que se deduce todo lo que fue, y todo lo que no pudo ser. Y todo lo que ya no será. Ahora quedaremos reducidos a un nombre, que haga que la vida se nos caiga encima, al ser escuchado al azar en medio de una frase. Ahora que sube la marea, demoliendo nuestros castillos. Las minúsculas ilusiones de los hombres, con tanto esmero construidas al borde de la nada.

Ahora sólo importa divagar sobre hojas en blanco, trazando círculos concéntricos cada vez más estrechos, sobre una palabra que siempre se me escapa. Conversaciones triviales que siempre naufragan, en las que se perciben ríos subterráneos, y el sonido del faro, muy cerca, diciendo ?está muerta?. Y bucear, sin branquias, en el espacio líquido de mi maletero, sin poder huir del cordón umbilical que me rodea el cuello; rodeada de anzuelos que se clavan a mis ojos, y me enredan a la ausencia de un nombre.

Importó la cópula de la mantis religiosa, cuando nos observábamos como dos depredadores, agazapados en la penumbra de mi cama. Nunca supimos quién cazaba a quién. Y todo esto ya estaba en la primera mirada. Nuestras almas que gravitaban sin rozarse, girando en torno a una linterna. A ratos se abalanzaban como insectos sobre la luz que las cegaba, quemándose, siempre el otro aguardaba con los músculos en tensión. Y luego el océano, latente ya en la primera frase. No supimos escuchar las olas entonces, dimos tan poca importancia a las rocas del fondo. Ahora importa que todo este dolor viene de no haber encontrado una palabra.

Y hubo un tiempo en que la nieve lo cubría todo y nada importaba, porque todo estaba perdido. A veces es más fácil rendirse y esperar. Esperar que alguien abra la puerta de este maletero y diga ?está muerta?, sin haberme atrevido a construir un solo castillo que no se derrumbe.


Rebeca Álvarez realiza el II máster en escritura creativa en Hotel Kafka

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lunes, enero 28, 2008

los vecinos del cuarto, por Rebeca Álvarez


Todo empezó una mañana de finales de julio, hará poco más de un año. Tras saludar a la enlutada portera, subíamos las escaleras despacio; Sandra se agarraba a mi brazo con una mano y al pasamanos con la otra. Al pararnos a descansar en el penúltimo descansillo, percibimos los inconfundibles sonidos de una mudanza: movimiento de muebles y cacharros, voces y, muy tenue, la risa de un bebé. Ella apretó más fuerte mi brazo, y nuestras sonrientes miradas descendieron juntas a su barriga.

Nunca llegamos a coincidir con ellos, pero sus ruidos cotidianos nos acompañaban; sobre todo una musiquita de nanas que se escuchaba, muy lejana, en el descansillo. Sandra decía que olía a colonia de bebés, no sé, intuiciones de embarazadas. A veces los oíamos discutir, sin distinguir las palabras, debían ser cosas domésticas, sin importancia. Aún así nos gustaba sentir cerca su presencia, a fin de cuentas, también Sandra y yo discutíamos a veces, antes del embarazo.
Un sábado una riña realmente violenta nos acompañó durante el desayuno, y no sé si lo decidimos en ese momento o ya lo teníamos pensado, pero fuimos a pasar el fin de semana con mis suegros, a la casa de las afueras. A la vuelta, el domingo por la noche en plena tormenta de verano, junto al llanto del bebé, especialmente desesperado, y las nanas, se oían unos golpes rítmicos, violentos. Esa vez sí percibí yo mismo el olor del que hablaba Sandra, pero como mezclado con ese otro de cuando un bebé vomita la papilla en el babero. En nuestro piso los golpes sonaban muy fuertes. Pensamos que sería alguna ventana abierta, pero si estaban en casa ¿por qué no la cerraban? Bajé al rellano, ya en pijama, pero nadie respondió a mis insistentes timbrazos. Nada, ahora ni siquiera se oían el llanto ni la música sólo, a lo lejos, el batir de las ventanas. Habrá sido la tormenta, pensé entonces, siempre sugieren más allá de lo que podemos percibir.

__No te preocupes, no deben estar __le susurré muy bajito a Sandra.

__El niño se ha dormido __respondió en sueños.


El lunes tropecé con la nariz aguileña de la portera, que me contó, sin yo preguntar, que los del 4º se habían ido de vacaciones la mañana del sábado. Le hablé de los ruidos de la noche y, disimulando un cierto temblor, sobre el llanto que no estábamos seguros de haber escuchado.

__Habrá entrado un gato.__Fue su lacónica observación.

Al pasar frente a la silenciosa puerta de mis vecinos, agradecí la lógica irrebatible de las abuelas. Y, al bajar aquella tarde con Sandra, distinguí claramente un maullido.

__Llora demasiado.

__No, no te preocupes, están de vacaciones, debe ser un gato que se ha colado por la ventana abierta.

Entonces ella me miró a los ojos con esa mirada que sólo tienen las mujeres, o más bien las madres, con una mezcla de profundidad, temor y sabiduría que va más allá de los hechos.

__No, no es un gato.

__No me mires así que me acojonas. Creo que es mejor que dejemos de ver Cuarto Milenio__nos reímos con ganas hasta más allá del portal.


Al llegar por la noche se había ido la luz y subíamos las escaleras con un mechero, pasado el tercer piso empezaba un olor extraño, Sandra se apretó más fuerte contra mí frente a la puerta del 4º.

__La nana, ¿no la oyes?

__Es posible? será el viento?__Respondí mientras tiraba de ella para llegar a casa de una vez. Pero no había viento. Por un momento deseé que estuviese allí la portera, para darnos la explicación más simple del mundo y quitarnos ese terror infantil.

__A lo mejor han vuelto __se me ocurrió decir, y la presión de su brazo disminuyó.
Al día siguiente el hedor se percibía ya desde nuestra puerta, nauseabundo. Al pasar frente a la de los vecinos un alarido desesperado y rítmico, que no parecía ni animal ni humano, nos hizo bajar corriendo el resto de las escaleras. Y esa vez no estábamos ni a oscuras, ni en medio de una tormenta para justificar el pánico.

