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Ustedes escuchan hablar de periodismo “gonzo” y piensan en lo típico. Tom Wolfe de punta en blanco escribiendo onomatopeyas interminables y explicando que, no, lo siento, no soy ese Thomas Wolfe, él lleva muerto unas décadas. Gay Talese contando sus cosas, plasmando algunas e inventándose las demás. Michael Herr diseccionando, bisturí de escepticismo, la guerra de Vietnam. Hunter S. Thompson siendo apalizado por unos “ángeles del infierno”. Hunter S. Thompson hasta las cejas de ácido. Hunter S. Thompson borracho. Bueno, Hunter S. Thompson MUY borracho.

Esas cosas.

Años sesenta, sobre todo. Hombres, de forma casi unánime. En fin, curiosidades estadísticas, supongo.

Claro que, si se rasca un poco, veremos que el periodismo gonzo, el nuevo periodismo o el periodismo narrativo es tan antiguo como la misma Humanidad. Hasta Herodoto podríamos irnos (incluyendo aquí las cosas que Herodoto se inventa y cuenta de oídas, que a veces también pasan por periodismo), que ya es retroceder. O, mejor aun (por no cansarnos en el viaje) hasta fines del siglo XIX y principios del XX. Y allí, entre los Dickens y demás, surgen mujeres. Osadas, transgresoras, originales. Algunas, las menos, son (un poco) conocidas. Nellie Bly, por ejemplo, que se internó de forma voluntaria en un manicomio para describir las condiciones de los enfermos. Y casi la dejan dentro, añadimos. Por loca, que no insana. Habrase visto, la mujer esta, haciendo trabajos de hombres.

Otras quedaron en el olvido, como anécdotas, notas al pie de página, excentricidades de los periódicos que ya nadie recuerda. Y son, ahora, rescatadas. Porque resultaron pioneras. Porque, sobre todo, contaron y siguen contando historias fascinantes. Con gracia y rigurosidad.

Bueno, a veces la segunda era un poco porosa. Ustedes me entienden.

De estas últimas a mí me gusta mucho la figura de Annie Londonderry. ¿Qué quién era Annie Londonderry? Pues, en pocas palabras, la primera mujer que dio la vuelta al mundo en bicicleta. Si nos extendemos un poco más…una personalidad fascinante, una adelantada a su época que entendió el espectáculo y la narración como una forma más de luchar por la igualdad de derechos. Nada menos. Vean, vean.

Es 1894 y las bicicletas son entretenimiento de jóvenes y maduros, de niños y niñas, de hombres adinerados y (cada vez más) clases populares. Sí, hemos dicho bien. Niños y también niñas. Hay muchas mujeres que buscan en la bici ese sentimiento de libertad que la rígida moral decimonónica les arrebata tras los muros de su hogar. Llevan falda larga, sombrero, pelo recogido, y todos sus colegas masculinos las miran con condescendencia. Qué simpáticas, qué majas, pero que lleven cuidado, no vayan a lastimarse. Es tan frágil el sexo débil. Y esas cosas.

En ese tiempo Annie Cohen cuenta 24 añitos, está casada y tiene tres hijos. Atrás queda su infancia en Riga, las dificultades económicas, el matrimonio con un vendedor ambulante llamado Max Kopchovsky. La tranquilidad, la vida en familia. El hastío. Porque Annie es inquieta, quiere ver mundo saborear emociones. Justo lo que su condición femenina le impide, en aquellos tiempos que eran el peor de los tiempos (o un poco después, vaya).

Pero…la bici.

La bici, maravilloso invento. Qué bien sienta el aire en el rostro, qué sensación de felicidad ver los árboles pasando, las cunetas cada vez más llenas de barro a medida que una se aleja de la civilización. Sí, Annie, Annie Cohen, monta en bici, y tiene resistencia, y va bastante rápido.

Y, sobre todo, posee agallas. También un punto de inconsciencia. Y una lengua afiladísima.

Un día alguien lanza la apuesta. Es en un club de Boston, como si de un Fogg cualquiera se tratase. Le daremos 5000 dólares si circunvala nuestro planeta. Sobre una bicicleta, sí. Pero tiene solo quince meses para hacerlo. Piénselo bien, no se vaya a romper una uña. Ji-ji, ja-ja. Una boutade. Solo que Annie acepta. “No quiero pasarme la vida en casa, con un bebé bajo las faldas cada doce meses”. Lo haré. Tengan preparado su dinero.

Comienza su viaje el 25 de junio de 1894, frente al edificio de la Massachusetts State House. Lleva una bicicleta de la marca Columbia, de 20 kilos de peso. Demasiado. También va vestida con unas faldas. Muy incómodo. Y un cartelito. New Hampshire’s Londonderry Lithia Spring Water. Recorrerá el mundo haciendo publicidad de agua mineral. Pero, saben qué, creo que sé cómo podría ser esto más efectivo. ¿Qué les parece si me cambio el apellido y me pongo la denominación de su marca?. Allí se quedó Annie Cohen. Había nacido Annie Londonderry.

Las primeras decisiones de la nueva Annie fueron traumáticas. Revolucionarias, si quieren. Cambio de bici, dejamos la Columbia y tomamos una Sterling. Diez kilos menos, ahí es nada. Y las faldas…las faldas molestan, están bien para bailes y saraos, pero esto es serio. Pantalones bombachos, un Tintín mejor peinado. Su imagen icónica se acaba de dibujar. A partir de entonces todos van a conocerla así…

¿El viaje? Bueno, a ver, el viaje en bici, lo que se dice en bici, tampoco fue. O no del todo. Si se podía coger un barco, o un tren, si a una le invitaban a desplazarse en carro o a adelantar unas jornadas de la forma más insospechada pues…en fin, qué le vamos a hacer. Annie aceptaba. Pero eso era lo de menos, porque no es esta una carrera, sino una aventura. O un compendio de varias. Porque de esas…ahhhh…de esas hubo a miles. A nuestra Annie la atacan tigres, es corresponsal en una guerra, entra en la cárcel, se escapa de ella seduciendo a un alto mando del ejército japonés, alguien quiere venderla, otros desean comprarla. En la India, contaba, me confundieron con un demonio y me echaron de un pueblo a pedradas. En China los hubo que pensaban que era el fantasma de sus familiares, vuelto de ultratumba para echarles en cara los pecados recientes. En fin, fruslerías. Tampoco se las crean todas ustedes, porque Annie era tan reportera como novelista (quizá más esto último) y sabía perfectamente despertar el interés del lector con una buena historia. Preferentemente una de esas de se non è vero è ben trovatto… Ustedes me entienden.

No nos importa. Annie logró su hazaña, cobró sus 5000 dólares, se hizo conocida en la prensa de la época. Empezó a publicar una columna en el periódico New Yor World.

El nombre era The New Woman. Precisamente lo que ella representaba. Periodismo gonzo, como pueden ver. Muy gonzo. Y una figura inolvidable.

Marcos Pereda, además de periodista y escritor, es profesor en Hotel Kafka del taller de Escritura de No Ficción