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martes, enero 30, 2007

Arenas Movedizas



Ocurrió debajo de unas palmeras, junto a la playa. Atardecía. El cielo, ¿qué decir del cielo después de todo lo ya dicho? No estaba. No nos era necesario... ¿Ocurrió allí?
Él no puede evitar preguntármelo de nuevo. ­
?Sí. Fue allí ?le respondo, pero aun así ambos nos quedamos mirando cada uno su lado de la mesa.
Yo entiendo que quiera saber, hace mucho de aquello según él me dice.
?¡Un banco! ¿Por qué no? Había también un banco y quizás un restaurante chino en el que no nos dejaban fumar, ?le digo...
?¿Ocurrió así de verdad?
Y le entiendo, de verás, lo que no sé es por qué no se da por satisfecho con una mentira.
?Sí, así ocurrió. Debajo de un cielo inútil, en un paseo sacudido por la mar salada y la tibia arena. Todo bajo unas palmeras. ?Le contesto de nuevo y pienso que fue debajo de esas palmeras que llevamos siglos viendo en las películas. Justo allí. Ella desapareció. Fue la última vez que la ví, pero nunca la amé más que entonces...
?¿La última? ?Pero no me lo pregunta a mí, se lo está preguntando a sí mismo por eso sus ojos se agachan y van a dar debajo de la mesa al lugar en el que su regazo descansa. Siento deseos de decirle: ?no, no fue la ultima, aún me la follo todas las noches?; pero de elegir una mentira me quedo con la de las palmeras, la playa, la mar salada. ¿Qué puedo decirle? Según él opina, él es quien debería haber estado allí, y cuando me cita, una vez cada tres meses, quizás dos, parece tan afligido porque fuera yo quién viviera el último día al lado de ella que no sé qué mentira contarle. Yo ya no me acuerdo de nada, ni tan siquiera sé de quién me habla cuando me pregunta por ella.
?Sonia ?me dice??¡Sonia! ?Chilla agitándome por los hombros, y yo le miento.
?En una playa ?le digo? la mar salada.
Sinceramente, me pregunto, sosteniendo en la palma de la mano el trago al que este desconocido me invita, si ya no recuerdo con quién desperté aquella noche escuchando Son cubano. ¿Fue con esa tal Sonia? ¿Fue acaso con otra? Entonces, ¿Cómo saber de quien me habla, de quién quiere que le hable, si ya no recuerdo con quién desperté aquella noche escuchando Son cubano?
Miro al hombre a los ojos. Sigue con el semblante agachado, repentinamente lo alza.
?Entonces..., ?dice, y ahora que le tiembla la voz me parece que quizás...
?¿Se fue así, sin más, caminando por el malecón? ?Pregunta, y parece perplejo otra vez, y yo callo. ¡Claro que se fue así!, pienso, ¿de qué otro modo se podía ir una mujer a la que no recuerdo?
?Pero es imposible..., ?tartamudea ahora siguiendo con su propia conversación ?es imposible, ella nunca estuvo allí. ¿No recuerdas que no fue así? ¿Has perdido acaso todas aquellas imágenes? ¿Cuántas te quedan de ellas? ¿Qué guardas de aquella historia? ?Pregunta y me zarandea, pero yo no recuerdo nada. O quizás sí;...Sonia... ¿Una tarde en el centro de Madrid? ¿Cierta sensación de miedo? Ya no puedo saberlo. ¿La simbólica sombra del Oso y el madroño? ¿No vas a dejarme? ¿Quién preguntaba acaso? ¿Quién escuchaba aquella tarde al otro lado? ¿A quién le dirigía aquellas palabras? Puede que recuerde algo más? ¿Despierto en mi cuarto? ¿Y bien? Eso parece normal. Despierto nervioso y recojo mi móvil. Espero una llamada, eso hago. Sé que alguien va a llamar y llama. Es medio día, el sol entra por la ventana. ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué vamos a hacer? Sí, quizás, recuerde eso... ¿Sonia? Nada importante, nada que pueda aliviar la fatiga de este hombre que tengo enfrente. Para él mejor la playa y la mar salada, pero aun así le digo:
?Bien, supongamos que no fue donde le digo. Que no fue allí la última vez que la vi. Supongamos que le he engañado, que siempre le he engañado. ¿Me puedes decir a quién vi aquella última vez, me puedes acaso decir cómo fue aquella última vez? El hombre me mira con sorpresa, observa el interior de mis pupilas, hace como que bebe un poco de su vaso vacío y declama:
?La última vez fue en un banco de Alonso Martínez. Ella te dijo que no podía darte lo que querías?
Recuerdo inmediatamente:
Un rápido achuchón contra una puerta. Sonia comprándome papel higiénico. Sonia quejándose de la poca limpieza de mis vasos. Sonia de pies, tumbada, desnuda, tan solo vistiendo una corbata. Sonia ajena a las luces del local. Borracha una noche en que se empeñó en acompañarme a mi casa por un camino que tan solo llevaba a la suya. Sonia abrazándome porque aquélla tarde no tenía que trabajar. Sonia en la buhardilla del café Real cuando nos repetíamos que no nos íbamos a querer, que aquello era cosa de otros.
Recuerdo todo ahora que el hombre se está levantando y ofreciéndome la mano, me dice;
Encantado de conocerle de nuevo. Soy Juan Coslada de Ahedo.
Y a mí no me da tiempo de preguntarle porque lleva mi mismo nombre y apellidos. Ese hombre? Me quedó otra vez sin poder culparle de habérmela vuelto a jugar y pensando en Sonia y apurando mi vaso, le veo salir de este bar vacío, contento de haber hecho su trabajo.