__No deberías correr así en tu estado. __fue el buenos días de la portera__ Por cierto, ayer miré desde el patio y la ventana del cuarto está cerrada.

__Pero entonces el gato? ahora? el gato?maullaba?

__Bueno, mujer, pues lo mismo la ventana se encajó de un golpe y se ha quedado encerrado.

__Huele muy mal__comenté, aliviado ante la explicación.

__Algo se debe estar pudriendo en la nevera, los plomos saltaron durante la tormenta. Si quieres me acompañas y miramos.

__No, no vayas __gritó Sandra, antes de salir a la calle sin esperarme. Y tenía razón.

¡Y cuánta razón tenía! Acompañé a la encorvada mujer sólo hasta la puerta. Había un silencio absoluto, y un tenue olor a putrefacción, compacto como la niebla, se filtraba por la ranura de la puerta.

__Estoy pensando que no está bien meterse en la casa de los demás, __ dijo mirándome con sus diminutos ojos__ mejor llamamos a Sanidad__. Una vez allí, sus pensamientos seguían siendo igual de razonables, pero ya no eran positivos.


Nuestro hijo nació prematuramente esa misma tarde, tras meses en la incubadora no puede dormir a oscuras, siempre le estaremos agradecidos por ello. Ha pasado un año y no hay una sola noche sin pesadillas. Ahora soy yo el que se agarra fuerte del brazo de Sandra por la calle. Nunca hablamos de aquello, por lo general no hablamos mucho. Durante el día me aferro a la explicación de nuestra antigua portera: aunque nadie lo vio, había indicios de arañazos en el móvil que colgaba de la cuna, un gato, o tal vez una rata, activó así el mecanismo de las nanas. Un accidente. No entiendo cómo una persona, capaz de oler la muerte, puede negar con esa facilidad lo sobrenatural. Porque por las noches, los miedos agudizados y la culpa, me llevan a pensar, que fue la necesidad del bebé de ser encontrado, la que encadenó los acontecimientos como un grito de auxilio.


Rebeca Álvarez realiza el máster de escritura creativa en Hotel Kafka

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lunes, enero 14, 2008

Inercia, por Alberto Grondona


Pasado el túnel comenzó la niebla. No era una niebla compacta. Aparecía y desaparecía constantemente, lo que hacía aún más difícil conducir de noche el viejo Ford Fiesta. La calefacción estaba estropeada. Hacía frío y el viento chocaba violentamente contra el Ford. Muy de vez en cuando, otro coche se cruzaba por el carril contrario, deslumbrándole con los faros y cegándole por un periodo de tiempo demasiado largo, demasiado incómodo. Carmelo permanecía atento a la autopista de cuatro carriles. Un camino recto y sin sorpresas cuya única guía, cuando la niebla hacía aún más difícil la visión, eran las líneas discontinuas que aparecían acompasadamente cada pocos centímetros sobre el asfalto. Una cadencia monótona e hipnótica que le adormecía y le obligaba a hacer un sobreesfuerzo para mantenerse despierto. Imaginaba furtivos y tórridos encuentros sexuales en una playa bajo un sol abrasador o en medio de un parque a plena luz del día y se dejaba llevar. Era un camino conocido, que podría hacer con los ojos cerrados y manejaba el coche igual que respiraba. Había dejado de ser algo voluntario.

La radio estaba apagada. Héctor seguía acurrucado en el asiento del copiloto y tenía una pesadilla. Estaba encerrado en un oscuro congelador industrial rodeado de cadáveres abiertos en canal y colgados de enormes garfios que le desgarraban la aorta, atravesándoles el cuello, y asomando la punta por la boca. La sangre formaba estalactitas de un rojo intenso. Gritaba, pero nadie le escuchaba, golpeaba la puerta metálica y sus manos se quedaban pegadas a ella. Al intentar liberarse, sentía con gran dolor, que su piel se separaba de su carne y quedaba adherida a aquella superficie helada. Se despertó sobresaltado en el coche, muerto de frío y con un desagradable dolor en el cuello.
- ¿Queda mucho para llegar?
- No lo creo.

Escueto, impreciso, irritablemente seguro, como siempre. Héctor se quitó el cinturón y se volvió hacia el asiento trasero buscando algo con lo que abrigarse. Estaba seguro de que había dejado su chaqueta de lana fuera de la maleta pero entre la oscuridad y la niebla era incapaz de encontrarla. Tanteando encontró el anorak de Carmelo.
- ¿Tienes frío? Es que no encuentro mi chaqueta y tu plumas?
- Póntelo. Protector, bueno, irritablemente generoso, como siempre. Héctor cogió el anorak y mientras se lo estaba poniendo vio cruzar a un animal, quizás un perro. Sin dudarlo, agarró el volante y lo giró provocando que el coche se saliera de la carretera. Carmelo pisó con todas sus fuerzas el freno y el coche dio varios trompos. Héctor se golpeó contra el parabrisas abriéndose una pequeña brecha en la frente. - ¿Estás bien? - Sí no es nada. - ¿Qué coño has hecho? - ¿No le has visto? - ¿Ver el qué? - Era un perro, se cruzó en la carretera, casi le atropellamos. Estaba? - ¿Casi nos matas por no atropellar a un puto perro? - Lo siento, yo? - Eres gilipollas. Agresivo, ofensivo, irritablemente viril, como siempre. Cuando se recuperó del impacto, Carmelo continuó conduciendo sin decir nada. Encendió la radio pero no conseguía sintonizar ninguna emisora. Héctor, intentando entrar en calor y limpiándose la sangre con un kleenex, no sabía cómo romper aquel silencio que dejaba de hacer a su amor escueto, generoso, ofensivo, impreciso o protector. - Mierda, se me ha olvidado sacar la carne del congelador. - Pediremos una pizza. Como siempre.

Y ninguno dijo nada más. Carmelo continuó conduciendo y Héctor apoyó la cabeza contra el frío cristal del coche, mirando aquella oscuridad que les rodeaba, e intentó volver a dormirse para huir de allí. Quería soñar algo agradable pero las palabras de su pareja retumbaban en su cabeza y le mantenían despierto. ¿Cuánto iba a durar aquello?
Carmelo frenó en seco frente a la entrada del túnel.
- ¿Qué pasa? ¿Por qué has parado?
- No es posible. - ¿El qué? ¿Te has quedado sin gasolina? - El túnel. Ya lo hemos pasado. - ¿Estás seguro?

