«He querido montar un escaparate para que quien lo lea no sepa de qué palo voy, pero con mi inconfundible estilo propio de un escribidor en pañales».

 

Pavel Munguía pertenece a la XII promoción de nuestro Máster en Escritura Creativa. Tuvo claro desde el principio su proyecto y la historia que quería contar. Después de tutorías, vueltas, viajes y todas esas experiencias que algunos escritores denominan etapa de documentación, ha publicado su primer libro y viene a contárnoslo. La obra está a vuestra disposición en Diversidad literaria.

Tenía un trabajo medio decente, entre comillas. Me armé de agallas, dejé la coordinación e hice lo que tenía que haber hecho desde hacía años, matricularme en una escuela de escritura. Después de poco buscar me encontré con el Centro de Estudios Literarios Hotel Kafka. Quiso la suerte que una de mis profesoras fuera una antigua amiga. Cuando la conocí, ella misma cursaba el Máster.

Tenía el material, tenía mis escritos, mis ideas, incluso una vida crápula. Solo me faltaba mi voz, mi tono y mi estilo. O por lo menos perfeccionarlos y profesionalizarlos.

Entre noches de bohemia, mañanas de zumos de tomate y el innegable buen hacer de mis enseñantes, se me ocurrió la idea de recopilar las leyendas del folclore nicaragüense. Agarrar las fábulas, cuentos de terror y supersticiones y reinventarlas desde el punto de vista de los espantos y espíritus, como la Mocuana, la Carreta Nahuatl, duendes que comen ceniza y la internacional niña de la curva. Y de eso hay en gran medida, pero lo que empecé a escribir fue motivado por el rencor.

El ladrón de pizarras está dividido en cuatro grandes bloques. El primero, un conjunto de relatos cortos que, en forma de fábula, resumen un poco mis tres años en Nicaragua. Me inspiré en cuentos infantiles y les di un humor negro y finales poco felices. Fueron los últimos grandes relatos que escribí y les tengo mucho cariño. Están fuertemente influenciados por el maltrato que recibí de mi fanática y religiosa familia materna.

En el segundo, intenté oscurecer un poco el género, llevándolos al misterio y fantasía. La mayoría ya los tenía escritos desde hace años y los tenía en el cajón de sastre con ganas de que les diera salida. Tuve que releerlos y reescribirlos varias veces para darles el tono adecuado.

El tercero está lleno de pesadillas transcritas. Con aire onírico y cauteloso, quise bajar al fondo y a la izquierda, subiendo de vez en cuando a tomar aire.

El cuarto bloque, en fin, es un despropósito. También inspirados en sueños y pesadillas han sido un ejercicio más de escritura. Son los más antiguos, de la primera generación de relatos escritos y se merecían un lugar. No quería obviarlos ni tampoco darles la representación que tienen el resto, pero ahí están. Han sido como un hijo conflictivo.

Como pensé que me quedaba corto, añadí microrrelatos y poesía para hacer más amena la lectura. Aunque puede que tenga el efecto contrario. Los poemas son los que menos me cuesta escribir, pero los que más vergüenza me da que los lean. Puede que sea porque tienen más parte de mí de lo que yo mismo pueda reconocer. Están porque tampoco podía ningunearlos.

Yo diría que El ladrón de pizarras es, inconscientemente, una parodia obscena de Azul de Rubén Darío, paisano mío. Tengo la desfachatez de decir que, si él es el príncipe de las letras castellanas, yo sería el bellaco.

Desde la idea de la recopilación, hasta tenerlo entre mis manos, han pasado casi seis años. La buenaventura quiso que no fueran más. Como la mayoría ya los tenía escritos, el proceso de autoedición ha sido, si no agotador, bastante exasperante. He tenido que soltarlo un par de veces y retomarlo para descubrir que debía cambiar cosas, para luego debatirme y decidir al final que no cambiaba nada, para luego cambiarlo. Sobre todo para no aburrir al lector porque, siendo honestos, suelo ser bastante cansino y repetitivo. Pero creo que ha quedado muy cuco. He querido montar un escaparate para que quien lo lea no sepa de qué palo voy, pero con mi inconfundible estilo propio de un escribidor en pañales.

Sé que el relato corto tiene sus inconvenientes como tipo de escritura, y de momento no me tengo como novelista. Aun así, solo espero que el lector se lo pase bien intentando descifrar el secreto de El ladrón de pizarras.