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1 de mayo.
Me gustaría observar por un agujerillo –un espejo, una puerta entreabierta, qué más da– estos días a cualquiera de mis vecinos y verlos hacer lo que su perplejidad o sus ganas les estén sugiriendo hacer. A mí las mías ya casi no me susurran nada, se están dejando vencer, huelga de brazos caídos, nula actividad cortical, o donde quiera que residan las ganas de. Si toca trabajar, yo trabajo. Si limpiar, limpio. Si llamar al persianista, en casa lo recibo y luego limpio. Si necesitamos compra, se hace y luego limpio. Me convierto en profesional de la limpieza y pienso que no es una actividad demasiado complicada. Se hace ejercicio. Cansa. Es genial para hacerla en solitario. No se necesitan apenas ganas, solo unos escasos gramos de determinación.
Cuando acaba la limpieza hay un abismo.

2 de mayo.
Hoy se podía salir. He salido. Franjas horarias, normas poco claras, pero mucho sol. Ataviada con ropa de deporte, salir a correr un poco o intentarlo, haber madrugado para ello, sin ningún esfuerzo. Casi contenta. Casi situada en un posible sábado soleado normal.
Pero, la nueva normalidad. Guantes, mascarilla casi plástica en la cara, que con el sudor pica e incordia, que no deja oler esta primavera atípica y poco contaminada. Mi panadería favorita tiene ya tres personas en la cola. Abre en quince minutos. Yo espero, mientras me muevo alternando un pie, otro pie, estiro los músculos, procuro sostener la estampa de naturalidad, como si lo normal fuera hacer cola separados un metro y con mascarilla mientras miramos paseantes o perros, a la espera de que nos dejen pasar de uno en uno.
Aun así, esto es tolerable. No me pienso quejar. Pero me provoca recelo. Los días de sol tenemos menos miedo, ponemos cara de alivio pero al tiempo relajamos la precaución, la evidencia de la pandemia. El virus sigue siendo invisible, nada ha cambiado y sin embargo, tenemos que seguir adelante.
Hace ya semanas que prefiero no pensar en cómo será el futuro, ni siquiera el más inmediato. Acato los horarios y las normas, por más contradictorias y poco lógicas que sean, y sigo con mi vida. No estoy mal, ahora mismo en la ventana del salón, disfrutando del silencio, el sol y la calma. Prefiero no pensar en que esta noche me he despertado y me picaba la garganta. Será cualquier cosa. Dormir con la boca abierta, qué sé yo.
No estamos hechos de certezas, sino más bien de ensayo y error. Ahí vamos, así nos movemos.
Quiero escribir, pero no puedo, algo que no tenga nada que ver con este presente.

10 de mayo.
Ya es demasiado mayo.
Desayuno un domingo más. Uno que no es especialmente lento, ni relajado, ni disfrutado. Miro la botella vacía de zumo, plástico duro, y me pregunto si podría coger un cúter y hacerme una pantalla protectora de esas, por qué no. Las risas que nos producían estos parapetos poco a poco van tornándose en muecas de aceptación.
Anoche salí con G a dar un paseo grande, uno de los autorizados. Escribo «autorizados» y ya casi ni me asombra usar un término tan distópico, ahora neonormal. Al salir del ascensor nos encontramos con una pareja de vecinos, tan enmascarillados como nosotros mismos y nos dio por reír. Por comentar, quién nos iba a decir. Por señalar la absoluta y hasta cómica irrealidad que nos parece. La que probablemente, en breve, no sea más que la nueva uniformidad.
Alterno estos días entre la desidia, el relax y la preocupación. No se mezclan, va por días. Días de trabajar, dar una vuelta autorizada y terminar en el sofá sin ceder a la tentación de analizar las noticias; días en las que opto por informarme, pero solo como quien escucha a un maestro pesado, para luego hacer algo de cena y poner la serie que me engancha de momento; días en los que recorro las redes, mal, a última hora de la noche, y pincho enlaces y leo artículos minuciosos y devastadores que no me dejan dormir bien. Y, sin embargo, no tengo ni idea de por qué, mi instinto me dice que no será tan malo. Hay algo, algo que sabe mi cerebro reptil e intuye mi piel, que me provoca esa especie de laxitud, esa actitud que asumo como privilegiada de quien no ha sido todavía especialmente golpeado por esta pandemia, de alguien que guarda sus antiguas preocupaciones físicas, sentimentales y laborales en el mismo cacho de la cabeza que antes y que, de momento, no necesita hacer espacio a ninguna más. O no quiere. O no sabe. O no se atreve.
Los juegos en los móviles. Nunca he sido muy de engancharme a ellos, pues era jugadora de metro, de las que solo en caso de aburrimiento extremo o falta de lectura recurren a los desafíos digitales. Pero durante el confinamiento hay tiempo para todo. Incluso para quitarse esta altura moral tonta del yo no y que parezca una buena idea bajarse algún pasatiempo. Me gustan más los tipo trivial, que permiten desafiar a un amigo a distancia, a tu propia hija desde su cuarto, o a cualquier habitante de otro rincón geográfico. Juegos sociales, en cierta manera. Luego están los solitarios absolutos, cuyos logros y niveles de avance siempre pasan por la fase de explotar cositas de colores. He sido muy enemiga de estos y aquí estoy, peleando en los niveles iniciales de uno bonito, de gráficas elegantes, que de alguna manera se me mete en la cabeza y me hace pensar en el magistral diseño que tiene detrás, ese que consigue que quieras y quieras seguir pasando niveles a base de coleccionar objetos y descubrir gnomos enterrados entre hojas de un jardín.
Por qué entonces no y ahora sí. Por qué no cogemos todos ese tiempo extra y exploramos la creatividad, por ejemplo. Por qué no podemos dedicarnos a las cosas que nos gustaban antes, como leer, como escribir, tal como hacíamos en la era pre-Covid, cuando estábamos faltos de tiempo y siempre con una idea en la cabeza, con ganas de ponernos a ello cuando tuviéramos tiempo.
Mi teoría es que estamos siempre como en el metro. No dejamos de dar vueltas, a la espera de que llegue la parada en la que tenemos que bajar, siempre viendo entrar y salir gente desconcertada en actitud parecida a nosotros. Entretenemos el tiempo con enganches gráficos que solo requieren de unos instantes de atención. Jugamos o hacemos cualquier otra cosa con un cariz de temporalidad, como excepcional, como recurso para pasar el rato, hasta que sepamos qué coño tenemos que hacer de verdad, qué hora es, el tiempo que nos falta para llegar y en qué parada tenemos que salir. Las reglas que van a gobernarnos. Los colores del uniforme que tendremos que vestir.

Almudena Ballester. Madrid, España