Carmelo se quitó el cinturón y se bajó del coche, intentando encontrar una explicación a lo que estaba pasando. Él juraría que ya habían pasado por allí, pero era imposible. Estaba seguro de no haber cogido ningún desvío ni ningún cambio de sentido. Él había continuado recto por la carretera, siempre hacia adelante. A lo mejor la mente le estaba jugando una mala pasada. Había hecho tantas veces ese camino que era posible que recordara lo de ayer como si hubiera pasado hace sólo unas horas. ¿Eso podía ser? Héctor se bajó del coche arropándose con el anorak.

- Me estás asustando.
- Sube al coche. - ¿Qué vas a hacer? - Me habré despistado. Sube al coche. - ¿Y si damos la vuelta y volvemos a atrás? - Eso no tiene sentido. - Al menos esperemos a que se vaya la niebla. - ¡Que subas al coche, joder!

Carmelo dio un portazo y Héctor miró atemorizado hacia aquel túnel levemente iluminado antes de subir. De repente aquel frío se le había vuelto insoportable.
Carmelo conducía, tenso, preocupado e intentando justificar con la lógica aquello que para él no tenía explicación. Por más que avanzaban tenía la sensación de que nunca llegaban al final, a la salida. Héctor le miraba atemorizado, descubriendo un Carmelo nuevo que hasta entonces había permanecido oculto y se sintió débil y desprotegido. Carmelo temblaba y Héctor se quitó el anorak y se lo puso sobre los hombros. El coche siguió avanzando sin que ningún otro se le cruzara por el carril contrario. La niebla era cada vez más espesa, las líneas del suelo se iban desdibujando y las luces del túnel eran más tenues. Carmelo agarró la palanca de cambios. Héctor, asustado, puso su mano sobre la de él. Se miraron a los ojos por primera vez después de mucho tiempo. Carmelo puso la cuarta y aceleró. Irremediablemente hacia delante, como siempre.



Alberto Grondona (1973) realiza el máster de escritura creativa en Hotel Kafka

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martes, diciembre 18, 2007

Ruidos, por Susana García Gómez



Un ruido amortiguado de agua y pasos interrumpió su sueño en el momento en que Joan iba a su lado y le daba la mano, una mano enorme. Se despertó desorientada, en una cama deshecha y caliente, pero en seguida se dio cuenta de que estaba en una de las habitaciones del Ritz donde se había colado un día antes mientras hablaba por el móvil. Iba muy segura, o al menos intentó que así pareciera desde fuera. Por dentro, le temblaban hasta los dientes, como le sucedía siempre.

Aunque hacía más de dos años que veía a Joan, cada vez que él tenía que viajar a Madrid y eso sucedía al menos una vez al mes, Alicia no se había acostumbrado a entrar furtivamente en aquellos lugares de mármol y caoba, donde su vestido de Zara y su maquillaje excesivo le apuntaban con el dedo: una niña bonita que juega con papá.

Esta vez la casita estaba en la habitación 305.

Alicia se deslizó entre las sábanas de seda y corrió a encontrase con Joan, pero casi en la puerta del cuarto de baño se dio cuenta de que estaba desnuda. En el suelo encontró la camiseta interior de Joan pero, antes de ponérsela, la apretó contra su cara y devoró su olor: la colonia de 200 euros, su sudor de alto voltaje, el cuerpo de un hombre exitoso, un cincuentón en la cima de la montaña rusa. Frente al espejo, Joan apuraba con la maquinilla un rostro de muchos kilates.

Cuando la vio entrar con su camiseta negra, que apenas le tapaba el sexo y el comienzo de los muslos, se detuvo. Alicia se agachó frente a él y comenzó a besarle, empezando por los pies, fríos y húmedos, los gemelos, las rodillas?Pero cuando Alicia quiso continuar, Joan le paró la boca con la mano y, desde arriba, le reprendió con una mirada tierna en la que ella pudo leer claramente: Game Over.

Quedaba un mes o más, eso nunca se sabía hasta dos o tres días antes de la cita, para que volvieran a encontrarse, así que Alicia se hizo a un lado, se sentó en el borde de la bañera y sorbió todos los movimientos de Joan para sentirle cerca, muy cerca. Al final, Joan se ajustó el nudo de la corbata con unos ligeros cabeceos que ella ya conocía. Era hora de irse. A las 8 de la mañana, tenía un desayuno de trabajo con varios ministros y empresarios del sector de la construcción en uno de los salones de Ritz, por eso habían pasado la noche en aquel hotel. Alicia se vistió con la ropa de la noche anterior, una falda ajustada, liguero, medias y blusa negra, sin tiempo para ducharse, y Joan se abrochó la chaqueta del traje, tirándole con la mano derecha un último beso: una vez que se había vestido del todo, Joan no permitía que Alicia se acercara. Ella le miró fijamente, le pidió un minuto más, sólo un minuto, pero él ya había abierto la puerta de la habitación. Era lo convenido, él salía antes y ella después, muy rápido, y dejaba que la puerta se cerrara sola. En el rellano, Alicia y Joan ya no se conocían de nada. Por eso, cuando llegó otro huésped del hotel, ambos dieron los buenos días y en el ascensor él pregunto: ustedes ¿a qué piso van?

Al segundo, sis plau, dijo Joan apenas con un hilo de voz. Eran las 9 de la noche y aún estaba en el Prat. Todavía le quedaba una hora de camino hasta Tarragona, y era viernes, el cansancio le pesaba en los ojos y en los brazos. Había dormido mal, con Alicia al lado no conciliaba bien el sueño. Un cuerpo lejano, quizá demasiado joven para descansar junto a él. Aún no había podido estirar las piernas, ni siquiera en el avión, pero sabía que podría echar una cabezada en el coche, con Ferrán al volante. Efectivamente, su chófer ya estaba en el vestíbulo de las salidas del Puente Aéreo, con el traje azul de siempre, el gesto agradable de siempre, y su voz, esa que le acompañaba en más horas de vida que ninguna otra.


