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A mediados de febrero dejé mi trabajo. No podía soportar más el hecho de escuchar el despertador todos los días a las cinco de la mañana, la hora en la que tenía que despertar si quería llegar a las nueve a la oficina. Me había decidido por fin a abandonar la rueda del hámster, soltar amarras, irme al campo. No tenía ni idea de lo que iba a hacer con mi vida. Cuarenta y cinco años y aún aferrada a los sueños de mi segunda niñez, o de mi primera juventud, de los early twenties, como dicen los ingleses. Cuándo aprenderé.

El paso había sido meditado con insistente recurrencia durante los últimos diez años, hasta que el 15 de febrero por la noche redacté mi carta de baja voluntaria y al día siguiente la deposité sobre la mesa de mi atónito jefe. Regresé a casa con el corazón estallándome de miedo y alegría y, a las pocas semanas, explotó de verdad, pero de otra manera, con la llegada de la pandemia.

Justo cuando había decidido que mi vida me pertenecía y que iba a tomar las riendas, vino un tsunami de pánico, enfermedad y muerte que barrió de un solo plumazo mis ambiciosas pretensiones. Digo ambiciosas porque, a fin de cuentas, ¿quién era yo para atreverme a soñar con salir del carrusel trabajo-casa-compras-vinos y noche arrebujada en mi cama acariciando al gato? ¿Acaso no somos más que hormiguitas condenadas a acarrear enormes granos de maíz que nos doblan el tamaño con el único objetivo de pasar un invierno calentitos en un profundo y oscuro agujero? El caso es que pasé por todas las fases: negación, llanto, insomnio y, finalmente, aceptación y humillación sin límites ante los poderes superiores de la naturaleza. Me había ido de mi trabajo de manera voluntaria, por lo que no tenía derecho a paro. Había anunciado a mi actual casero que a finales de marzo me iría de la casa y en el pueblo de Avellaneda me esperaba otra casa sin encalar, que había alquilado en un viaje precipitado dos semanas antes de dejar el trabajo. Para protegerla de cualquier urbanita de rapiña, había dejado un mes de fianza a la anciana propietaria, pero sabía que eso no me aseguraba nada. Y mientras lloraba, solo podía pensar en el fresno que se alzaba junto a su puerta, un fresno que refrescaba la frente con el simple susurrar de sus hojas al viento.

El plan era sencillo: dejar el trabajo, buscar pueblo cerca de Madrid, pero lo suficientemente lejos como para estar en medio del campo. Buscar casa barata y habitable para alquilar, meter wifi en la casa del pueblo después de trasladar mis pocos enseres embutidos en el mínimo apartamento madrileño actual, enjaular gata negra, salir por patas y comenzar a trabajar online en el negocio mágico desde la casa del pueblo. Se acabó madrugar, se acabó desfallecer de sueño en el metro, se acabó todo lo que no sabía si me gustaba de verdad o no.

Pero los días del confinamiento acabaron con el deseo, y el dinero que había ahorrado para empezar a sobrevivir mientras iniciaba el negocio mágico se me iba en pagar el alquiler. Llamé a la dueña de la casa de Avellaneda sin saber lo que iba a decirle pero ella nunca contestó (¿quizá haya fallecido?) El casero de mi mínimo apartamento me permitió quedarme, pero no me perdonó la renta. Por supuesto no iba a pedirle a mi ex jefe regresar al trabajo. Me sentía una medusa flotando en el espacio.

Para no pensar me entretuve mirando vídeos en Youtube de antiguos oficios. Busqué todos los que pude sobre carpinteros trabajando y encontré algunos bastante buenos emitidos por la televisión irlandesa en los años ochenta que mostraban
a señores antiguos cepillando armarios y tallando marcos. No conozco nada más relajante en el mundo. Por las noches no podía dormir. Contaba el dinero, rezaba para que dejasen de aumentar las víctimas, lloraba por todo el mundo, por mí, por mi madre, por mi ingenuidad, por haberme decidido a emprender mi sueño tan tarde, sobre todo.

Pero una extraña humildad fue llenando mi corazón. Un día, a mediados de abril, me di cuenta de que ya no estaba triste ni me sentía idiota. Un nuevo optimismo comenzó a brotar: todavía podía aguantar unos meses más de alquiler. Y el sueño seguía ahí, intacto, lavado por las lágrimas y las oraciones, reluciente como un globo que no termina de salir volando ni de acercarse a los cardos. Un globo verde agua elevándose sobre un mar azul o una pradera donde la hierba se mece como olas al compás del viento.

Ahora, a mediados de mayo, hasta me entra la risa. Continúo poniéndome ese viejo programa de la televisión irlandesa donde hombres que ya no existen construyen muebles que ya nadie compra, con humilde y concienzuda devoción. No sé si lo conseguiré, no sé si la casita de Avellaneda con su fresno en la entrada me seguirá esperando, no sé qué pasará. Sé que soy una hormiguita, sé muy bien que todos somos hormiguitas de corazón reluciente, enorme fuerza y resistencia, impulsados por sueños, golpeados por huracanes, perdidos en el espacio pero firmes en nuestro deseo de vivir y de entender.

Todos, de alguna manera, sabemos lo que debemos hacer. Supongo que vivir una temporada encerrada puede ayudarte a volver a respirar, a detenerte y mirar en torno tuyo. La rueda del hámster ha dejado de girar, ¿por qué no entregarse a las fuerzas de la naturaleza ahora? Un poco, solo un poco, la patita adelantada, husmeando el aire, sin miedo.

Ya se acerca el momento de salir.

Emma Cobh. Soto del Real (Madrid), España