A. M. (Madrid, 1985). Estudiante de periodismo. Realiza el Master de Escritura Creativa en Hotel Kafka.

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viernes, enero 05, 2007

Ave de ciudad

A menudo cruza la plaza un pájaro azul oscuro, sólo la cruza volando y sólo ha sido ha sido visto, de este modo, deslizándose suavemente por un hilo invisible. El hilo se corta siempre en el mismo lugar y el ave se precipita tras un tejado y desaparece.

De niño me decían que el pájaro azul odiaba a los paseantes, capaz de volar entre las ramas de los árboles huía invisible hacia el refugio de los otros pájaros, pájaros también azules. Ellos lo saben, de niño se aman los tirachinas.

Hoy hace cien días que no duermo; cuando la noche se cierra, cuando todos duermen, abro las ventanas y trato de ver una sombra que viva, entonces el pájaro no existe, entonces miro a la plaza, entonces está vacía y entonces alzo mis ojos.

Dos veces me he equivocado hoy y como el pájaro ya no quisiera ver gente, no, no la quisiera ver; quisiera cruzar la plaza y caer invisible tras los tejados. Es así como quizá el pájaro construyó su rutina, subido al carrusel en el que se persigue una y otra vez a sí mismo. Como un conjunto de cajas chinas, cada una conteniendo en su interior otra más pequeña; cada caja que se abre genera un canto cada vez menos sonoro.

Así enmudecen lentamente las aves y las ciudades?

Pero no, yo he roto la rutina, dos veces me he equivocado hoy. He comprado la escopeta y subido en mi coche; lo sé: es ya demasiado tarde. La luz del semáforo ahora es verde; y, casi instantáneamente, toda la calle se pone en marcha. Se mueven los automóviles que están delante, detrás y a ambos lados del mío; se mueve el rectángulo amarillo y negro del camión de transporte. Así pues, muy pronto sabré si la cosa ya ocurrió o aún debe ocurrir.


José Antonio Redondo, alumno del curso de relato breve, impartido por Eloy Tizón
19 de diciembre de 2006
Inspirado en un relato de Alberto Moravia

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sábado, diciembre 16, 2006

La fotografía

A pesar de los años que llevaba en la empresa, no valoraban su trabajo. La mujer que había amado en todas las orillas de su cuerpo era ahora una señora que dormía a su derecha. Las tardes de cerveza con sus amigos eran cada vez más breves e infrecuentes.

Estaba pensando en todo esto, al ritmo de las sacudidas del metro, cuando vio la revista que alguien había dejado en el asiento de al lado. La hojeó sin demasiada atención hasta que se encontró con la fotografía. Mostraba en primer plano un niño esquimal, vestido con el anorak y las habituales prendas de abrigo. Pero lo sorprendente era que detrás de él no estaban los hielos del Ártico, sino la arena reluciente y las aguas diáfanas de una playa del Caribe. Toda la gente de alrededor, en ropa de baño, lo miraba fijamente. Sus ojos achinados, casi lo único que dejaba al descubierto la enorme capucha, revelaban una mezcla de miedo y desconcierto

Levantó la vista de la fotografía y un fogonazo golpeó su cabeza. Entonces, huyó corriendo de aquellas personas extrañas y tropezó en la arena y sintió el terrible calor del sol multiplicado a través de las gruesas ropas que lo cubrían.


Madrid, 3.XII.06

Autor: Jesús Cano. Madrid 1986. Actualmente estudia 3º de Filología en la UCM y el curso de microrrelato en Hotel Kafka.

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