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Un joven de unos 30 años decide dejar su prometedor trabajo en una agencia de publicidad para dedicarse por entero a su vocación frustrada: ser poeta. Sin embargo, al estado de miseria voluntaria y las responsabilidades del noviazgo, acaba sumándose un fiasco mayor: la imposibilidad de concluir un poema épico que capture la esencia de Londres. Simplemente, no puede.

La historia de Gordon Comstock se recoge en Que no muera la aspidistra, una novela casi autobiográfica escrita en los años 30 del siglo pasado por George Orwell y que, entre otros lugares comunes que muestran la miserable vida del autor, da testimonio de lo que muchos han vivido: el fatídico bloqueo del escritor.

El nombre se lo puso Edmund Bergler en 1947, e incluso lo dividió, según el grado de impotencia, en total y parcial, y viene a describir esa condición en la que un escritor es incapaz de crear algo nuevo, ya sea durante días o incluso años. Junto a él, unos años más tarde, también encontramos a Alice W. Flaherty, que en su libro La unidad para escribir, el bloqueo del escritor y el cerebro creativo, nos indica que la creatividad literaria es una función que se localizarse en áreas específicas del cerebro y que puede que el bloqueo del escritor se deba a que la actividad de esas áreas haya sido perturbada por algún motivo.

Sin ánimo de ahondar en el psicoanálisis ni en la neurología, con lo que nos quedamos es con que el bloqueo del escritor es un estado mental desesperante que un gran número de escritores ha experimentado a lo largo de su carrera literaria. Como comentaba Kafka en uno de sus Diarios, «Mi estado no es la desdicha, pero tampoco es dicha, ni indiferencia, ni debilidad, ni agotamiento, ni cualquier otro interés, ¿qué es entonces? El hecho de que no lo sepa se relaciona sin duda con mi incapacidad de escribir». Y es que el escritor que lo padece, lo pasa mal.

Ahí tenemos, por ejemplo, a F. Scott Fitzgerald que, consumido por el alcohol, las facturas impagadas y los vaivenes de su vida al lado de Zelda, manifestó que «un escritor que no escribe es casi como un maníaco encerrado en sí mismo.» Tanto Fitzgerald como el ficticio Comstock sufrieron varias de las causas que pueden generar el indeseado bloqueo: las distracciones externas. A veces es la propia vida la que nos inhibe y no queda más remedio que, o bien atenderla para ganarnos ese remanso de paz que nos permita volver a crear, o bien ignorarla aislándonos.

Pero lo cierto es que la mayoría de las veces solo se trata de una sensación de inseguridad. Como Bergler expuso, el escritor es un «perpetuo delincuente acusado ante el alto tribunal de su inconsciente». Nosotros también somos los generadores de nuestras propias frustraciones. Ya sea por habernos impuesto unas expectativas demasiado altas o exigirnos un grado exagerado de perfeccionismo, acabamos perdiendo la confianza en nosotros mismos y, por tanto, en nuestra creación literaria.

Si crees que has perdido la capacidad para crear y estás inmerso sin remedio en este síndrome de la hoja en blanco, el mejor consejo que podemos darte es que te sumes, sin ninguna pretensión, al reto de escribir un relato a la semana que implantó Ray Bradbury, pues, como él mismo afirmaba, «es totalmente imposible escribir 52 malas historias seguidas.» Si al final del año de trabajo sigues notando que esas áreas creativas de tu cerebro no terminan de desbloquearse, revisa lo que has escrito. Tal vez, quién sabe, te encuentres ante tu nuevo libro.