«No pensé que el texto, repartido por cuadernos, servilletas y notas en el móvil, podía convertirse en un manuscrito».

 

Elena Marcos fue tutoranda del servicio de Reparación de proyectos literarios y en la actualidad está cursando la XVIII edición del Máster en Escritura Creativa. Como autora, cuenta con vista y oído, ejerce con talento la economía de la palabra y tiene una ingeniosa mala leche. Hoy comparte con nosotros el proceso de escritura de su primer libro, Gato con sombrero, publicada recientemente por Ediciones Menguantes. El resultado final, lo podéis encontrar en las librerías.

Cubierta «Gato con sombrero», de Elena Marcos

La idea de la novela

Gato con sombrero es un cuaderno de viajes, un diario novelado sobre unas vacaciones en México y, en sus mejores momentos, una reflexión sobre el placer y el cinismo, la vergüenza y el turismo de clase.

No sabría decir dónde está el germen de esta novela-diario porque cuando empecé a escribir no era esto lo que andaba buscando. Por un lado intentaba escribir una colección de cuentos que no terminé (y que probablemente ya nunca termine); por otro lado, colaboraba en algunos fanzines. Con motivo de un festival, me tocó escribir para uno de estos proyectos sobre el concepto de juego. Yo estaba de vacaciones: de vacaciones de verdad, de las de no hacer nada más que tumbarte al sol, dormir y beber hasta que la piel coge el color de un tomate pasado. Pero tenía que pensar y escribir sobre el juego, sobre lo lúdico, la vida, las vacaciones, lo divertido que es todo margarita en mano y espatarrada sobre una tumbona. «Todo son risas», escribí. Y después: «Todo está en calma, hasta que deja de estarlo».

El proceso de escritura

Como no tenía intención alguna, más allá de un pequeño texto de unas mil palabras, no pensé demasiado. Escribí como salió. Cuando puse fin al texto para el fanzine, me di cuenta de que, en realidad, solo había empezado. Seguí escribiendo cada palabra tal y como las pensaba, sin otro propósito que anotar las ideas, y describir imágenes o personas que iba conociendo, como una especie de crónica desordenada. La escritura del primer borrador duró las tres semanas que duraron mis vacaciones y, cuando terminé, no pensé que el texto, repartido por cuadernos, servilletas y notas en el móvil, podía convertirse en un manuscrito.

Cuando pasé todos los textos al ordenador –junto con las fotos, en un arrebato nostálgico unas semanas después de volver a casa– me pareció que había un hilo que vertebraba todas las anotaciones: por lo menos, un tono, una cierta fluidez, una voz. A partir de entonces comenzó el proceso de construcción real: hilar escenas, ampliar, dar sentido, crear una cronología que cristalizó en el diario como estructura. Y más tarde, claro, corregir, revisar, corregir otra vez, y después de ampliar, eliminar.

La escena

Puede que sea por ser la primera, pero es, de hecho, esa primera escena que escribí en una playa de Puerto Escondido. La imagen es la del paraíso: aguas cristalinas, palmeras, cuerpos bronceados, sol, jarras de margaritas, hasta que el mar enloquece y el oleaje se alza iracundo salpicando a los clientes de las palapas, protegidos bajo sombrillitas.

«Las olas rompen cada vez más cerca y a mí me empieza a picar la piel. Lo llaman paraíso, pero no recuerdo que Eva robara ningún coco prohibido de una palmera. Un dios cristiano en bañador gritaría que esto es infernal. No creo en supersticiones. Dejo de observar, cierro los ojos y me hundo en el sueño. En el bosque juegan niños y las hojas caen de los árboles, caen y caen hasta que los niños quedan cubiertos hasta la coronilla. Desaparecen. De pronto una ola vuelve a atraparme y hunde mi hamaca en un rastro blanco de espuma y sombra. Consigo salvar mis zapatos, mi bolso, mi ropa. Philipp ha dejado sus cosas colgando de la sombrilla. Maldito Philipp, astuto utilitarista. Con la siguiente ola, el océano me devuelve el libro que previamente me había robado. Se acerca hecho un torbellino entre la espuma de las olas y cuando el agua retrocede, se queda ahí, al lado de mi tumbona suplicando que le rescate. Ha triplicado su tamaño original y cuando lo agito no sale más que arena. Las páginas se desgarran con el roce de mis dedos.

Me tumbo de nuevo y me escondo tras las gafas. Philipp nada más allá del lugar donde se abren las olas, es el único que está tan lejos. El mar también ha traído un pez muerto. Lo ha dejado ahí, cerca de mi hamaca, sin más, como si fuera la advertencia de un mafioso: paga o vete. Siento el impulso de hacerle señas a Philipp para que salga, de agitar los brazos como una madre estricta para hacerle volver, pero me contengo. De todos modos, no está mirando. El cielo se pone negro de golpe. Es una oscuridad extraña, desgastada, pasada por agua. Las nubes, de un negro dionisiaco, cubren la playa y yo intento ignorarlas y espero tumbada a que las olas vuelvan a por mí».

Un consejo tras la experiencia

No me siento muy capacitada para dar consejos a nadie. Supongo que cada texto es una aventura nueva que necesita su mapa correspondiente, así que lo único que puedo decir es que nunca habría completado el proyecto si no lo hubiera disfrutado muchísimo. Nunca lo habría terminado, si no fuese por las risas.