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Además de ser un planazo para escapar del estrés y coger fuerzas para el año que viene, algunos balnearios te ofrecen la posibilidad de seguir las huellas de ciertos escritores que eran más que aficionados a estos establecimientos curativos. Si estás buscando un destino literario para esta Navidad, estás son nuestras propuestas:

Marianske Lazne (Marienbad). Una ciudad balneario muy pomposa al oeste de Praga que lleva recibiendo visitantes desde que a principios del siglo XIX el médico Johann Josef Nehr descubriera las propiedades curativas de los manantiales de la zona. En la época se consideró un destino de gran lujo y por sus habitaciones, baños y jardines pasaron escritores y filósofos como Nietszche o Kafka, y compositores como Mahler o Strauss. Además ha sido el escenario de la película de Alain Resnais El año pasado en Marienbad.

Baños de Fitero. Sin salir de nuestro país, en Navarra, puedes encontrarte con esta ciudad balneario que data de la época romana y que ha sufrido momentos de esplendor, destrucción y reconstrucción a lo largo de su dilatada historia, hasta convertirse en el lugar con piscina hidrotermal al aire libre durante todo el año, entre otros lujos, que actualmente es. Dentro del complejo se encuentra el hotel llamado Gustavo Adolfo Bécquer, en honor a uno de sus huéspedes más míticos.

Bad Wörishofen. A medio camino entre Munich y Memmingen se encuentra este espectacular complejo que, además de curar cuerpo y alma, es el escenario de la historia que inspiró el libro En un balneario alemán. Y es que su autora, Katherine Mansfield, tras abandonar a su marido la noche de bodas y enterarse después de que estaba embarazada, se refugió en él para vivir su embarazo en secreto y escapar de su madre, indignada por los rumores de lesbianismo de su hija. Desgraciadamente, durante su estancia, sufrió un aborto natural. Nunca volvió a encontrase con su madre.

Badenweiler. En este balneario sucedió una anécdota muy recordada por los amantes de la literatura y que fue plasmada en el cuento Tres rosas amarillas de Carver. En él se alojó un tuberculoso Antón Chéjov junto a su familia. Llegado el momento, y consciente del inevitable desenlace, desveló su última voluntad a su médico: beber una copa de champán. Aquel fue su último trago y la manera en la que el autor ruso abandonó este mundo. Luego le trasladaron en un vagón de ostras y los asistentes a su funeral se equivocaron de cuerpo presente, pero esa ya es otra historia.