Barcelona se sumía en una noche profunda que los faros del Audi dejaron atrás en poco tiempo. Joan se quitó la chaqueta, silenció el móvil y apartó el maletín en el asiento vacío a su lado. Se estiró hacia delante en el asiento con un movimiento torpe, oxidado, y un latigazo le dejó los riñones doloridos durante un buen rato. Ferrán y él intercambiaron varias frases comunes sobre la necesidad de hacer ejercicio y del imparable paso de los años y Joan no supo qué le había dolido más, si su espalda o la insolencia del que aún no siente en la nuca la mirada del tiempo. Joan pensó que su chófer no cumpliría ni la treintena, como Alicia. Hizo un esfuerzo por dejar correr ese pensamiento fuera de su cabeza a medida que el Audi aceleraba y el silencio y la oscuridad volvían a rodearle. Al día siguiente tenía que estar de nuevo en Barcelona muy pronto, a las 7 en el Palau de la Generalitat, así que el despertador volvería a sonar a las 5 de la mañana, como de costumbre. Respiró profundamente y con el aire se colaron dos imágenes precisas: la sonrisa de Ferrán por el espejo retrovisor y los muslos suaves de Alicia enredados en los suyos. Pero también fue un recuerdo fugaz, pronto cayó en un sueño ligero.

Joan se despertó cuando llegaron al último tramo de la urbanización, casi en la puerta de su chalet. La mano derecha se le había quedado completamente entumecida, seguramente había dormido encima de ella. Intentó arreglarse el pelo con la izquierda, pero no hizo más que empeorar las cosas. Todo el traje estaba revuelto, arrugado, y cuando salió del coche y despidió a Ferrán con una leve inclinación de cabeza, no le quedaban fuerzas para mejorar de aspecto ante su señora esposa.
En cuanto Joan metió las llaves en la cerradura, se oyó un gritó que provenía de arriba. Era su mujer, que le recordaba que no podía poner ni un solo pie en casa sin usar las bayetas bajo los zapatos, la tarima flotante era nueva y cara, no estaba hecha para un animal como él que ni siquiera reparaba en algo tan importante. La orden fue clara y precisa: Joan agachó la cabeza, después el cuerpo, y colocó los dos trapos del polvo bajo la suela de sus Lotusse.
Desde la barandilla del primer piso, Teresa fiscalizó el paso de Joan hacia el salón: el cuerpo se bamboleaba de un lado al otro impulsado por las bayetas, que se iban escurriendo a cada paso, el maletín, colgando de la mano derecha, daba casi en el suelo, y en la cabeza, una calva blanquecina devolvía el reflejo de la lámpara. Cuando estuvo segura de que su marido ya tenía ambos pies en la alfombra, volvió al baño para dar el retoque final. Dramatic Rouge, ese era el nombre de su nuevo lápiz de labios. Después, bajó las escaleras despacio para no tropezar con los tacones de aguja que también estrenaba aquel día y, al llegar, su presencia dejó una estela de perfume que llegó hasta Joan, entretenido en descalzarse y soltar el trabajo encima de la mesa.

Con la corbata deshecha y deslizándose en calcetines, fue hasta su mujer que, visiblemente, no iba a cenar con él aquella noche. Cuando acercó sus labios a los de Teresa, ella giró la cabeza para olfatearle el cuello. Nada, podía calentarse un pescado al horno que había hecho la cocinera esa mañana. Joan, con el gesto aún prendido en el aire, sintió un ligero pinchazo bajo la tripa: se había excitado. Y así, con el pantalón crecido y la camisa por fuera, se quedó parado junto a la puerta unos minutos, aunque ya nadie estaba allí.


Susana es alumna del máster en escritura creativa en Hotel Kafka

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lunes, diciembre 10, 2007

La imagen, por Enrique Sainz



Ha muerto. -Su mujer ha muerto- dice el médico, yo miro el movimiento de sus manos, me cuenta: Ya no se pudo hacer nada. No entendemos cómo fue tan rápido. No es corriente en mujeres jóvenes. Si lo hubiéramos? Sus manos describen círculos en el aire, como rodeando algo que está frente a él. -El corazón?- está diciendo, se detiene, ha dejado la mano derecha parada a la altura del pecho y la otra cerca de la cadera, me mira y baja las manos a los bolsillos de la bata, está esperando que conteste, no lo hago; sigo mirando las manos escondidas en los bolsillos. Me coge del brazo y me sienta en la butaca de la habitación. Eli está aún ahí, en la cama. El doctor me pregunta si quiero algo, no contesto. Hay objetos tirados en la mesa, jeringas, medicinas? ya inútiles. El médico llama a una enfermera y da ordenes mientras me mira, la enfermera se va, él dice: Ánimo, hay que sobreponerse. Estas cosas pasan. Si necesita algo? Adiós. Pero no se va, me sigue mirando, sé que tendría que contestarle algo, pero no lo hago, vuelvo a mirarle las manos, él lo nota, las vuelve a meter en los bolsillos. Llega la enfermera y me da una píldora y un vaso de agua. Yo me tomo la medicina. Ambos se miran, él ha levantado las cejas mientras dobla la cabeza y ella ha asentido con un movimiento de cabeza mínimo. El doctor elude mi mirada, apaga las luces de la cama. Por la ventana entra el sol, corre los visillos pero aún así la luz nos deslumbra, baja la persiana pero después vuelve a levantarla. Cuando termina se queda de pie al otro lado de la cama. Sigue evitando mirar hacia donde estoy. Cierro los ojos, sigo notando la claridad que atraviesa mis párpados.

