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A los 20 años y solo unos minutos antes de actuar ante el público, el pianista Vladimir Horowitz tuvo un ataque de pánico, y así se lo hizo saber al gerente del teatro.

—Si no puede usted tocar, al menos salga al escenario y ofrezca una excusa al público.

Horowitz hizo lo que el gerente le pedía. Se colocó en el centro de las tablas y observó la masa de espectadores. Le daba tanto miedo hablar, que prefirió sentarse y tocar el piano. Dicen que fue uno de los mejores conciertos del maestro ruso.

No mucho tiempo después, este genio del piano se convertiría en un mazo sobre la cabeza de muchos promotores de conciertos. Horowitz llegó a cancelar actuaciones simplemente porque no se encontraba bien, la hora de sus conciertos siempre tenía que fijarse a las 16 horas, e incluso en el Carnegie Hall durante mucho tiempo se conservó la marca del suelo en la que tenía que colocarse exactamente su piano. Pero, al margen de la leyenda del genio, aquel día el joven ruso dudó de sí mismo.

Bloquearse es habitual. Pasa continuamente. Y, de hecho, debe pasar. Si Horowitz dio uno de los conciertos de su vida tras sentir pánico fue porque, al margen de lo que pasara por su cabeza, tenía interiorizada la música. Así es el proceso creativo. Nace de todo lo que nos rodea, y también de todo lo que antes hemos aprendido. Contar con una serie de técnicas, recursos y conocimientos previos hace que, aunque creas que no vas a ser capaz, cuentes con una mochila llena de herramientas para encontrar una solución. Eso es lo que, como mínimo, te llevas después de haber pasado por uno de nuestros cursos.

A tocar música, se aprende tocando música. A escribir, se aprende escribiendo. Y, si se hace así, se gana confianza.