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La noticia de que Stan Lee ha muerto a la edad de 95 años en Los Ángeles nos ha dejado desolados. Siempre se le ha denominado como el poseedor de un imaginario heroico prácticamente innumerable. Solo para Marvel creó más de 300 personajes, y siempre se le ha atribuido esa virtud para la invención de nuevos héroes y superhéroes capaces de emocionar a todo tipo de amantes de los cómics, y de venir para quedarse.

Pero más allá del ejercicio numérico, queremos alabar su característica más personal, artística y poética. Y es que, mucho más allá de la estética de los superhéroes, de sus distintos mundos y épocas, la gran aportación de Stan Lee al mundo de la historieta gráfica, su gran descubrimiento, fue el psicologismo que aportó a sus creaciones.

A diferencia de lo que hasta entonces eran los superhéroes de DC, como Batman o Superman, los que Stan creó para Marvel irrumpieron a mediados del siglo XX con su propio discurso de conciencia. Ahí tenemos a Peter Parker, un nerd que descubre que tiene sentido del humor, además de superpoderes. O Hulk, el más shakesperiano de todos: odia y teme su propia naturaleza. Tanto, que incluso llega a intentar suicidarse. Bruce Banner, un hombre nacido para agradar a todos y no molestar a nadie, se convierte en una incontrolable masa de odio que todo lo aplasta. Para evitarlo, llega a meterse el cañón de una pistola en la boca, pero ahí está Hulk para evitarlo, escupiendo la bala. Son el doctor Jeckyll y mister Hyde del mundo del cómic.

Los superhéroes han evolucionado a medida que han pasado los años, pero a mediados del siglo pasado, los lectores admiraban a Batman o a Superman, pero se identificaban con Spiderman o Hulk. Y eso es lo que más admiramos en Stan Lee: el diseño de tantas psicologías como para que cada uno de los más de mil millones de lectores pudiera identificarse por primera vez con un superhéroe.

Hoy nos sentimos un poco más huérfanos.