Llaman a la puerta, él se asoma y habla con alguien, vuelve a entrar, me presenta a una señora vestida con traje de chaqueta y falda, no la miro, él se va, ella me ayuda a levantarme y sin decirme nada me lleva del brazo a los sillones de la sala de espera, entran dos hombres con una camilla y al rato salen, se llevan a Eli, ahora con la cara tapada. ¿Sr. Gómez? Pregunta cuando está junto a mi, tiene una carpeta en la mano izquierda y un bolígrafo en la derecha, consulta unos datos. -Sentimos mucho lo de su esposa- Lo dice hablando muy deprisa, la carpeta se interpone entre nosotros, no me levanto, me pregunta cosas: -¿Tenían algo preparado? ¿Quiere que nos encarguemos nosotros?- No puedo contestar. Vuelve a mirar la carpeta, pasa las hojas. -¿Va a venir algún pariente? ¿Quiere que avisemos a alguien? Está la posibilidad de la incineración ¿Tienen algún sitio?- Como no contesto va hacia la puerta. Viene otro hombre, me da una bolsa negra llena de ropas, como no la cojo la deja frente a mí, deja el bolso de Eli sobre mis rodillas, se va, se para, regresa y levanta mi mano para ponerla sobre el bolso.

Aparece un hombre con flores en la mano y llama a la puerta de la habitación donde estaba Eli. Cuando le ve, la señora se acerca a él y hablan, no oigo lo que dicen, al rato él me mira, es un compañero de trabajo de Eli, le he visto al ir a recogerla. Ha venido solo, antes de terminar el trabajo. Siguen hablando, él mira el suelo mientras la señora le dice cosas, se descubre las rosas en la mano y las deja en una butaca, son rosas rojas, son flores caras. Me mira, me miran los dos, él se gira y me da la espalda, saben que les miro. Empieza a hablar más alto, levanta las manos al hablar, puedo oír trozos: Pero yo no? Sólo soy? Yo no le conozco de nada. No sé qué? se da cuenta de que está levantando la voz y calla. La señora le ha dado un papel que él no quería aceptar. Viene hacia donde estoy, pregunta: ¿Mario? No sé cómo sabe mi nombre, quizás está en ese papel que ahora finge leer, está congestionado, su cara está roja, su respiración es entrecortada, -Lo siento mucho. Elisa era una chica excelente. En la oficina muy apreciada. Ha sido tan repentino. ¿Quién iba a pensar, un mareo??- Deja de hablar y se sienta a mi lado, yo no le contesto nada, de repente tengo necesidad de mirarle, él asiente con los labios apretados, yo no digo nada, él me dice: -Hay que resolver unos asuntos.- Espera un rato y sigue: ¿Va a venir algún pariente? ¿Quieres que avisemos a alguien? No le contesto. Coge su móvil y llama: Marisa, es por lo de Eli, ha muerto? Ahora no puedo, estoy con su marido? está un rato escuchando y continúa: Pero tú eras su mejor amiga? Alguien habrá, sí, un hermano, ya sé que eran de Santander, pero igual también está en Madrid. Vale, espero, vuelve a llamarme.

El teléfono de Eli, suena dentro del bolso, ambos miramos el bolso, suena muchas veces, yo dejo que suene, él pone la mano sobre el cierre y me mira levantando las cejas, como yo no digo nada, abre el bolso y saca el teléfono mira quién llama, aprieta una tecla, el teléfono deja de sonar, me mira, me devuelve el teléfono y desvía los ojos al suelo.

Me pregunta: Elisa tenía un hermano ¿Cómo se llamaba? -Lo dice muy lentamente, mirándose los pies.- Mario - Contesto. Noto mi voz pastosa. Miro al dispensador de agua de la sala y el compañero de Eli se levanta y me trae un vaso lleno, me lo da y lo bebo, me señala el teléfono de Eli y pregunta: ¿Puedo? Se lo doy, busca un número y lo copia en el suyo, entonces yo extiendo la mano, él me da el teléfono, vuelvo a señalarle el otro teléfono, el suyo y también me lo da, comparo ambas pantallas, ambas con la misma foto de una casa rodeada de un prado, él coge su teléfono de mi mano, yo le doy también el de Eli. Miro las rosas abandonadas, él las mira también.
Él telefonea: ¿Mario? ¿Eres el hermano de Elisa? Verás tú no me conoces soy?


Ya no quiero escuchar. Cierro los ojos, así todo está bien.



Enrique Sainz es alumno del máster en escritura creativa en Hotel Kafka

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martes, diciembre 04, 2007

Un hilo, por Erika Fernández Macias



Mi esposa me ha pedido el divorcio hoy. Me ha dicho: ?Sé que me quieres, Eduard. Has sido un buen amigo, pero yo necesitaba un marido. No comprendo por qué decidiste casarte conmigo?.

No he sabido qué contestarle.
Conocí a Amanda en el colegio. Yo me sentaba en el banco más aislado cuando llegaba la hora del recreo, y desde allí veía jugar a los demás niños. Normalmente los otros niños me rechazaban y por eso yo no me atrevía a pedirles que me dejasen jugar con ellos. Amanda se sentó un día en aquel banco conmigo y empezó a hablarme. Me sentí bien. Al día siguiente volvió, y también al otro y al otro, y así hizo todos los días hasta que terminó el colegio. Amanda se convirtió en una buena amiga.

Después del colegio empecé a trabajar. Esa etapa fue más difícil, ya no tenía la distracción del colegio, el trabajo me producía la misma ansiedad que estar en casa. Seguí viendo a Amanda, quien todos los días encontraba un rato para hacerme una visita al salir del trabajo y me acompañaba un trozo del camino a casa. Ese era el momento más agradable del día, Amanda me hacía sentir bien.

En casa la cazuela cocinaba los mejores guisos que podían existir en cualquier parte del mundo. Recuerdo ese agradable olor desde siempre. Ya estaba muy gastada por los años, y a causa de los golpes que había sufrido desde que había llegado a aquella casa, estaba perdiendo el tono brillante de los primeros días y cada vez se volvía más gris y apagada. Los gemidos y alaridos de Tobby anunciaban la llegada de mi padre. A él yo le llamaba Angus. Tenía esa costumbre al llegar a casa, como quien se quita el sombrero y da las buenas tardes; pues mi padre apretaba más fuerte la cuerda al perro y le daba alguna patada para demostrarle quién mandaba en aquella casa. En su presencia, cada uno debía ocupar su puesto, y el de Tobby era permanecer eternamente atado. Lo mismo hacía con mi madre cuando no la encontraba en la cocina atendiendo a sus obligaciones. A mí no me prestaba atención, aunque no siempre fue así. Cuando era un crío y estudiaba en el colegio siempre encontraba alguna excusa para ponerme en mi lugar, también yo recibía. Pero luego eso cambió, me puse a trabajar y entonces me dejó en paz. Yo lamentaba esa situación, porque parecía que los golpes que no recibía yo los repartía entre mi madre y Tobby.

