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A finales de los años 70 surgieron en Inglaterra los libros de Elige tu propia aventura, obras juveniles en las que los lectores por primera vez tenían el poder de elegir su trayecto de lectura, decidiendo la forma de actuar de los personajes y el devenir de la historia.

El formato era siempre el mismo: al final de cada capítulo, llegaba siempre la disyuntiva que te hacía avanzar hacia partes diferentes del libro:

• Si decides (…) pasa a la página x

• Si prefieres (…) avanza hasta la página y

Convertir al lector en un verdadero dios, con capacidad de decisión sobre el destino de los personajes, no solo es una implacable arma de seducción, sino que además viene a demostrarnos que, a la hora de enganchar a alguien con un libro, no todo se basa en la historia.

Puede que tengas una gran historia que contar, pero lo importante es cómo vas a contarla.

No hace falta que diseñes un universo de Elige tu propia aventura, tan intricado en algunos casos e incluso con su punto profano, para seducir al lector. Podríamos ir más allá y decir que incluso podrías olvidarte de recursos narrativos, como los cliffhangers (ese momento en que la acción queda suspendida en el punto más álgido para empujarnos a seguir leyendo) y otros que buscan que el lector no se olvide de que estaba leyendo nuestra obra.

En realidad, solo necesitas dos armas para seducir a cualquiera que comience a leer tu historia: un narrador y un personaje.

Los narradores son los grandes seductores de la historia literaria, y se la juegan desde la primera línea de cualquier texto. Debes tener en cuenta que sobre él recae la tarea más profunda, que es dar continuidad al relato utilizando la mayor arma de seducción de la literatura: la palabra. No importa el tipo de narrador que escojas, todos y cada uno de ellos deben emplear su capacidad discursiva para conseguir que el lector nunca se aburra. Todo relato fluctúa entre mostrar lo que ocurre y explicarlo, entre la información y la expresión. Tu trabajo como escritor consiste en ser capaz de que quien te lea, se sienta a gusto, no solo utilizando las mejores palabras para describir hechos o emociones, sino teniendo en cuenta la oralidad (no es lo mismo contarle a un amigo una historia en un bar que escribirla), la comprensibilidad (saber hacerte entender), y la concisión y simplicidad (no empleando recursos que embellezcan el texto pero que no aporten nada a su entendimiento).

Debes preocuparte además de crear una conexión entre personaje y lector en la que el segundo sienta interés por lo que hace el primero. La manera más eficaz de despertar dicho interés, es mediante la empatía. Es decir, tienes que conseguir que el lector se ponga en el lugar del personaje, que pueda entender sus actos y sus emociones. No significa necesariamente que le tenga que caer bien (no todos los personajes tienen que caernos simpáticos para interesarnos), ni tampoco debes buscar que apruebe lo que hace o lo que no hace, pero sí que sea capaz de ver lo que ocurre desde el punto de vista del personaje. Si lo consigues, ambos irán de la mano hasta el final de la historia, pues uno estará participando de la vida del otro.

Narradores y personajes son, al fin y al cabo, como las familias infelices de Tolstói: cada uno seduce a su manera, y puedes encontrarte contando la misma historia de siempre pero de una manera que haga que sea imposible dejar de leerla. Piensa que todo lector solo tiene dos preguntas en mente cuando está leyendo: ¿Qué ocurrirá? y ¿Cómo se resolverá? Utiliza, en el sentido más abusivo de la palabra, a tus narradores y personajes para darles la mejor respuesta.

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