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El primer día que homenajeábamos con nuestros aplausos a los sanitarios por su trabajo fue el 14 de marzo a las diez de la noche, según el mensaje que recibí por whatsapp, aunque en lo sucesivo sería a las ocho. Aquel día estuve de las primeras y aplaudí apasionadamente con sucesivos ¡VIVA! ¡BRAVO! Viéndome tan efusiva, mi marido me preguntó:

—Oye…y a ti, ¿quién te aplaude?

Me quedé mirándole un tanto confusa, sin entender lo que quería decir, cuando de pronto me di cuenta de que horas más tarde tendría que salir de casa, como todos los días, para enfrentarme a situaciones que semanas antes, solo unas semanas antes, nadie se las habría siquiera imaginado.

Una de ellas sucedía durante los primeros días de marzo, cuando cada vez que entraban en la tienda ciudadanos chinos con sus mascarillas, nos daba pavor atenderles. «No vaya a ser que nos infecten», decíamos algunos. Pero uno de ellos, con una tranquila actitud, me hizo ver que a los que debería temer era a aquéllos que no la llevaban. «No entiendo que no os la pongáis, no tenéis ni idea de lo que está pasando», me llegó a decir.

Comencé a darme cuenta de lo que estaba ocurriendo cuando me vi haciendo de árbitro entre dos mujeres que se disputaban un paquete de papel higiénico. Hizo falta que consultara en la base de datos del ordenador para asegurarles que al día siguiente íbamos a recibir más. También, a los que compraban desesperadamente levaduras, tuve que garantizarles que en ningún momento íbamos a dejar de recibir productos. Que no suponía el fin del mundo… Pero lo parecía. Ciertamente. Sobre todo cuando iba hacia el trabajo conduciendo como una especie de superviviente por las carreteras vacías, a excepción de algún coche policial.

Cuando nos recomendaron que nos quedáramos en casa, yo seguía saliendo todos los días con ganas de volver la vista atrás y quedarme. Y más tarde con la mascarilla, que por cuenta propia tuve que comprar a un precio excesivo, y los guantes, intentando evitar por todos los medios el acercamiento de clientes insensatos.

Cada día suponía escuchar alguna historia desagradable. Compañeros que habían perdido a sus padres, los dos de golpe. Compañeros a los que se les enviaba a casa por ser grupo de riesgo. O a los que se les había detectado el COVID-19… Cuando llegaba a casa, deseaba no volver a salir de ella, pero tenía que hacerlo. No tenía otra.

Así es que ciertamente, ahora sin confusión que valga, si nadie me puede aplaudir porque mi trabajo vaya a pasar desapercibido, yo sí lo hago. Y me digo ¡VIVA YO! ¡BRAVA! Pero con una condición: que todo esto pase pronto, y que no vuelva.

Nina B. Camó