Amanda me preguntó una tarde de camino a casa si éramos novios. Recuerdo lo agradable que me resultaba su olor, y lo bien que me hacía sentir pasar el tiempo con ella. Le dije que sí. Esa tarde, antes de irse, me besó. Y todas las tardes, a partir de entonces, nos besábamos al encontrarnos y al despedirnos. Me encontraba tan a gusto cuando me besaba que lamenté no haber sido su novio antes.

En casa ni mi madre ni yo nos atrevíamos a aflojar la cuerda de Tobby hasta que Angus se acostara y se quedase completamente dormido. Cuando llegaba ese momento yo soltaba a Tobby. Él había cogido la costumbre de tumbarse en el pajar cuando se encontraba libre, y a mí me gustaba tumbarme a su lado mientras hundía los dedos en el pelo de su cuello. Era el momento más agradable en casa, y se había convertido en un ritual para mí. Mientras tanto mi madre fregaba los platos de la cena y cuando terminaba venía a buscarme al pajar para mandarme a la cama.

Los años pasaban y la situación en casa, el trabajo y mi relación con Amanda permanecían siempre igual. Era un continuo suceso de rituales, cada uno tenía el suyo, y de este modo la situación se mantenía estable: el paseo y los besos de Amanda, la llegada a casa de Angus para poner a cada uno en su lugar y dar a cada uno lo suyo, la cazuela guisando, y la libertad del pajar. Pero los años pasaban más rápido para Tobby, quien cada vez, para desgracia de mi madre, se encontraba más débil a causa de la edad. Y este hecho empezó a provocar cambios. Poco a poco Angus empezó a descargar sus golpes en una única dirección, mi madre. Y no es que sintiera lástima por el pobre perro viejo, simplemente no quería que faltase del lugar que le correspondía estar.

Noté que Amanda también cambiaba. Estaba triste y se mostraba fría. Dejé pasar un tiempo sin decirle nada con la esperanza de que todo volviese a la normalidad, pero cada vez parecía más molesta conmigo. Un día le pregunté y me habló de dar un paso más en nuestras vidas, y me confesó que estaba dolida porque yo nunca hablaba al respecto. Estaba hablando de casarnos, y eso era algo que a mí no se me había pasado por la cabeza en ningún momento. Pero la idea de estar siempre junto a Amanda me hacía sentir bien, y le prometí que nos casaríamos. Ella cortó un trozo de hilo de su abrigo y me lo ató al dedo anular, luego hizo lo mismo en el suyo. Decía que eso me recordaría nuestro compromiso. Me alegré al verla nuevamente feliz.

Al llegar a casa aflojé un poco la correa de Tobby. Dentro, el rostro amoratado de mi madre deshizo el lazo entre Amanda y yo. La bese con ternura mientras aspiraba el sabroso olor que desprendía la cazuela. Mi padre entró en casa, miré a mi madre, y me alegré de estar allí en ese momento, pues en mi presencia solía golpearla menos. Guardé el hilo en el bolsillo, ?tal vez algún día?, pensé.

Amanda había observado mi dedo desnudo y de nuevo volvió a mostrar aquel semblante de decepción. Yo sabía el motivo y por eso callé. Con el tiempo Amanda dejó de besarme antes de irse, tampoco me besaba ya cuando venía a buscarme. Yo sentía como poco a poco se alejaba de mí, hasta que un día ya no la encontré al salir del trabajo. Pasaron días, meses, y Amanda ya no me esperaba.

Al cruzar la verja del patio supe que algo había ocurrido. La cuerda permanecía en el sitio de siempre, pero Tobby no estaba. Le busqué antes de entrar en casa y le encontré tirado en el pajar. Al tocarle sentí su respiración débil, y al momento dejó de respirar, parecía que me había estado esperando para morir. Aquello sin duda lo había provocado mi padre, eso me hizo pensar en mi madre. ¿Se abría atrevido ella a soltar a Tobby? No podía ser, aquello le podría haber costado la vida. Entonces imaginé a mi madre en el suelo sufriendo la furia de mi padre en su cuerpo. Cogí a Tobby en brazos y corrí hacia la casa. Dentro ella tampoco estaba. Encontré a mi padre tirado en el sofá con una expresión que nunca antes le había visto, parecía triste. Miré alrededor y no encontré signos de lucha, la escena que yo había imaginado no había tenido lugar. Entré en la cocina, la cazuela reposaba en un rincón, pero no guisaba, estaba especialmente limpia, como si mi madre se hubiese empeñado en devolverle el brillo de cuando era nueva; aquello debió costarle mucho esfuerzo.
Volví al salón y pregunté a mi padre dónde estaba mi madre, él hizo un gesto con la mano, sin levantar la cabeza, supe que mi madre se había marchado. Me quede allí de pie con Tobby muerto en mis brazos, con la ausencia definitiva de mi madre, y una sensación extraña. Dejé de sentir rabia, de repente me encontré perdido y sin saber qué hacer. Busqué en mi bolsillo hasta encontrar el hilo de la chaqueta de Amanda. Salí de allí despacio y nunca más regresé. De nuevo Amanda me besaba.


Erika Fernández Macias es alumna del máster en escritura creativa en Hotel Kafka

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viernes, noviembre 16, 2007

Nunca se sabe, por Mar Echenique




El vagón está medio vacío y en silencio. El chico de la camiseta negra lee uno de esos periódicos que se entregan gratuitamente a la entrada del metro y mastica sin parar un trozo de chicle con el que, de vez en cuando, infla un pequeño globo de fresa. La joven que se sienta a su lado lleva los auriculares puestos y echa ojeadas por encima del periódico de su vecino de asiento. Nadie habla. Unos dormitan, otros tienen la mirada perdida y la señora del fondo está totalmente enfrascada en su novela.


El tren se detiene en la estación de Cuatro Caminos y dos chicas entran conversando en el vagón y pasan a ocupar los asientos situados frente al de la camiseta negra y la joven de los auriculares.

