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Que los programas de literatura de los colegios deben ser sometidos a un repaso es una necesidad que algunos eruditos han manifestado. Sirva de ejemplo el libro La literatura en peligro de Tzetan Todorov, en el que critica, entre otros asuntos, a aquellas personas que no ven en la literatura más que técnicas narrativas.

Sin embargo, hay profesores que tratan de ser más creativos en sus clases y plantear nuevas propuestas a sus alumnos, pero a pesar de las buenas intenciones, hay ocasiones en las que el cambio solo afecta a las lecturas, pero no a su análisis formal.

Se cuenta que hace años hubo un profesor que propuso a sus alumnos analizar las letras de las canciones de los Beatles. Uno de ellos, fan absoluto de la banda, escribió una carta a John Lennon contándole lo que hacían clase. La reacción de Lennon fue escribir I am the walrus, una canción con una letra tan confusa e indescifrable que quitaría las ganas de analizar significados ocultos a cualquiera. “La gente extrae un montón de conclusiones y es de lo más absurdo”, manifestó una vez el músico refiriéndose a este hecho.

Un caso parecido sufrió en la misma década Flannery O’Connor. Su relato Un hombre bueno es difícil de encontrar fue sometido a un exhaustivo análisis por parte de un considerable grupo de alumnos y tres profesores que, después de dar vueltas y vueltas, decidieron escribir una carta a la autora solicitándole que les explicase el relato, pues no habían conseguido desentrañar su significado.

Un hombre bueno es difícil de encontrar es la historia de una familia sureña que emprende un viaje con una abuela atemorizada tras escuchar en las noticias que un peligroso delincuente anda suelto. Sin ánimo de hacer spoiler a todos aquellos que todavía no lo han leído, el análisis de la cúpula estudiantil llegó a la conclusión de que la mitad del cuento era un ensueño. En lo que no parecían ponerse de acuerdo era en qué momento de la historia la realidad se desvanece en una fantasía de uno de los personajes. Por el tono de la contestación que pronto envió Flannery O’Connor a los profesores, es fácil concluir que se encontraba bastante molesta y desmoralizada. “Si fuera una interpretación válida, la historia sería apenas un truco y su interés se reduciría simplemente a la psicología de la anormalidad. No me interesa la psicología de la anormalidad”, versaba el primer párrafo de su respuesta.

Pero en vez de escribir un relato que realmente fuera impenetrable, la señorita O’Connor se decidió a dar una pequeña lección a los analistas planteándoles una realidad que todo escritor y lector debe tener siempre en cuenta: la técnica es buena y necesaria a la hora de escribir, hace que la escritura sea más sólida, que el escritor encuentre el camino más acertado para contar su idea, pero desmembrar un relato hasta el límite no lo convierte en un buen relato, ni consigue que ningún alumno disfrute de la ficción.

“El sentido de una historia debería expandirse en la mente del lector cuanto más pensara en ella, pero no es algo que pueda captarse en una interpretación”, añadía la autora en un intento de poner en cintura a aquellos que olvidan que el hábito de la lectura no puede adoptarse pensando en la literatura como un problema matemático.

Comprender los mecanismos de la ficción nos hace mejores lectores, nos coloca en un precioso lugar en el que entendemos cómo está escrito lo que leemos, lo que nos hace valorarlo, admirarlo e incluso sorprendernos, pero no debemos dejar de lado el componente emocional que convierte a todo libro en un gran compañero. O como concluía Flannery O’Connor su carta:

“Cuando no se encuentra el sentimiento en un relato, no hay teoría que pueda aportarlo.”