- Te lo dije, ya sabía yo que hoy no iba a querer quedarse, ese tío tiene un morro que se lo pisa.
- Habrá quedado con su novia, con la oficial.
- ¿La conoces?
- No, pero me ha dicho Elena que ella sí. Se llama Emma y es de su barrio, estudia Biológicas en la Complutense y llevan desde los quince saliendo juntos.
- ¿Y qué vas a hacer?
- Pues nada, yo de momento como si no me importara. A mí Miguel me gusta un montón y no voy a montarle un pollo. Estoy deseando que llegue el fin de semana, nos vamos a ir los dos solos a la casa que tienen sus padres en la sierra.
- Tía, que guay, ¿y qué le contará a su novia?
- Me ha dicho Elena que lo ha preparado todo con su hermano para contarle que se va con él a una concentración de motos.
- Qué fuerte, así que todo el mundo lo sabe.
- Pues sí, todos menos ella.

- Debe de ser un poco tonta, porque esas cosas se notan.
- Será la típica, ya sabes, una ingenua.
- De todas maneras Miguel se tira mucho el rollo, porque tampoco es normal que vaya largando por ahí cómo le pone los cuernos a su novia.
- Sí, desde luego la discreción no es lo suyo... ¿has visto la chupa roja que llevaba hoy? Me encanta...


El chico de la camiseta negra ha doblado su periódico y parece prestar atención a la conversación de las chicas de enfrente. La joven de los auriculares sigue con los pies el ritmo de la música. Justo antes de que el tren se detenga en la estación de Moncloa, se levanta para salir. Lleva una carpeta de estudiante en la mano.

Un chico aparca la moto justo al lado de la boca del metro, se quita el casco y, mirándose en uno de los espejos retrovisores, se remueve el pelo. Saca un paquete de tabaco del bolsillo de su cazadora roja. Enciende un cigarrillo, camina a un lado y a otro de la salida, se apoya en la barandilla, vuelve a caminar, mira el reloj y luego se dirige hacia las escaleras interiores, baja un par de peldaños e inmediatamente vuelve a subirlos, se mira otra vez en los espejos de la moto. Apaga el cigarrillo, lo pisa. Retrocede unos pasos y se sitúa en uno de los laterales de la barandilla. Desde ahí, medio escondido, mira alternativamente al reloj y a las escaleras del metro.


Empieza a salir gente, entre ellos sube la joven de los auriculares con su carpeta en la mano. Cuando sale a la calle, se topa con el joven de la moto. Rápidamente se quita uno de los auriculares.

- Miguel, ¿qué haces aquí?
- Pues...ya ves...
- Ya veo ¿qué?
- Emma... necesitaba verte.
- Miguel, déjame en paz, hace un mes que te lo dije, no quiero seguir contigo, estoy enamorada de otra persona, no sigas fingiendo que tú y yo estamos juntos, asúmelo tío, cuéntaselo a tu gente de una vez. Olvídate de mí y vive tu vida.

Vuelve a ponerse el auricular y camina decidida por la calle sin mirar una sola vez atrás.



Mar Echenique ha realizado el curso True crime en Hotel Kafka

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martes, julio 31, 2007

Marilyn, pechos de oro; por Lola Vega



Nada podía menoscabar el brillo de ésa extraña sonrisa. Marilyn estaba en la pista del circo. Noche tras noche se sentaba allí en medio, esperando el roce del hocico del caballo blanco cuya crin rodaba por el suelo. Dentro del radio de luz de los reflectores se abría el mundo en el que renacía cada atardecer suyo. Sus grandes pechos hacían brotar la carcajada más risueña del público del Price. Marilyn vivía para ellos, se los tatuaba, se los pintaba.Toda su vida pendiente .MARILIN PECHOS DE ORO .En la pista del circo esa sonrisa adquiría una cualidad propia, desprendida, magnifica que expresaba lo inefable...Bañadas en círculos concéntricos de sombra, se alzaban hileras y mas hileras de rostros, interrumpidos aquí y allá por algunos huecos que la luz lamía con avidez de lengua deforme.
Cada atardecer los pechos de Marilyn era observados , lamidos, tocados y absorbidos allí, en medio de la pista. ?Dos enormes círculos en un soporte, dos ojos inmensos, dos mariposas concéntricas, dos agujeros en la noche, un culo extraordinario?.

Cuanta más fortuna lograba con su número, Marilyn derivaba más anónima e inadvertida.

Una noche cuando, como todas las noches, sus pechos se inundaban una vez mas con la leche caliente de los reflectores ,alguien vio como dos inmensos volúmenes de su cuerpo se retorcían ante el bramido de los espectadores .Pálidos reflejos se agitaron un segundo alrededor de brillantes formas ,vastas esponjas de milenario crecimiento y altura se inflamaban por todo su cuerpo , y en lo mas profundo de aquella luz enfermiza , pulpos innumerables y enormes destrozaban los tatuajes de los pechos de Marilyn. Mientras tanto, las estrías atravesaban las pistas de aquel circo vertiendo la secreta leche contra los espectadores. Aquella verdosa inmovilidad avanzaba y retrocedía y toda la carpa se convertía en una monstruosa estría.

Durante un tiempo, aquel horror parecía interminable. De repente , y sin que mediara palabra alguna , excepto bramidos y asombro , Marilyn , allí en medio ,con el rostro lleno de tajos y magulladuras , cogió un pequeño cuchillo , y poco a poco ,con una parsimonia periódica, cortó ambos pezones que saltaron con fuerza mientras se abría la doble fuente de sangre?El publico estaba hechizado . Una vez cortadas las cabecillas, envolvió el pecho con cuidado con un cordón de metal, mientras un niño del circo tiraba una blanda pelota contra el techo de la carpa. El vómito de los cuerpos perseguía su marcha inexorable hacia los muñones vendados con el metal?.

De cualquier manera, es sabido que nadie es capaz de describir o adjetivar lo nuevo, lo sorprendente, porque nadie sabe de singularidades. Por eso, cuando me encontré de nuevo a Marilyn en un circo cutre de Berlín, allí en su nueva pista, sentí esa terrible sensación de un cadáver que nos mira...Era una mujer con dos horribles muñones móviles en su pecho desde los que tiraba pelotas blandas al techo.Pero nada hubiera podido menoscabar nunca, el brillo de su sonrisa, esa extraña sonrisa.


Lola Vega ha cursado el taller de True Crime en Hotel Kafka

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miércoles, julio 25, 2007

Hasta que la muerte nos separe, por Clara García Baños



La relación entre mi despertador y yo ha entrado en una profunda crisis. Llevamos muchos años conviviendo, es cierto; pero comienzo a sospechar que es un cretino y que me odia. A veces, se me antoja una de esas personas que te encuentras en la vida y que, por decencia, no la presentas jamás a nadie. Decididamente, no lo soporto.
Anoche, como viene siendo habitual desde hace semanas, hemos tenido una escena: llego a casa tarde, cansada, rendida. Me desvisto. Tiro la ropa por cualquier sitio. La camisa, colgando de la lámpara y uno de los zapatos en el hueco del radiador. El cuarto, un campo de batalla entre mi tiempo (mi despertador) y yo. No encuentro motivos, ni ganas, de recogerlo. Mañana buscaré mis ropas, donde hayan querido caer; sin pedir ni darles más explicaciones, y ni siquiera protestarán.
No como mi despertador.


Cuando me he acostado y con un supremo esfuerzo he alejado de mi mente todos los fantasmas de lo sucedido, cuando se han marchado los espíritus de la realidad y me he quedado un poquitín dormida él, (¡siempre él!) me ha despertado con su monótono tictac, lo único que suena en la habitación desde que se estropeó la radio y me quité de roncar. Cuando traspaso el umbral mágico del sueño, él lo sabe y aumenta sus monótonos latidos, su mecánica respiración. Intento no escucharlo, pasar por alto sus defectos; es sólo un objeto con ganas de hacerse sentir, pero mi paciencia tiene un límite que es peligroso atravesar, sobre todo, siendo de madrugada, Me obliga encender la luz. Lo observo fijamente, cargada la mirada de justos reproches y él... se ha callado. Disimula. Quizá le he impresionado de verdad, no lo sé. El caso es que se ha callado. Apago la luz y estoy de nuevo en los umbrales del sueño cuando, para mi desgracia, empieza con la misma canción y, sobresaltada, me despierto de nuevo. Intento repetir la misma escena, pero un bostezo irreprimible troca mi pretendida expresión feroz en una pobre faz rendida por el sueño y, en lugar de darle miedo, esta vez he debido de darle lástima. De todas formas, ya se le ha pasado y vuelve a su tictac normal, aunque no por mucho tiempo. El justo para que me quede satisfecha, vuelva a mi horizontal preferida y cierre los ojos.

La habitación se evapora, se transforma en un pasillo largo, laaargo, l a a a a a r r r g o o, lleno de puertas que se cierran mientras yo duermo y las cruzo. Poco a poco se va alargando como si fuera un gusano en anormal crecimiento y las puertas, detrás de mí, se van cerrando con un golpe sordo y resuenan también mis pisadas en el mármol del pasillo: plom, plas-plas; plom, plas-plas; plom, plas-plas; ¡PLOM! ¡Plas-Tac! ¡PLOM! ¡TICTAC TICTAC TICTAC...! ¡No! ¡Otra vez, no!, bramo. Pero bramar no me sirve de nada. Es él de nuevo. Enciendo la luz, esta vez furiosa de verdad y lo miro con la sana intención de desintegrarlo: ¡Has sido tú!, le increpo. Pero increparle tampoco es la solución. Le doy un par de golpes: quizá así se arregle. ¡Cielos! ¿Por qué este reloj se siente obligado a descomponerse precisamente a las tres menos cuarto de las mañanas en que he de madrugar? Los golpes han surtido efecto: el despertador parece que marcha mejor y se ha saltado un poco de pintura de la mesilla. Quizá sea esa su intención: que el primer domingo libre lo ocupe en arreglar la mesilla y no en descansar. No sé si los despertadores pueden almacenar tanta mala sombra entre sus engranajes. Prefiero concederle el beneficio de la duda y echarme a dormir.


Apago la realidad con los ojos, suplicándole que me lo permita, mientras voy abriendo y cerrando puertas, buscando el lugar donde estaba yo antes. Tras una de las puerta veo a Dalí pintando muchos relojes blandos. Me empuja al interior del cuadro y me adentro en un mundo extraño: todo es fofo, elástico, de un pegajoso demencial. Huyo de las cosas que me rodean y entonces todo se da cuenta de mi presencia: me persiguen los árboles, los ceniceros, los relojes... Intento huir de allí, desesperadamente. Llamo a Dalí y corro hacia afuera del cuadro, pero ahora hay un cristal que me impide salir. Y a través de él veo al pintor cerrando un trato con otra persona que está vuelta de espaldas, con un feo abrigo marrón que me produce pavor. Quiero verle la cara porque al verlo desaparecerá mi temor. Despacio, despacito, como si fuera una modelo en un desfile, se vuelve, se vuelve en un giro eterno que no parece terminar... Por fin le veo la cara. ¡Es mi despertador! Se ríe de mí, soy su prisionera, no me va a dejar escapar y yo quiero salir de aquí porque mañana es imprescindible que acuda temprano a mi trabajo. El se ríe, se está riendo de mí, con una carcajada seca, monótona, como se ríen los relojes... Debo huir y, para eso, es preciso romper el cristal del cuadro. Recojo piedras y objetos raros de no sé dónde y los tiro contra el vidrio. De repente, éste salta en mil pedazos y yo me encuentro al fin libre, flotando entre las estrellas. Una paz inmensa me invade y me duermo con la sensación de haber vencido al enemigo eterno, disfrutando del descanso merecido, en mi horizontal favorita, con un brazo sobre los ojos y la otra mano caprichosamente dormida sobre la mesilla, mientras trozos de mi ex despertador yacen sobre los vaqueros y el jersey azul que me quiero poner mañana, y me duermo sin saber que me voy a levantar tardísimo y lo primero que voy a pisar al saltar de la cama van a ser fragmentos de la esfera...


Clara García Baños ha realizado el curso True Crime en Hotel Kafka.

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